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Un nuevo mundo parte 2

DNavarrete
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El pequeño cuarto permanecía en silencio. Tras la carrera, todos habían aprovechado aquel refugio para recuperar el aliento. El Lector estaba sentado recostado a la pared, respirando aún con…

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Después de las tres partes de Aquel que quiso liberar las cadenas, que me tuvieron con el estómago encogido, este capítulo se agradece como un té de Luna. El Lector no dice una sola palabra en todo el episodio y aun así es el que más habla: el Viejo y el

Después de las tres partes de Aquel que quiso liberar las cadenas, que me tuvieron con el estómago encogido, este capítulo se agradece como un té de Luna. El Lector no dice una sola palabra en todo el episodio y aun así es el que más habla: el Viejo y el Nuevo le traducen cada mirada. Apuesto a que en algún momento abre la boca y suelta algo que nadie en la Biblioteca espera.

Contenido de la publicación

El pequeño cuarto permanecía en silencio. Tras la carrera, todos habían aprovechado aquel refugio para recuperar el aliento. El Lector estaba sentado recostado a la pared, respirando aún con dificultad, mientras sus piernas temblaban levemente bajo su peso. El Viejo y el Nuevo permanecían cerca de él, en silencio.

 

Esteban, sentado frente al grupo, revisaba con calma algunos objetos que llevaba consigo. Y en una pequeña mesa, apartada del resto, Luna tomaba té. Haruka estaba a su lado, sirviéndole otra taza con la misma tranquilidad de siempre.

 

—Ahhh… —Luna sostuvo la taza entre sus manos y suspiró con evidente satisfacción—. Mucho mejor.

 

Haruka sonrió suavemente.

 

—Me alegra que le agrade, señorita Luna.

 

Esteban los observó unos segundos, luego miró al Lector.

 

—¿Es normal que ellas dos estén así de tranquilas?

 

El Lector no respondió. Ni siquiera supo qué hacer. El Viejo fue quien habló.

 

—No intente entenderlas.

 

Esteban parpadeó.

 

—¿Perdón?

 

—Intentar comprender lo que hacen o dicen no tiene sentido —explicó el Viejo—. Simplemente… déjelas estar.

 

El Nuevo intervino de inmediato.

 

—Aunque admito que sí es bastante inquietante.

 

Miró a su alrededor, inspeccionando cada rincón del cuarto.

 

—Según lo que sabemos de este nivel, cualquier habitación que no sea la meta al final del recorrido debería ser peligrosa.

 

Esteban asintió sin dejar lo que hacía.

 

—Normalmente sí.

 

El Nuevo pareció conforme.

 

—Entonces estamos de acuerdo…

 

—Pero este cuarto es diferente —lo interrumpió Esteban.

 

El Nuevo se quedó callado un instante.

 

—¿Diferente?

 

—Lo construí yo.

 

Silencio absoluto.

 

El Viejo abrió lentamente sus páginas.

 

—¿Usted lo creó?

 

—Sí.

 

El Nuevo lo miró con los lomos abiertos de par en par.

 

—¿Usted hizo esta habitación… aquí?

 

—Exactamente.

 

El Viejo y el Nuevo intercambiaron una mirada. Ninguno lograba comprenderlo. Esteban simplemente se encogió de hombros.

 

—No se preocupen por eso.

 

—¿Cómo que no nos preocupemos? —reclamó el Nuevo—. ¡Estamos en un lugar infinito lleno de criaturas que quisieron darnos caza, y ahora estamos descansando en una habitación que usted dice haber creado de la nada!

 

Esteban sonrió con sencillez.

 

—Yo me entiendo.

 

El Viejo guardó silencio unos segundos.

 

—Definitivamente este lugar no tiene lógica alguna.

 

—¿Recién se da cuenta? —le dijo el Nuevo.

 

Esteban se levantó despacio.

 

—Pero hay algo que sí deberían saber antes de seguir.

 

Todos guardaron silencio.

 

—Este cuarto no es una salida.

 

El Lector alzó la mirada.

 

—La única forma de salir de este nivel —continuó Esteban— es terminar la carrera.

 

El Nuevo cerró sus páginas lentamente.

 

—¿Entonces tenemos que volver?

 

—Sí.

 

—¿Al corredor?

 

—Sí.

