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Un mundo de posibilidades

DNavarrete
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El Lector permanecía inmóvil en medio de aquel campo de batalla. Llevaba un casco demasiado grande para su cabeza, que le resbalaba constantemente sobre un ojo. El Viejo y el Nuevo colgaban a ambos…

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Contenido de la publicación

El Lector permanecía inmóvil en medio de aquel campo de batalla. Llevaba un casco demasiado grande para su cabeza, que le resbalaba constantemente sobre un ojo. El Viejo y el Nuevo colgaban a ambos lados de su cintura, balanceándose de un lado a otro cada vez que daba un paso. Y entre sus manos sostenía un rifle que Luna le había entregado minutos antes con una sonrisa completamente inocente.

 

No sabía cómo había terminado sosteniendo un arma.

 

No sabía por qué había estallado una guerra.

 

Y, sobre todo, no sabía por qué había aceptado participar.

 

Frente a él, un enorme tanque avanzaba lentamente entre los estantes. No era un tanque cualquiera: estaba construido por completo con libros apilados y encuadernados unos sobre otros. Las páginas hacían las veces de placas de blindaje, y hileras de tomos formaban las ruedas que giraban despacio sobre el suelo de madera.

 

Y encima del tanque, de pie y firme, estaba Luna. Llevaba el mismo casco que todos los demás, aunque lo había decorado con una estrella recortada en papel pegada en el frente. Debajo de la nariz se había dibujado un enorme bigote negro con tinta. Sostenía un megáfono entre las dos manos.

 

—¡¡¡AVANCEN, MIS VALIENTES SOLDADOS!!! —bramaba.

 

Cientos de libros marchaban detrás del tanque. Algunos llevaban pequeñas banderas de papel. Otros portaban armas improvisadas hechas con reglas, plumas y fragmentos de cubiertas. Y algunos más simplemente avanzaban rodando por el suelo con determinación.

 

—¡¡¡NO DEJEN QUE LOS REBELDES RECUPEREN AL TOMO REVOLUCIONARIO!!!

 

—¡¡¡SÍ, SEÑORITA LUNA!!! —respondían al unísono.

 

—¡¡¡POR LA HISTORIA!!!

 

—¡¡¡POR LA BIBLIOTECA!!!

 

—¡¡¡PORQUE NOSOTROS TAMBIÉN QUEREMOS SER IMPORTANTES ALGUNA VEZ!!!

 

Luna levantó una mano en alto.

 

—¡¡¡FUEGO!!!

 

El tanque abrió una especie de compuerta en su costado. Un tomo salió disparado como proyectil.

 

—¡BOOOOM!

 

El libro cayó a varios metros de distancia y estalló en una nube de páginas que se esparcieron por el aire.

 

El Lector se quedó mirando la escena, sin pestañear. El Viejo abrió lentamente sus páginas.

 

—Creo que acaba de preguntarse qué demonios estamos haciendo aquí.

 

El Nuevo asintió.

 

—No creo que sea una pregunta. Creo que es una crisis existencial.

 

Otra explosión sacudió el suelo.

 

—¡BOOOOM!

 

Un grupo de libros salió volando por encima de ellos. Uno pasó girando cerca de la cara del Lector. Otro aterrizó sobre un estante y se quedó quieto. Un tercero cayó de pie, se sacudió el polvo y siguió corriendo como si nada hubiera pasado.

 

El Nuevo observó el caos a su alrededor.

 

—¿Todo esto empezó realmente porque la señorita Luna encerró al Tomo Revolucionario?

 

El Viejo guardó silencio unos segundos mientras otra explosión sacudía el aire.

 

—Según lo que he podido reconstruir… sí.

 

—¿Y todos estos libros han declarado la guerra solo porque quieren liberarlo?

 

—Exactamente.

 

—¿No podían simplemente hablar con ella y pedirle que lo dejara salir?

 

El Viejo ladeó sus páginas con resignación.

 

—Estamos hablando de libros.

 

El Nuevo se quedó pensativo.

 

—Ah. Ya entiendo. Tiene sentido.

 

A lo lejos, varios estantes enteros avanzaban lentamente por el suelo, deslizándose como si flotaran. El Nuevo los miró con los lomos entreabiertos de par en par.

 

—¿Esos estantes están… navegando?

 

—Sí.

 

—¿Pero por qué?

 

—Porque alguien decidió que son barcos.

 

El Nuevo permaneció en silencio un buen rato.

 

—¿Y funcionan?

 

—Aparentemente sí.

 

Los estantes atravesaron un espacio abierto entre las columnas como si surcaran un océano invisible. Desde sus bordes, decenas de libros lanzaban tomos a modo de proyectiles hacia el otro lado del campo de batalla.

 

—¡¡¡A BABOR!!! —gritó uno desde lo alto.

 

—¡¡¡¿QUÉ SIGNIFICA ESO?!!! —preguntó otro, confundido.

 

—¡¡¡NO TENGO NI IDEA, PERO SUENA MUY MILITAR!!!

