Mis manos siempre encuentran algo que hacer.
Construyen, escriben, ordenan, crean,
imaginan lo que todavía no existe
y corren detrás de ideas
que apenas acaban de nacer.
A veces termino una tarea
y ya estoy pensando en diez más.
Y Tú me preguntas:
"¿Cuándo vas a sentarte conmigo?"
Entonces descubro que puedo llenar mis días
y aun así dejar vacío mi interior.
Puedo hacer mucho para Ti
y olvidarme de estar contigo.
Puedo hablar de propósito
mientras mi alma necesita simplemente descanso.
Por eso, Señor,
no bendigas solamente mis manos.
Bendice también mis pausas.
Enséñame que detenerme
no siempre significa quedarme atrás.
Hay cosas que solo puedo escuchar
cuando dejo de correr.
Y hay respuestas que no llegan
mientras sigo intentando producirlas.
Haz de mis manos instrumentos,
pero no permitas que se conviertan en mis amos.
Si tengo mucho que hacer,
enséñame primero qué merece ser hecho.
Y si algún día mis manos están vacías,
que no piense que mi vida perdió su valor.
Porque antes de hacer algo para Ti,
yo ya era Tuya.