 

—¿Donde están… todas esas cosas que nos perseguían?

 

—Sí.

 

El Nuevo permaneció inmóvil.

 

—No me gusta este lugar.

 

El Viejo suspiró.

 

—A nadie le gusta.

 

Esteban miró hacia la puerta.

 

—Pueden descansar lo que necesiten. Pero tarde o temprano tendremos que volver y continuar.

 

El Lector miró sus propias piernas. Tan solo de pensar en volver a correr, empezaron a dolerle de nuevo.

 

En ese instante, Luna apartó su taza y levantó la vista. Recorrió al Lector de arriba abajo, asintió para sí misma, y sonrió.

 

—Bueno… esto le vendrá muy bien.

 

El Lector la miró con desconfianza.

 

—¿Por qué lo dice? —preguntó el Nuevo.

 

Luna señaló al Lector con un gesto tranquilo.

 

—Está un poquito gordito.

 

El Lector se quedó rígido. El Viejo cerró los ojos. Esteban se llevó una mano a la boca para no reírse. Haruka tomó un sorbo de té con calma y luego dijo:

 

—Señorita Luna…

 

—¿Sí?

 

—Creo que podría expresarlo de una manera más amable.

 

Luna ladeó la cabeza.

 

—¿Como qué?

 

—Podría decir que necesita mejorar su condición física.

 

Luna sonrió de inmediato.

 

—¡Eso! —lo miró fijamente—. Necesitas mejorar tu condición física.

 

El Lector la miró sin pestañear. El Nuevo comentó en voz baja:

 

—La verdad… creo que prefería "gordito".

 

Luna soltó una risita.

 

—¡No es para tanto!

 

El Lector señaló la puerta con gesto indignado.

 

—¿Sabe qué hay detrás de esa puerta, verdad? —preguntó Esteban por él.

 

—Sí —respondió Luna alegremente.

 

—¿Y aun así dice que es bueno para él?

 

—¡Es ejercicio! —exclamó ella como si fuera lo más obvio.

 

El Viejo intervino:

 

—Señorita Luna… considerando que lo que hay detrás son criaturas dispuestas a alcanzarlo y dañarlo…

 

Luna sonrió con brillo en los ojos.

 

—Precisamente.

 

Esteban soltó una carcajada.

 

—Al menos hay algo positivo en todo esto.

 

El Lector lo miró sin entender.

 

—La próxima vez que salgamos —dijo Esteban señalando la puerta—, correrá con una motivación de sobra.

 

El Lector dejó caer la cabeza contra la pared con resignación.

 

Luna volvió a llevarse la taza a los labios.

 

—Una pesadilla saludable.

 

El Viejo y el Nuevo exclamaron al unísono:

 

—¡¡¡SEÑORITA LUNA!!!

 

Tras varias horas de descanso, finalmente volvieron a salir.

 

La puerta se abrió. La alarma volvió a resonar con fuerza por todo el corredor. Las luces rojas comenzaron a parpadear bañándolo todo de aquel tono carmesí. Y la carrera volvió a comenzar.

 

El Lector intentó mantener el paso junto a los demás, con el Viejo y el Nuevo sujetos firmemente a cada lado de su cintura. Pero apenas habían recorrido unos cientos de metros cuando sus piernas empezaron a fallarle. El aire le faltaba, el pecho le ardía y cada zancada se sentía más pesada que la anterior.

 

Unos metros más adelante, Luna corría con la misma tranquilidad de siempre. Haruka avanzaba con una elegancia y compostura que parecían imposibles en un lugar como aquel. Y Esteban… Esteban corría como si estuviera disfrutando de un paseo tranquilo por un parque. En una mano llevaba una especie de lanza improvisada, construida a partir de una enorme pinza perteneciente a alguna entidad; de vez en cuando la movía con soltura para apartar a cualquiera que se acercara demasiado.

 

—¡JAJAJA! ¡Esto sí que es divertido! —exclamaba él entre risas.

 

El Nuevo lo miró atónito.

 

—¿Cómo puede estar tan tranquilo?

 

El Viejo respondió con calma:

 

—Porque conoce este lugar.

 

—Pues yo apuesto a que el Lector está pensando algo así como: "¿Por qué todos están tan tranquilos mientras nos persiguen monstruos?"