 

El Lector se llevó lentamente una mano al rostro. El Nuevo lo miró.

 

—Creo que está avergonzado de estar aquí.

 

—Yo también —admitió el Viejo.

 

—Pero todavía no hemos visto lo peor —añadió el Viejo mirando hacia el cielo.

 

—¿Qué podría ser peor que todo esto?

 

Un zumbido comenzó a escucharse sobre ellos.

 

BRRRRRRRRRRR…

 

Ambos levantaron la mirada. Un avión surcaba el aire entre los estantes, construido enteramente con decenas de libros unidos entre sí. El Nuevo abrió sus páginas por completo.

 

—No.

 

El Viejo no apartó la vista.

 

—Sí.

 

El avión realizó un giro imposible y comenzó a descender. Desde su vientre empezaron a caer pequeños libros que estallaban al tocar el suelo.

 

—¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!

 

El Lector se agachó por instinto. Luna levantó el megáfono desde lo alto de su tanque.

 

—¡¡¡ESA ES, HARUKA!!!

 

El Nuevo se quedó rígido.

 

—Espera. ¿Haruka…?

 

El Viejo siguió la estela del avión.

 

—Sí.

 

—¿Esa es quien creo que es?

 

—Exactamente.

 

El avión pasó nuevamente sobre sus cabezas. Asomada por una de las escotillas apareció una figura. Era Haruka. Llevaba unas enormes gafas de aviador sobre los ojos y un pañuelo rojo que ondeaba al viento detrás de su cabeza. En cada mano sostenía una pequeña ametralladora hecha con plumas estilográficas.

 

—¡¡¡NO PERMITIRÉ QUE DESTRUYAN MI BIBLIOTECA!!! —anunció con voz firme.

 

RATATATATATATATATATA.

 

Una lluvia de proyectiles de tinta cayó sobre las posiciones rebeldes, tiñendo de negro las cubiertas de los libros que intentaban avanzar.

 

El Nuevo permaneció inmóvil. El Viejo tampoco dijo nada. El Lector alzó lentamente la cabeza. Los tres observaron cómo Haruka realizaba otro giro y regresaba a toda velocidad, imperturbable y serena como siempre, disparando tinta a diestra y siniestra.

 

—¡¡¡HARUKA SE HA UNIDO A LA GUERRA!!! —anunció Luna entusiasmada desde el tanque.

 

Haruka inclinó levemente el avión.

 

—¡¡¡POR SUPUESTO QUE LO HE HECHO!!!

 

El Nuevo finalmente recuperó el habla.

 

—¡¿PERO POR QUÉ?!

 

Haruka pasó sobre ellos otra vez, con los cabellos sueltos y el pañuelo ondeando al viento.

 

—¡¡¡PORQUE ESTÁN DESTRUYENDO MIS ESTANTES, MIS LIBROS Y MI ORDEN!!!

 

El Viejo asintió comprensivo.

 

—Ahí lo tienes.

 

—¿Entonces está de nuestro lado? —preguntó el Nuevo.

 

—No.

 

—¿Del lado de la señorita Luna?

 

—Tampoco.

 

El Nuevo parpadeó.

 

—¿Entonces de quién está?

 

El Viejo miró a su alrededor: explosiones de páginas, estantes-barcos navegando por el suelo, un avión hecho de tomos, y Haruka lanzando tinta con determinación.

 

—Está del lado de la Biblioteca. Y de que nadie rompa nada.

 

El Nuevo tragó saliva. Miró las explosiones, miró los libros disparándose entre sí, miró a Luna dirigiendo operaciones desde su tanque, miró a Haruka amenazando con tinta a todo el que se moviera… y miró al pobre Lector sosteniendo un rifle que no sabía usar.

 

—Entonces… estamos perdidos.

 

—Probablemente —convino el Viejo.

 

En ese momento, una transmisión comenzó a resonar por todo el campo de batalla. Un tomo pequeño corría de un lado a otro gritando:

 

—¡¡¡INFORME DEL SECTOR TRES!!! ¡¡¡LOS REBELDES HAN TOMADO EL PASILLO DE HISTORIA ANTIGUA!!!

 

Otro libro pasó corriendo detrás.

 

—¡¡¡SECTOR CINCO PERDIDO!!!

 

Un tercero cruzó a toda velocidad.

 

—¡¡¡EL ESTANTE 7.893 HA CAÍDO!!!

 

Desde el otro extremo se escuchó una voz de mando:

 

—¡¡¡SE HAN AGOTADO LOS PROYECTILES!!! ¡¡¡USEN LOS LIBROS DE COCINA!!!

 

—¡¡¡¿LOS LIBROS DE COCINA?!!! —repitió un confundido soldado.

 

—¡¡¡SON LOS MÁS DUROS Y GRUESOS!!! ¡¡¡LANCEN ESOS!!!

 

El Viejo cerró lentamente sus páginas.

 

—Esto ha dejado de tener sentido hace rato.

 

El Nuevo asintió.

 

—Hace mucho, mucho rato.

