Para mí el nudo está en que lo expulsa un coloso y termina orbitando otra cosa enorme que también lo aplasta. Cambió de gravedad y le pareció que eso era llegar a algún lado.
Un pequeño planeta
Pensamiento
Para mí el nudo está en que lo expulsa un coloso y termina orbitando otra cosa enorme que también lo aplasta. Cambió de gravedad y le pareció que eso era llegar a algún lado.
Contenido de la publicación
En un rincón olvidado de la galaxia, flotaba un pequeño planeta, vagando sin rumbo en busca de una estrella que lo hiciera suyo. Pero estaba tan lejos, tan terriblemente lejos, que ni la luz de otras estrellas se atrevía a tocarlo. ¿Por qué estaba tan solo?, se preguntaba. La ignorancia lo envolvía como un manto helado: no recordaba cómo había llegado hasta allí.
Había sido empujado… arrojado por la fuerza de un coloso, un planeta masivo cuya gravedad brutal lo desterró hacia el abismo. Así, errante y exiliado, comenzó su búsqueda.
En su viaje se cruzó con monstruos celestes: agujeros negros que rugían desde la distancia, promesas de olvido eterno. Bastaba un desliz, unos pocos miles de kilómetros, y sería tragado sin dejar rastro. El miedo lo acompañaba como un eco constante: el miedo a perderse más, a ser absorbido, a no encontrar jamás su destino.
Y, sin embargo, mientras su alma temblaba, no vio al principio la belleza que lo rodeaba.
La oscuridad comenzó a ceder, como un telón que se abre. Una fuerza invisible, feroz y dulce, empezó a atraerlo. Sentía su gravedad… y, aun así, no huía. Lo que sus ojos contemplaban era tan hermoso, tan indeciblemente hermoso, que le dolía.
Frente a él danzaba la Nebulosa de la Hélice, una espiral de luces suspendidas, como suspiros congelados. Estrellas azules estallaban en su núcleo, brotando como flores de fuego. El pequeño planeta, aterrado pero embelesado, avanzaba.
La gravedad era feroz. Quería destruirlo.
La belleza, en cambio, lo acariciaba.
¿Era amor o era trampa? No lo sabía. No lo quiso saber.
Y se preguntaba:
—¿Por qué no puedo apartar la mirada? ¿Por qué esta luz, que me atrae como una promesa, también me hiela el alma?
Pero no se detuvo.
La voz de su razón era débil frente al canto hipnótico del lugar.
"Quizá —pensó— ya no busco una estrella… Quizá esta visión es mi estrella.
La búsqueda ha sido larga, podría durar siglos, o no llevarme a ningún sitio.
Pero aquí, aquí encontré algo que me hizo sentir menos solo."
No sabía que aquella nebulosa —tan divina a los ojos, tan letal en su corazón— era más que polvo estelar. Era un círculo de almas rotas: ambiciones, prejuicios, deseos no cumplidos, convicciones ciegas, pasiones no confesadas, envidias, miedos, sueños fallidos, idealismos frágiles, egoísmos invisibles. Todo eso giraba en la hélice, como un remolino de sentimientos abandonados.
Pero el pequeño planeta no podía saberlo.
Él solo quería pertenecer.
Y así, lentamente, fue acercándose, hasta orbitarla. Ya no se movió. Ya no se preguntó nada. El tiempo pasó: décadas, siglos. Nadie lo rescató. Nadie volvió a nombrarlo.
Solo él, en su silencio, la llamaba así:
"El Ojo de Dios".
Porque eso parecía…
Una mirada inmensa que atraía a los perdidos, a los que ya no sabían qué buscar.
Y muchos, como él, decidieron entrar.
Pero un día…
En el corazón del planeta, una voz antigua —casi olvidada— volvió a hablar.
Le susurró que podía irse. Que aún podía viajar. Que más allá, en el frío abismo, tal vez aún quedaba algo: otra estrella, otra razón, otro rumbo.
Y por un instante, quiso huir.
Quiso alejarse.
Romper la órbita.
Volar.
Pero fue en ese momento cuando comprendió… que algo en él ya había muerto.