 

El Lector, ya completamente agotado, levantó lentamente una mano.

 

El Nuevo soltó una risita.

 

—Creo que acaba de confirmar que sí.

 

El Viejo añadió:

 

—Yo diría que en este preciso momento está pensando: "Quiero volver a la Biblioteca."

 

El Lector bajó la cabeza y suspiró. Las entidades seguían acercándose. Intentó acelerar. No pudo. Sus piernas simplemente no respondían más.

 

Haruka lo observó un instante. Sin decir una sola palabra, se detuvo apenas lo necesario, lo levantó con facilidad y lo colocó sobre uno de sus hombros como si no pesara nada.

 

El Lector se quedó rígido. Completamente inmóvil. Sus piernas quedaron colgando detrás de ella. Su cuerpo quedó orientado hacia atrás, dándole una vista perfecta de la horda que los perseguía cada vez más cerca. Y lo peor de todo… estaba rojo. Muy rojo. Se cubrió el rostro con ambas manos de inmediato.

 

El Nuevo guardó silencio unos segundos. Luego habló con voz llena de burla:

 

—Creo que el Lector acaba de decir: "Esto es humillante."

 

El Viejo asintió.

 

—No. Estoy seguro de que quiso decir: "Por favor, que nadie me vea así."

 

El Lector se cubrió aún más la cara, hundiéndola entre sus brazos.

 

Luna, que corría al lado de Haruka, alzó la vista hacia él.

 

—¿Está avergonzado?

 

—Muchísimo —respondió el Nuevo.

 

—Probablemente está pensando —añadió el Viejo—: "Cuando salgamos de aquí, jamás volveré a mencionar este momento ante nadie."

 

El Lector bajó lentamente una mano y les lanzó una mirada asesina por entre los dedos.

 

El Nuevo soltó una carcajada.

 

—¡Miren eso! ¡Creo que quiere matarnos con la mirada!

 

—No puede —respondió el Viejo con absoluta calma—. Lo están transportando.

 

Luna comenzó a reír alegremente.

 

—¡Pobre Lector!

 

En ese instante Esteban pasó junto a ellos, riéndose mientras alzaba su lanza improvisada.

 

—¡Vamos! ¡No se queden atrás!

 

Una entidad apareció súbitamente por el costado.

 

¡CLANG!

 

Esteban la golpeó con fuerza haciéndola retroceder y continuó corriendo sin detenerse.

 

—¡JAJAJA! ¡Esto cada vez se pone mejor!

 

El Nuevo lo miró alejarse.

 

—Definitivamente este hombre es muy extraño.

 

El Viejo asintió.

 

—Sí.

 

Luego miró al Lector, que seguía escondiendo el rostro sobre el hombro de Haruka.

 

—Aunque ahora mismo creo que tenemos problemas más importantes.

 

El Nuevo siguió su mirada.

 

—¿Las entidades que nos persiguen?

 

—No.

 

—¿Entonces qué?

 

—La dignidad del Lector.

 

El Nuevo soltó otra carcajada. El Lector cerró los ojos y suspiró con resignación profunda.

 

Y detrás de ellos, decenas de entidades continuaban persiguiéndolos por aquel corredor interminable. Luna, Haruka y Esteban parecían estar disfrutando la carrera. El Viejo y el Nuevo se divertían a costa del pobre Lector. Y el Lector… él solo deseaba, con toda su alma, que aquella carrera terminara de una vez antes de perder por completo la poca dignidad que le quedaba.

 

Finalmente, tras aquel recorrido interminable, cruzaron la última puerta y dejaron atrás el corredor rojo y las criaturas. Habían llegado a un nuevo nivel. Y lo más curioso: ninguno de los que habían corrido presentaba el menor rasguño ni señal de cansancio. Ni siquiera parecían haber hecho un esfuerzo real.

 

Solo había una cosa que había quedado hecha pedazos en todo el camino: la dignidad del Lector.

 

Allí estaba ahora, encogido en un rincón, sin decir una palabra, mirando al suelo con aire profundamente deprimido. Según el Nuevo y el Viejo, no estaba triste por el peligro ni por la carrera: estaba avergonzado hasta lo más hondo por no haber tenido la fuerza suficiente y haber tenido que ser cargado en brazos por Haruka hasta el final.