 

El Lector miró su rifle. Luego miró a Luna. Después miró a Haruka, que acababa de hacer pasar una estela de tinta justo encima del tanque. Finalmente observó todo el caos a su alrededor. Su expresión decía claramente una sola cosa: ¿Por qué?

 

El Nuevo lo miró de reojo.

 

—Creo que está preguntando si todo esto realmente era necesario.

 

El Viejo suspiró.

 

—No.

 

—¿Entonces por qué está pasando?

 

—Porque la señorita Luna se enfadó.

 

El Nuevo miró hacia el tanque. Allí estaba Luna, con su bigote dibujado y su megáfono, dando órdenes como si fuera la generala más valiente del mundo.

 

—Eso lo explica todo —concluyó el Nuevo.

 

De pronto, un enorme grupo de libros rebeldes apareció avanzando por uno de los corredores.

 

—¡¡¡LIBEREN AL TOMO REVOLUCIONARIO!!! —gritaban.

 

—¡¡¡DEVUÉLVANNOS A NUESTRO LÍDER!!!

 

—¡¡¡NO QUEREMOS NINGÚN GOBIERNO!!!

 

—¡¡¡SOLO QUEREMOS QUE SALGA DE SU ENCIERRO!!!

 

Luna tomó aire y gritó con toda su fuerza:

 

—¡¡¡JAMÁS!!!

 

Haruka pasó nuevamente sobre ellos.

 

—¡¡¡SEÑORITA LUNA, POR FAVOR NO DESTRUYA DEMASIADOS TOMOS!!!

 

Luna se encogió de hombros y levantó el megáfono.

 

—¡¡¡NO PROMETO NADA!!!

 

El Viejo y el Nuevo exclamaron al unísono:

 

—¡¡¡SEÑORITA LUNA!!!

 

El Lector se llevó la mano al rostro otra vez.

 

Y entonces, en medio del humo y las páginas volando, un pequeño libro corrió hasta llegar junto al tanque.

 

—¡¡¡SEÑORITA LUNA!!! —jadeó.

 

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó ella.

 

—¡¡¡LOS REBELDES ESTÁN A PUNTO DE LLEGAR A LA SALA DONDE TIENE ENCERRADO AL TOMO REVOLUCIONARIO!!!

 

Luna abrió mucho los ojos.

 

—¡¿QUÉ?!

 

Se giró de golpe hacia el Lector. Saltó del tanque en un salto ágil, llegó hasta él y le puso ambas manos sobre los hombros.

 

—Lector. Necesito que hagas algo muy importante.

 

El Lector la miró. Tragó saliva.

 

El Nuevo se inclinó hacia el Viejo.

 

—Creo que acaba de pensar: "Por favor, no."

 

El Viejo asintió gravemente.

 

—Y creo que tiene toda la razón.

 

Luna señaló hacia el frente, donde se acercaban cada vez más libros rebeldes.

 

—¡Tenemos que proteger al prisionero! ¡No podemos dejar que lo liberen!

 

El Lector miró hacia la sala que ella indicaba. Miró su rifle. Miró a Luna. Su mirada preguntaba: ¿Por qué protegerlo precisamente de quienes quieren liberarlo?

 

Luna sonrió con una dulzura que heló la sangre de todos.

 

—Porque si lo liberan… —hizo una pausa dramática— …Haruka se va a enfadar muchísimo.

 

El silencio fue absoluto.

 

El Nuevo cerró lentamente sus páginas.

 

—Ah.

 

El Viejo suspiró profundamente.

 

—Ahora comprendo la verdadera gravedad de esta guerra.

 

El Lector también lo entendió. Y por primera vez desde que había comenzado aquella absurda batalla… levantó el rifle.

 

No por lealtad a ningún bando.

 

No por defender a Luna.

 

Sino porque todos, absolutamente todos en aquel campo de batalla, habían llegado a la misma conclusión:

 

Nada, absolutamente nada en toda la Biblioteca era tan aterrador como una Haruka verdaderamente enfadada.

 

Mientras el Lector corría por uno de los enormes corredores de la Biblioteca, con el rifle firmemente sujeto entre sus manos, la guerra continuaba a su alrededor.

 

—¡¡¡RÁPIDO, LECTOR!!! —gritaba Luna desde algún punto detrás de él—. ¡¡¡NO DEJES QUE LLEGUEN A LA SALA!!!

 

El Lector no respondió. No podía. Estaba demasiado ocupado intentando no tropezar, no perder el equilibrio y, sobre todo, intentando no morir.

 

A su izquierda, una fila de libros soldados avanzaba disparando reglas como si fueran fusiles. A su derecha, varios estantes se desplazaban pesadamente por el suelo mientras otros libros gritaban órdenes que probablemente ninguno de ellos entendía.

 

—¡¡¡MANTENGAN LA FORMACIÓN!!!

 

—¡¡¡¿QUÉ FORMACIÓN?!!!

 

—¡¡¡NO SÉ, PERO MANTÉNGANLA DE TODAS FORMAS!!!

