VERANO DE AMOR
En tierras donde el sol no se esconde,
el verano es tiempo de ausencia y fuego,
como mi pecho, árido y sin respuestas,
donde el amor de mujer debería ser el agua tierna.
No llueve en mis venas, no brotan los sueños,
como la tierra seca que gime en silencio,
mi alma clama por esa brisa fresca,
que sólo la presencia de una mujer puede traer.
El sol quema sin piedad mi piel cansada,
igual que este deseo que arde sin calma,
una hoguera que consume sin consumir,
la urgencia del abrazo, del beso, que calme el latir.
Bajo el cielo claro, sin nubes ni sombra,
mi corazón se quiebra en su soledad honda,
esperando la llegada de la lluvia femenina,
que riegue de vida esta tierra quemada.
Los llanos dorados reflejan mi desgaste,
como hojas muertas que el viento no arrastra,
mientras me mantengo quieto, testigo sin palabras,
de un verano eterno sin lluvia ni calma.
Pero en la montaña, donde el aire es fresco,
sueño con noches suaves llenas de caricias y besos,
y aunque el calor abrume mi cuerpo cansado,
el amor de una mujer sería el refugio anhelado.
Si el verano es dura prueba y desespero,
el amor es promesa de un tiempo sincero,
una estación donde florezca el querer,
y mis días secos vuelvan a renacer.
Hasta entonces, arderé con paciencia,
bajo este sol que quema mi existencia,
cómo la sabana en la llanura, esperando la mujer-lluvia,
capaz de apagar el fuego febril que me acompaña.
Luis Ernesto Parra Nava
San Francisco, 02 de mayo de 2026.
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