 

Luna, por supuesto, no dejó pasar la oportunidad. Se acercó a él y comenzó a pincharle suavemente la mejilla con un dedo, sonriendo con malicia.

 

—Vamos… no te pongas así.

 

Haruka se acercó también, con su calma habitual.

 

—No debería preocuparse por eso —le dijo con suavidad—. Al fin y al cabo, fue la forma más eficiente de salir rápido del nivel. Lo importante es que estamos todos a salvo.

 

El Lector levantó la mirada lentamente hacia ella. Y luego miró a Luna, con una expresión que parecía decir claramente: "Espero que la castigue por esto. Por favor, castíguela."

 

El Nuevo no pudo contenerse.

 

—Creo que le está diciendo que espera que la regañe de nuevo, señorita Haruka.

 

El Lector asintió con energía, sin apartar la vista de Luna.

 

Esteban soltó una risa y se acercó al grupo.

 

—Bueno… al menos todos sobrevivieron. Eso es lo que cuenta. Aunque… —miró al Lector con una sonrisa— alguien sí que necesita moverse un poco más y ejercitar esas piernas.

 

El Lector bajó la mirada de nuevo, avergonzado.

 

Esteban miró hacia los pasillos del nuevo nivel y luego volvió a mirarlos.

 

—Debo decirles que hasta aquí los puedo acompañar. Tengo que continuar mi propio camino por otros lugares. Desde aquí tendrán que arreglárselas solos. Pero no se preocupen: si lograron llegar hasta aquí con vida, es muy probable que sepan salir adelante.

 

Les hizo una pequeña reverencia.

 

—Cuídense. Espero que volvamos a encontrarnos en mejores circunstancias.

 

Y tras despedirse, Esteban se alejó caminando por uno de los corredores hasta desaparecer.

 

Cuando ya quedaron solos, Luna miró a su alrededor, luego miró a los demás y finalmente dijo:

 

—Bueno… creo que ya nos divertimos demasiado aquí. Sería mejor que regresemos a casa.

 

El Lector levantó la cabeza de golpe. Sus ojos brillaron con esperanza.

 

Sí. Regresar. Volver a la Biblioteca. Donde nadie tendría que cargarlo. Donde nadie se burlaría de él. Donde nadie pincharía su mejilla.

 

Donde, sobre todo, podría recuperar su dignidad.

 

La Biblioteca había recuperado su habitual silencio. Los interminables pasillos permanecían tranquilos; los estantes se extendían hasta donde la vista alcanzaba, y millones de historias seguían descansando en sus lugares, en paz.

 

Tras todo lo ocurrido en aquel extraño lugar, el grupo había regresado por fin. El Lector había dejado al Viejo y al Nuevo sobre un enorme mesón de madera pulida. Allí, el Viejo —ya completamente recuperado— permanecía abierto sobre la superficie, reflexionando en voz alta sobre cuanto habían vivido.

 

—Y así es como funcionan las cosas —explicaba con tono serio y pausado—. Si en cualquiera de los mundos que existen dentro de la señorita Luna nace una historia capaz de llamar su atención, existe la posibilidad de que esa historia termine ganando un universo propio.

 

El Nuevo, sentado a su lado, escuchaba en silencio.

 

—Piénsenlo bien —continuó el Viejo, cada vez más interesado en sus propias palabras—. Si la Historia misma puede adoptar forma física, leer las creaciones de sus propias creaciones… y convertir simples palabras en mundos enteros… entonces las posibilidades son infinitas. Una historia puede empezar siendo solo una idea de un mortal. Luego un relato. Ese relato crece, gana personajes, construye sus propias reglas… y entonces, si es lo bastante especial… llega a los ojos de la señorita Luna.

 

El Nuevo guardó silencio unos instantes.

 

—Entonces… una historia dentro de una historia…

 

—Exactamente —lo interrumpió el Viejo—. Puede volverse tan real como cualquier otra. Tan real como este lugar.

 

Y así siguió hablando. Y hablando. Y hablando.

 

Hasta que el Nuevo, que llevaba buen rato mirando hacia otro lado, lo interrumpió suavemente:

 

—No tiene caso.

 

El Viejo se detuvo.

 

—¿Cómo que no tiene caso?

 

—Que nadie te está escuchando.

 

—¿Y eso por qué?