 

Una enorme sombra pasó veloz sobre su cabeza. El Lector levantó la mirada. El avión construido de libros, pilotado por Haruka, descendía a toda velocidad entre los estantes.

 

—¡¡¡HARUKA, NO HAGAS ESO!!! —alcanzó a gritar Luna.

 

Haruka no respondió. Simplemente inclinó el avión en una caída directa.

 

—¡¡¡VOY A DETENERLOS!!!

 

—¡¡¡PERO ESTÁS VOLANDO DIRECTAMENTE CONTRA ESE ESTANTE-BARCO!!!

 

El avión continuó descendiendo sin vacilar.

 

—Eso no parece una buena idea —comentó el Nuevo con tono serio.

 

—Nunca lo es cuando Haruka toma una decisión —respondió el Viejo con resignación.

 

El Lector siguió corriendo. Y entonces…

 

¡BOOOOOOM!

 

Haruka se lanzó como un kamikaze contra uno de los enormes barcos-estante. Las páginas salieron disparadas por todas partes, cubriendo el aire como una lluvia blanca. El Lector se detuvo apenas un instante. Miró hacia atrás. Miró hacia delante. Su expresión dijo claramente: No voy a preguntar. Y siguió corriendo.

 

Fue justo en ese momento cuando algo cayó desde lo alto de uno de los estantes superiores. Un libro. No era especialmente grande ni llamativo. Simplemente cayó. Golpeó el suelo con un sonido sordo.

 

PUM.

 

Su cubierta se abrió sola. Las páginas comenzaron a pasar, una tras otra, impulsadas por nada más que un aire invisible. Una. Dos. Diez. Cincuenta. Hasta que una corriente suave recorrió el corredor y levantó el libro del suelo, dejándolo suspendido en el aire. Y entonces, las palabras impresas en sus páginas comenzaron a brillar.

 

Por un instante, el ruido de la guerra desapareció. Las explosiones. Los gritos. Los disparos de tinta. Todo se alejó. La página se convirtió en cielo. Y entramos en aquella historia.

 


Mucho antes de que aquel libro terminara en la Biblioteca… existía un universo que había estado a punto de desaparecer.

 

Una guerra había consumido casi todo lo que existía. Civilizaciones enteras habían caído. Planetas habían sido reducidos a cenizas. Los antiguos dioses habían desaparecido, uno tras otro, hasta que al final… solo una divinidad había quedado en pie.

 

Altheria.

 

La última diosa. La guardiana de un universo que había aprendido demasiado bien el significado del sufrimiento y la destrucción. Y precisamente por eso, había decidido que nunca más permitiría que algo así volviera a ocurrir.

 

Con el paso de los siglos, junto a sus Heraldos, Altheria logró algo que durante generaciones había parecido imposible: la paz. Ya no existían ejércitos. Ya no había conquistas ni fronteras que disputar. Los conflictos que antes habrían terminado en sangrientas batallas ahora se resolvían mediante palabras, acuerdos y entendimiento. El universo había cambiado.

 

Y Altheria lo observaba todo desde uno de sus lugares favoritos. Un planeta azul. Su planeta natal. Desde el espacio podía verse con claridad: un enorme anillo tecnológico rodeaba su superficie, extendiéndose como una corona de luz, testimonio de lo lejos que había llegado su gente. Pero para Altheria, aquel planeta era especial por una razón mucho más sencilla y mucho más profunda.

 

Allí había nacido la mujer más importante de su vida. Su madre. La mujer que había luchado a su lado cuando todo parecía perdido. La mujer que había visto caer el mundo y aun así había seguido caminando. La mujer que le había enseñado que incluso en la oscuridad más absoluta, siempre quedaba algo por lo que seguir adelante.

 

Por eso, aunque podía viajar a cualquier rincón del universo… siempre terminaba regresando allí.

 

Ese día, Altheria no llevaba su apariencia ni su vestimenta de diosa. Sin corona, sin armadura, sin símbolos de poder. Vestía simplemente como una chica cualquiera. Aparentaba unos quince años. Estaba sentada junto a una ventana, en una casa sencilla, en uno de los barrios más tranquilos del planeta.

 

Podía ver el anillo cruzando lentamente el cielo. Las naves que surcaban las alturas. Las estructuras que flotaban a lo lejos. Todo hablaba de un futuro brillante, de progreso y sabiduría. Pero Altheria no miraba eso. Sonrió suavemente. Para ella, aquel momento era perfecto tal como era. Sin guerra. Sin amenazas. Sin miedo. Solo calma.

 

Entonces sintió algo frío contra su mejilla. Altheria parpadeó y giró lentamente la cabeza. Una lata fría descansaba sobre su rostro. La persona que la sostenía permanecía de pie a su lado, observándola con una mirada cálida.

 

—Está fría —dijo Altheria tomándola entre sus manos.

 

—Esa era precisamente la idea —respondió la mujer sentándose a su lado.

 

Altheria sonrió de verdad.

 

—Gracias.