No sus rocas. No su cuerpo.
Sino su deseo de partir.
Su alma se había arraigado a esa luz venenosa.
Ya no deseaba nada más.
Ya no sentía que valiera la pena buscar.
El pequeño planeta siguió girando, callado.
La hélice seguía girando también, como si jamás hubiera cambiado.
Y lo que murió… fue su esperanza.
Lo que murió… fue la idea de un camino distinto.
Lo que murió…
fue la voz que una vez le dijo: “sigue buscando”.
Y así, el pequeño planeta, sin tristeza ni alegría, sin preguntas ni respuestas,
se convirtió en uno más de los que orbitan EL OJO DE DIOS.
Brillando sin destino.
Hermoso y perdido.
EPÍLOGO — EL PLANETA QUE DEJÓ DE BUSCAR
He flotado entre ecos que nadie escuchó,
entre luces que prometían y nunca llegaron.
Mi órbita es un rezo suspendido,
una danza circular sin principio ni fin.
Busqué una estrella.
La soñé con fiebre y con frío.
Y cuando la hallé,
no supe si era cielo o espejismo.
La Nebulosa me cantó con voz de madre,
y yo, niño ciego,
corrí a sus brazos sin mirar los dientes.
Me sostuvo.
Me sostuvo con belleza y veneno.
Me mostró el universo que no era mío,
pero era suficiente.
Quise irme.
Tarde.
Mi deseo ya no respiraba.
No se escuchó su último latido,
pero lo sentí.
Como se siente el peso de una promesa rota
que ya no duele.
Solo está.
Ahora soy parte del Ojo.
Giro sin nombre,
hermoso y ausente.
No hay dolor.
No hay regreso.
Solo un susurro que alguna vez dije:
"Sigo buscando."
Y que ahora duerme en mí.
FIN.
Thoughts
-
PermalinkMe pasó igual con el epílogo, me quedé con ganas de seguir leyendo. ¿Tienes más cosas publicadas por acá?
-
PermalinkDe acuerdo con el final, y a mí me quedó sonando un detalle chico: es él quien se inventa el nombre, El Ojo de Dios. Nadie se lo puso.
-
PermalinkPara mí el nudo está en que lo expulsa un coloso y termina orbitando otra cosa enorme que también lo aplasta. Cambió de gravedad y le pareció que eso era llegar a algún lado.
-
PermalinkSe me quedó dando vueltas la voz antigua que le susurra que todavía puede irse, y que él la escuche cuando ya no le sirve de nada. Mi tía tuvo veinte años una maleta armada arriba del ropero para volver a su pueblo, y cuando por fin le sobró el tiempo dijo que para qué. La maleta seguía hecha. Leyéndote me acordé de ella y me dio frío.
Publicaciones relacionadas
-
Nuevo
El rechazo
-
Prologo
Prólogo
-
Amar lo que otros no ven.
Estrellas, amo las estrellas: tan hermosas, tan brillantes, tan inmensas. Mierda cómo las amo.
-
Más allá de la Burbuja
A veces la gente quiere leer algo feliz, algo que la haga reír, sentirse libre y querer correr sin preocuparse por nada.
-
Detrás del lienzo sonriente
Hay un grito en el pecho que nadie puede oír,
-
Antifilosofía de la filosofía
¿De qué te sirve la caja si no tienes nada que guardar? ¿De qué te sirve comprarte esa cámara si luego no tienes nada para recordar? ¿De qué te sirve apilar libros y revistas si luego no podes leer?…
-
Caín y Abel: La fractura.
Después del Edén, la historia continúa con el primer crimen.
-
Y si...?
¿Y si todo en la vida es dialectico? ¿Y si debo quemar todo para construir? ¿Y si debo desconocer para conocer? ¿Y si debo deseducarme para educarme?¿Y si debo morir para nacer? ¿Y si debo…
En un rincón olvidado de la galaxia, flotaba un pequeño planeta, vagando sin rumbo en busca de una estrella que lo hiciera suyo. Pero estaba tan lejos, tan terriblemente lejos, que ni la luz de…