 

El Nuevo señaló discretamente hacia un extremo de la sala. El Viejo giró sus páginas… y entonces comprendió.

 

A pocos metros de ellos, Haruka estaba completamente concentrada en su nueva tarea. El Lector, vestido con ropa deportiva, se mantenía apoyado en el suelo, temblando de pies a cabeza.

 

—Otra vez —suspiró el Viejo.

 

El Lector levantó la cabeza un instante. Haruka permanecía frente a él, con los brazos cruzados y una calma imperturbable.

 

—Diez más —dijo ella.

 

El Lector volvió a bajar el cuerpo.

 

Una. Dos. Tres.

 

Sus brazos empezaron a temblar con fuerza. A su lado, sentada cómodamente, estaba Luna también con ropa deportiva, animándolo con los ojos brillantes de entusiasmo.

 

—¡Vamos! ¡Tú puedes! ¡Solo un poquito más!

 

Cuatro. Cinco.

 

El Lector respiraba con dificultad.

 

—¡Más rápido! —exclamó Luna—. ¡Recuerda que tienes que estar preparado por si volvemos a los Backrooms!

 

El Lector se detuvo en seco. Alzó la mirada, horrorizado.

 

El Nuevo miró al Viejo.

 

—Creo que acaba de recordar que ya no estamos allí.

 

El Viejo suspiró.

 

—No se lo digas.

 

Haruka se agachó ligeramente junto a él.

 

—¿Cansado?

 

El Lector levantó la vista hacia ella. Su mirada lo dijo todo: Sí. Muchísimo.

 

Haruka sonrió con dulzura.

 

—Entonces descansaremos treinta segundos.

 

El Lector se dejó caer contra el suelo sin fuerzas. Luna aplaudió alegremente.

 

—¡Muy bien! ¡Ya estás mejorando muchísimo!

 

El Lector giró la cabeza despacio hacia ella. Su expresión parecía suplicar clemencia.

 

El Nuevo volvió a mirar al Viejo.

 

—¿Ves?

 

—¿Veo qué?

 

—A eso me refiero. Tú intentas explicar el secreto de toda la existencia… y nadie te está prestando atención. Allá abajo tienen problemas mucho más urgentes.

 

El Viejo miró al Lector, a Haruka, a Luna… y asintió resignado.

 

—…Es cierto.

 

—Además —añadió el Nuevo—, creo que el Lector tiene ahora mismo problemas mucho más importantes que comprender el funcionamiento de los universos.

 

A lo lejos, la voz suave de Haruka cortó el aire:

 

—Se acabó el descanso.

 

El Lector levantó la cabeza, aterrorizado.

 

—¡Vamos! —dijo Luna animadamente.

 

El Lector suspiró, se frotó la frente… y volvió a colocarse en posición.

 

El Viejo cerró sus páginas despacio.

 

—Supongo que mi explicación tendrá que esperar.

 

—Probablemente sí —convino el Nuevo.

 

—¿Crees que algún día alguien me escuchará hasta el final?

 

El Nuevo miró la escena: Luna animando, Haruka supervisando, y el pobre Lector luchando contra sus propios brazos.

 

—No.

 

El Viejo suspiró profundamente.

 

—Qué mundo tan cruel.

 

—Bienvenido a la Biblioteca —respondió el Nuevo.

 

Y mientras los dos libros permanecían en silencio sobre el mesón, la Biblioteca continuaba respirando a su alrededor. Millones de historias descansaban en sus estantes. Algunas permanecerían allí para siempre. Otras serían olvidadas. Y algunas… quizá solo algunas… algún día llamarían la atención de Luna.

 

Y cuando eso ocurriera, aquellas simples palabras dejarían de ser solo palabras. Porque en la Biblioteca de Luna… una historia capaz de gustarle a la Historia misma… puede convertirse en un universo entero.

Thoughts

  • dlozano92

    Jajaja, gordito

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  • novelaacuestas

    Después de las tres partes de Aquel que quiso liberar las cadenas, que me tuvieron con el estómago encogido, este capítulo se agradece como un té de Luna. El Lector no dice una sola palabra en todo el episodio y aun así es el que más habla: el Viejo y el Nuevo le traducen cada mirada. Apuesto a que en algún momento abre la boca y suelta algo que nadie en la Biblioteca espera.

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