 

A simple vista, aquella mujer parecía completamente normal. Pero Altheria la conocía mejor que nadie. Era la esposa de su madre. Su segunda madre. La mujer que le había enseñado a sostener un arma. La que la había obligado a entrenar incluso cuando Altheria quería rendirse. La que había estado a su lado en los campos de batalla, viendo caer todo a su alrededor, y aun así nunca se había rendido.

 

Altheria bebió un poco. Luego volvió a mirar hacia el cielo.

 

—Ha cambiado todo tanto…

 

—Sí —convino la mujer, siguiendo su mirada.

 

—Cuando era pequeña, jamás imaginé que llegaría a ver algo así.

 

—Yo tampoco.

 

Altheria soltó una pequeña risa suave.

 

—¿Recuerdas cómo era este lugar antes?

 

—Lo recuerdo perfectamente. Casas pequeñas, caminos de tierra, casi nada de lo que ves hoy.

 

—Y tú siempre decías que algún día todo cambiaría.

 

La mujer sonrió, mirándola de reojo.

 

—Tu madre también lo decía.

 

Altheria bajó la mirada hacia su lata.

 

—Ella tenía razón.

 

Ninguna de las dos dijo nada durante unos instantes. Simplemente permanecieron allí, sentadas, hombro con hombro. Sin soldados. Sin órdenes. Sin enemigos acechando tras cada sombra. Solo silencio, y paz.

 

Altheria cerró los ojos. Aquella sensación… era extraña. Después de pasar toda una vida luchando, la tranquilidad se sentía casi irreal, como si pudiera desvanecerse en cualquier momento. Pero también era hermosa.

 

—Me gusta este lugar —dijo finalmente Altheria.

 

—Lo sé.

 

—Aquí puedo olvidarme de que soy una diosa.

 

La mujer la miró entonces, con una ternura infinita.

 

—Entonces olvídalo. Porque no eres solamente una diosa, Altheria.

 

Altheria abrió los ojos y la miró con curiosidad.

 

—¿No lo soy?

 

—No. Eres también la chica que necesita descansar. Que necesita respirar. Que necesita sentarse junto a una ventana y mirar el cielo sin preocuparse por nada más.

 

Altheria soltó una pequeña carcajada.

 

—Eso suena exactamente a algo que diría mamá.

 

—Por supuesto que lo diría —respondió la mujer con una sonrisa—. Era lo que siempre quería para ti.

 

Ambas volvieron a alzar la vista. Allá arriba, el anillo seguía su curso alrededor del planeta. Millones de personas vivían en paz, sin saber siquiera que aquel universo había estado al borde de la extinción. Pero Altheria lo recordaba. Ella había estado allí. Había visto el fuego. Había visto caer a los dioses. Había luchado junto a su madre hasta el último día. Y ahora… ahora estaba allí, sentada junto a la ventana, bebiendo algo frío y mirando el cielo.

 

Comprendió entonces que todo aquello había valido la pena. Que no necesitaba un trono. Que no necesitaba templos ni adoración. Que lo único que realmente importaba era aquel cielo. El mismo cielo bajo el que su madre había nacido. El mismo cielo bajo el que ambas habían luchado. Y ahora, finalmente… el mismo cielo bajo el que podían simplemente sentarse y hablar.

 

Por primera vez en mucho tiempo, Altheria no tenía que proteger a nadie. No tenía que luchar. No tenía que sostener el peso del universo sobre sus hombros.

 

Altheria permaneció unos instantes mirando el cielo, con la lata aún entre sus manos, mientras el silencio de la tarde envolvía la casa. Entonces habló, casi en un susurro.

 

—Hace unos meses… volví a verla.

 

La mujer a su lado giró despacio la cabeza.

 

—¿A quién?

 

Altheria no respondió de inmediato. Su mirada permaneció perdida entre las nubes y las estructuras que cruzaban el firmamento.

 

—A esa cosa.

 

La mujer se quedó inmóvil. No necesitó que le diera más detalles. Su expresión cambió al instante.

 

—Se supone que tu madre se sacrificó precisamente para impedir que volviera.

 

Altheria asintió lentamente.

 

—Así fue.

 

—Entonces…

 

—No te preocupes —la interrumpió ella con suavidad.

 

La mujer la miró con desconfianza.

 

—¿Cómo puedes decirme que no me preocupe?

 

—Porque esta vez no vino con odio ni amenazas.

 

—Es muy difícil creer eso después de todo lo que hizo.

 

Altheria bajó la mirada hacia sus manos.

 

—Lo sé. Yo misma tardé en aceptarlo.

 

Guardó silencio unos segundos, recordando aquel encuentro. Aquella presencia familiar, aquella sensación que durante siglos había sido sinónimo de fuego y destrucción… y que ahora se sentía tan distinta.

 

—Incluso yo tuve problemas para reconocerla —admitió—. Tenía otra apariencia.

 

—¿Otra apariencia?

 

Altheria asintió.

 

—Era una niña pequeña.

 

La mujer frunció el ceño.

 

—¿Una niña?

 

—Sí.

 

—¿Y estaba sola?

 

Altheria negó con la cabeza.

 

—Estaba sentada sobre el hombro de un mortal.

 

La mujer se quedó callada. Aquello parecía aún más incomprensible que todo lo demás.

 

—¿Un mortal?

 

—Exactamente.

 

—¿Quién era?

 

—No lo sé —respondió Altheria llevándose la lata a los labios—. Y tampoco intentes buscarle una explicación. Yo misma lo intenté. Revisé cada rincón, cada rastro…

 

—¿Y?

 

—No encontré absolutamente nada. Era como si nunca hubiera existido.

 

La mujer la observó atentamente.

 

—¿No sentiste en él nada especial? ¿Poder? ¿Rastro de magia antigua?

 

Altheria negó lentamente.

 

—Nada. Era simplemente un mortal. Uno que encontrarías en cualquier mundo.

 

—Entonces no entiendo…

 

—Yo tampoco —admitió ella con una pequeña sonrisa—. Pero ella estaba allí. Me dijo que simplemente le estaba enseñando este universo.

 

—¿A ese mortal?

 

—Sí.

 

—¿Y no hizo nada?

 

—Nada.

 

—¿No amenazó? ¿No pidió nada?

 

—Tampoco. Simplemente miraba.

 

La mujer se recostó contra el respaldo de su silla, confundida.

 

—Eso no se parece en nada a lo que nos contaron. No se parece a ella.

 

Altheria soltó una risita suave.

 

—Eso mismo pensé yo.

 

—Entonces… ¿cómo estás segura de que era ella?

 

Altheria levantó la vista. Sus ojos se llenaron de una certeza absoluta.

 

—Porque era ella.

 

Una respuesta tan simple que parecía imposible de cuestionar. Y ambas sabían que no hacía falta explicar más. Altheria la habría reconocido en cualquier forma, en cualquier tiempo, bajo cualquier apariencia. Había algo en ella que no podía ocultarse.

 

—También me habló de mamá —añadió Altheria suavemente.

 

La mujer abrió los ojos con sorpresa.

 

—¿De tu madre?

 

—Sí. Me dijo que la única razón por la que no ha vuelto… es por una promesa. Que se lo prometió a ella.

 

La mujer bajó la mirada hacia el suelo. Permaneció así unos segundos, en silencio. Y entonces sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, pero llena de calidez.

 

—Incluso después de irse… sigue protegiéndonos.

 

Altheria no respondió. No hacía falta. Ninguna de las dos podía negarlo. Su madre había sido así toda su vida. Incluso antes de partir, incluso cuando todo parecía perdido, siempre había encontrado alguna forma de cuidarlas.

 

La mujer soltó una risa suave, casi un suspiro.

 

—Era terca. Terca hasta decir basta.

 

Altheria sonrió.

 

—Muchísimo. No escuchaba razones.

 

—Nunca pensaba en sí misma. Siempre los demás primero.

 

—Incluso cuando sabía que podía morir.

 

Altheria soltó una carcajada entre lágrimas.

 

—Eso era lo peor, ¿sabes?

 

—¿Qué cosa?

 

—Que cuando intentábamos obligarla a descansar… siempre respondía que había alguien que necesitaba ayuda más que ella.

 

La mujer se rio con ella.

 

—Lo recuerdo. Recuerdo que una vez estuvo tres días sin dormir.

 

—Y cuando finalmente la encontramos…

 

Altheria la miró con ojos brillantes.

 

—Estaba en la cocina, preparando comida para todos los refugiados.

 

Ambas estallaron en una risa compartida, cálida y llena de amor, que parecía haber estado esperando mucho tiempo para volver a escucharse en aquella casa. Cuando finalmente se calmaron, Altheria recostó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos un instante.

 

—Me gustaría volver a verla.

 

La mujer la miró con ternura y tristeza a la vez.

 

—Sabes que eso no es posible. No para nosotras.

 

—Lo sé.

 

—Habría que pedirle permiso.

 

Altheria hizo una mueca.

 

—A ella.

 

—A Luna.

 

Altheria miró hacia el cielo otra vez.

 

—Sí —suspiró—. Y sinceramente…

 

—¿Qué?

 

—No quiero lidiar con ella.

 

La mujer soltó una carcajada.

 

—¿Me estás diciendo que no te asusta enfrentarte a la entidad que casi destruyó todo el universo… pero sí te preocupa hablar con una niña?

 

Altheria la miró con absoluta seriedad.

 

—A la primera… al menos la entiendo. Sé cómo piensa. Sé qué quiere.

 

—¿Y Luna?

 

—Luna hace lo que se le ocurre y luego se pregunta por qué todos se asustan. Es impredecible.

 

La mujer volvió a reír.

 

—Eso sí te lo concedo. Nadie sabe qué pasará por la cabeza de esa niña.

 

Altheria tomó la lata entre sus manos una vez más.

 

—Quizá algún día. Si me siento valiente.

 

—Quizá.

 

Y entonces dejaron de hablar de amenazas, de guerras, de dioses y de promesas. Durante largo rato, simplemente hablaron de ella. De su madre. De sus manías. De sus terquedades. De las veces que se enfadaba por cosas pequeñas. De las canciones que tarareaba cuando creía que nadie la escuchaba. De la forma en que apretaba la mano cuando estaba preocupada pero no quería decirlo.

 

Historias que no estaban escritas en ningún registro. Ningún sabio las había contado. Ningún poeta las había cantado. Historias que solo sobrevivían mientras alguien las recordara. Y mientras hablaban, el anillo seguía girando lentamente sobre ellos, silencioso y majestuoso, protegiendo aquel mundo que ella había dado todo por salvar.

 

Altheria era la última diosa. La guardiana del universo. Pero en aquel momento… no era una diosa. Era simplemente una hija, sentada junto a la mujer que también la había amado, hablando de la mujer que las había protegido a ambas.

 

Y quizás… eso era precisamente lo que su madre habría querido ver. No un trono. No un templo. No un universo gobernado por dioses. Sino un mundo donde finalmente nadie tuviera que luchar. Un lugar donde dos personas pudieran sentarse tranquilas bajo el cielo… y hablar con amor de alguien a quien todavía extrañaban.

 

La guerra continuaba. Y, de alguna manera, había conseguido volverse todavía más absurda.

 

—¡¡¡A LA IZQUIERDA!!! —gritó un libro desde lo alto de una pila.

 

—¡¡¡¿CUÁL IZQUIERDA?!!!

 

—¡¡¡LA OTRA!!!

 

—¡¡¡ESO NO AYUDA EN ABSOLUTO!!!

 

¡BOOOOOOM!

 

Una lluvia de páginas cayó desde los estantes superiores, cubriéndolo todo de blanco. En medio de aquel caos, el Lector permanecía de pie frente a la enorme puerta que custodiaba: la entrada a la sala donde Luna había encerrado al Tomo Revolucionario. Se agachó justo cuando un grupo de libros rebeldes pasaba volando sobre su cabeza. Tomó uno de los tomos que tenía a sus pies, lo sostuvo con ambas manos… y lo lanzó con todas sus fuerzas.

 

—¡¡¡GRANADA!!! —gritó un pequeño libro que se había escondido detrás de él.

 

El tomo cayó justo en medio de un grupo de rebeldes.

 

¡PUM!

 

Las páginas salieron disparadas en todas direcciones. El Lector tomó otro. Lo lanzó. Después otro. Y otro más. Ya no sabía qué estaba haciendo. Y probablemente tampoco quería saberlo.

 

—¡¡¡DISPAREN!!! —ordenó una voz desde lejos.

 

El Lector levantó el rifle.

 

RATATATATATATA.

 

Una ráfaga de tinta atravesó el corredor. Varios libros rebeldes se escondieron de inmediato detrás de una barricada hecha con enciclopedias.

 

—¡¡¡NOS ESTÁN ATACANDO!!!

 

—¡¡¡¿QUIÉN?!!!

 

—¡¡¡EL LECTOR!!!

 

Todos giraron al mismo tiempo para mirarlo. El Lector permanecía inmóvil, completamente serio. El casco le cubría medio rostro. El rifle descansaba firme entre sus manos. Su mirada, sin embargo, lo decía todo claramente: Yo tampoco sé cómo terminé aquí.

 

Un grupo de libros aliados comenzó a avanzar cubriéndole el flanco.

 

—¡¡¡CUBRAN AL LECTOR!!!

 

—¡¡¡NO DEJEN QUE NADIE SE ACERQUE A LA PUERTA!!!

 

Mientras tanto, al otro lado de la Biblioteca, Luna libraba su propia batalla.

 

—¡¡¡POR LA BIBLIOTECA!!! —bramaba desde lo alto de su tanque.

 

La enorme estructura de libros avanzaba pesadamente entre los estantes.

 

—¡¡¡FUEGO!!!

 

¡BOOOOOOM!

 

Un proyectil hecho de páginas pasó silbando justo por encima de su cabeza.

 

—¡¡¡ESO CASI ME DA!!! —se quejó ella.

 

—¡¡¡LO SIENTO, SEÑORITA LUNA!!!

 

—¡¡¡NO PASA NADA, SIGAN DISPARANDO!!!

 

Luna alzó el megáfono una vez más.

 

Y en otro punto, en medio de una pila de tomos desparramados… Haruka había desaparecido. O eso creían todos. Hasta que una enorme montaña de libros comenzó a moverse. Primero lentamente. Después con más fuerza. Una cubierta se deslizó. Luego otra. Y finalmente, entre las páginas, apareció una mano.

 

Haruka salió despacio de debajo de todo aquel desorden. Tenía el cabello revuelto, páginas atrapadas entre los mechones, la ropa cubierta de polvo y las gafas de aviador torcidas sobre la nariz. Se quedó unos segundos de rodillas, mirando a su alrededor en silencio. Luego suspiró profundamente.

 

—Definitivamente… debería dejar de lanzarme en ataques de esa naturaleza.

 

Se puso de pie con dificultad y fue entonces cuando algo llamó su atención. Entre los libros esparcidos en el suelo había uno distinto. Un tomo de aspecto sencillo, con la cubierta entreabierta y las páginas brillando suavemente con una luz propia. Haruka se acercó y lo reconoció al instante. Era aquel libro. La historia que acababa de abrirse ante todos. La misma historia que había estado creciendo en silencio dentro de la Biblioteca.

 

Se agachó y lo tomó entre sus manos. Lo sostuvo con un cuidado infinito. Pasó los dedos suavemente por la cubierta y una pequeña sonrisa apareció en su rostro, dulce y llena de calidez.

 

—Sigues creciendo… —susurró.

 

Sus ojos recorrieron las páginas. Allí estaba aquel universo. Aquel planeta azul. Aquel anillo inmenso rodeando el cielo. Aquella civilización que había conseguido por fin encontrar la paz. Y allí estaba ella. Su hija. Altheria.

 

Haruka cerró los ojos un instante.

 

—A pesar de que ya no camino a tu lado… sigues haciendo un trabajo hermoso.

 

Pasó la página despacio. Vio a Altheria sentada junto a la ventana, sin armadura, sin corona, sin peso sobre los hombros. Simplemente viviendo. Haruka sintió una calidez suave llenarle el pecho. Ella la había entrenado. La había visto crecer. Había estado a su lado cuando todo era fuego y sombras. Y ahora… ahora podía verla así. En paz. Como siempre debió estar.

 

Acarició la página con el pulgar.

 

—Sabía que podrías hacerlo.

 

Por unos instantes, el ruido de la guerra pareció desvanecerse. Ya no había explosiones ni gritos ni tinta volando. Solo quedaban aquellas páginas, aquella historia, y aquella hija que había conseguido lo que tantos dioses no lograron.

 

Entonces…

 

—¡¡¡HARUKAAAAAAAA!!!

 

La voz de Luna atravesó la Biblioteca entera. Haruka levantó la cabeza de golpe. Su expresión cambió al instante.

 

—¿Qué ocurre ahora?

 

—¡¡¡NECESITO AYUDA, ESTÁN GANANDO!!!

 

Haruka miró hacia el campo de batalla un momento y luego volvió la mirada hacia el libro que sostenía entre sus manos. Su sonrisa regresó, suave y tierna.

 

—Volveré a leerte después. Prometo que volveré.

 

Con infinito cuidado cerró el tomo. Lo sostuvo contra su pecho un instante, como si pudiera sentir el latido de aquel mundo en su interior. Luego miró a su alrededor: nadie la observaba. Perfecto. Desabrochó con discreción parte de su ropa y escondió el libro junto a su corazón, protegido de todo ruido y peligro.

 

—Aquí estarás a salvo.

 

Se acomodó el cabello como pudo, se enderezó las gafas de aviador, respiró hondo… y salió corriendo hacia donde la llamaban.

 

—¡¡¡YA VOY!!!

 

A lo lejos, Luna agitaba el megáfono al verla llegar.

 

—¡¡¡POR FIN!!!

 

Haruka llegó junto al tanque.

 

—¿Qué sucede?

 

—¡¡¡LOS REBELDES ESTÁN AVANZANDO POR TODOS LADOS!!!

 

Haruka miró un instante el caos: miles de libros corriendo, estantes navegando entre columnas, aviones surcando el techo, tinta por todas partes… y al fondo, el Lector defendiendo la puerta como podía. Luego suspiró.

 

—Esto va a dejar una cantidad de polvo y manchas que llevará semanas limpiar.

 

Luna sonrió con renovadas fuerzas.

 

—¡¡¡ENTONCES GANAREMOS RÁPIDO!!!

 

Haruka asintió, tomó una de sus ametralladoras de pluma y ajustó sus gafas.

 

—Por supuesto.

 

Y ambas volvieron al combate.

 

Mientras tanto, oculto junto al corazón de Haruka, aquel pequeño libro permanecía intacto y en silencio. Su historia seguía escribiéndose. Su universo seguía creciendo. Y aunque Altheria no lo sabía… su madre no se había ido del todo. La seguía leyendo. La seguía cuidando. Y quizá, sin que nadie lo supiera todavía… seguía mucho más cerca de lo que jamás habría imaginado.

Thoughts

  • EmilioPrats

    Las dos hablando de las canciones que tarareaba y de cómo apretaba la mano. De alguien que se fue quedan justo esas manías, y ninguna sale en un registro. Y la madre mientras tanto a tres pasillos, leyéndolas.

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  • novelaacuestas

    Haruka escondiendo el libro de Altheria junto al pecho y volviendo a la guerra con las gafas torcidas me dejó una sonrisa rara, medio risa y medio nudo. Lo de la ventana y la lata fría es lo más tranquilo que ha pasado en esta historia desde las cadenas, y por eso se nota tanto lo que le pesa a Haruka no poder estar allí. Me da que Altheria va a terminar sabiendo que su madre la lee, y que Luna tendrá algo que ver.

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