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Historia 16: Una vida tras otra

DNavarrete
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La Biblioteca permanecía en un silencio tan profundo que casi podía palparse. Los estantes se elevaban como montañas de papel y cuero, perdiéndose en una penumbra suave donde las luces parpadeaban…

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Contenido de la publicación

La Biblioteca permanecía en un silencio tan profundo que casi podía palparse. Los estantes se elevaban como montañas de papel y cuero, perdiéndose en una penumbra suave donde las luces parpadeaban como estrellas lejanas. Se extendían hasta donde la vista podía alcanzar, cargados de libros que contenían no solo historias, sino recuerdos, universos enteros, vidas que florecieron, amaron, lucharon… y que, de una forma u otra, llegaron a su final.

 

Entre todos aquellos volúmenes, ordenados con esmero en hileras que parecían no tener fin, había un sector apartado. Nadie lo había señalado con cartel. No hacía falta. Se sentía en el aire: un ligero descenso de la temperatura, un cambio en el olor —más viejo, más pesado—, como si el propio tiempo se moviera más lento allí.

 

Eran libros oscuros. Sus cubiertas, de tonos negros, grises y marrones apagados, apenas reflejaban la luz. Guardaban historias que nadie elegiría protagonizar. Y, sin embargo, alguien estaba a punto de abrir uno.

 

—Bueno, bueno, bueno…

 

Una vocecita rompió la quietud, ágil y juguetona.

 

Luna apareció sentada sobre el borde de uno de los estantes más altos, balanceando las piernas mientras observaba directamente al lector, como si pudiera verlo desde allí.

 

—Sé exactamente lo que están pensando ahora mismo —dijo, señalando hacia arriba con el dedo índice—. Sí, sí, ustedes. No se hagan los desentendidos. Con solo leer el título de lo que viene a continuación, ya se imaginan de qué va esto.

 

Sonrió, una sonrisa brillante y sin malicia aparente.

 

—Y seguramente también estarán quejándose en silencio: «¿Otra vez un condenado? ¿En serio? Con una Biblioteca llena de mundos fantásticos, reinos por descubrir, amores que cruzan el tiempo… ¿esta niña va a seguir mostrándonos a pobres almas sufriendo castigos eternos?».

 

Luna apretó los labios e imitó una voz aguda de indignación exagerada:

 

—«¡Pero, Luna! ¡Cuéntanos algo bonito! ¡Una aventura! ¡Algo donde todo salga bien al final!».

 

Se quedó callada un instante. Luego encogió de hombros con suavidad.

 

—Porque ver un universo entero es algo muy distinto —dijo, bajando el tono—. Piénsenlo. Cuando les muestro un mundo, ven muchas vidas. Se cruzan, se ayudan, se hieren, cambian el rumbo de todo… y al final forman parte de algo mucho más grande que ellas. Es hermoso. Pero…

 

Se puso de pie y comenzó a caminar con paso ligero por el borde del estante, sin mirar hacia abajo.

 

—¿Qué pasa cuando dejamos de mirar todo ese conjunto y nos concentramos en una sola persona? —se detuvo frente a una hilera de libros oscuros—. Una vida. Un camino. Un corazón que late, que siente, que cae.

 

Tomó un volumen pequeño, de cubierta deslucida, y lo sostuvo entre sus manos.

 

—Eso es diferente —susurró—. Es mucho más cercano. Mucho más real.

 

Lo abrió apenas. Las páginas permanecieron en blanco, como si esperaran ser escritas en ese preciso instante. Luna lo cerró con suavidad.

 

—Y mucho más interesante.

 

Dejó el libro en su lugar y volvió a mirar al lector, con los ojos brillando en la penumbra.

 

—Además, hay algo que quiero preguntarles. Algo que llevo tiempo pensando.

 

Se llevó una mano al mentón, fingiendo profunda reflexión.

 

—¿Qué preferirían ustedes? Vivir en uno de esos universos… tener amigos, soñar, viajar, enamorarse, ¿construir una vida propia… o terminar en uno de mis estantes especiales?

 

Su sonrisa se volvió dulce, pero con un filo que helaba el aire.

 

—Ya saben cuáles —señaló con la mano los libros que la rodeaban. Detrás de ella, varios parecieron estremecerse levemente—. Esos donde guardo a los condenados. Los que reciben castigos diseñados solo para ellos. Medidos con exactitud. Perseguidos durante años, siglos… eternidades.

 

Luna se señaló el pecho con orgullo infantil.

 

—Y no cualquiera los diseña. Soy yo. Pienso en lo que más les duele, en lo que temen, en lo que no pueden soportar… y lo construyo pieza por pieza.

 

Abrió los brazos como presentando un regalo magnífico.

 

—¿No es maravilloso? —se llevó las manos a las mejillas y puso una expresión angelical—. Todo hecho con mucho cariño.

 

Probablemente el lector habría querido responder. Pero Luna levantó un dedo rápidamente.

 

—Ah, y hay algo más. Algo que descubrí hace poco y que me encanta.

 

Se inclinó hacia adelante, como contando un secreto.

 

—¿Saben qué es lo que más disfruto de estas historias? Las emociones. La alegría es bonita, claro. El amor, la esperanza… todas tienen su encanto. Pero las otras… —se relamió levemente los labios—. El miedo. La impotencia. La sensación de que no hay salida… Esas tienen un sabor mucho más intenso. Más vivo.

 

Soltó una risita suave.

 

—Y como yo soy quien sostiene la pluma… no tengo que preocuparme por si todo termina bien o no. Puedo quedarme con esos sentimientos el tiempo que quiera.

 

—Si sigues hablando así, pensarán que eres una niña caprichosa.

 

La voz fue tranquila, suave, pero recorrió el pasillo entero. Luna giró la cabeza de inmediato.

 

Haruka caminaba por el pasillo de abajo, con un libro cerrado entre las manos, el paso lento y firme. Sus gafas de aviador descansaban sobre su cabello, y su mirada, aunque serena, la observaba con cierta severidad.

 

—¡Eso ya lo saben todos! —respondió Luna, cruzando los brazos—. No necesito que tú se los digas.

 

—¿Ah, sí? —Haruka se detuvo y ladeó la cabeza.

 

—¡Pues claro! —Luna se inclinó más sobre el borde—. Si no fuera por eso, estarían leyendo cuentos felices. Estarían soñando con mundos perfectos. Y no estarían aquí. Conmigo.

 

Haruka la miró en silencio unos segundos. Luego suspiró.

 

—Entiendo. Entonces, ¿cuál vas a elegir esta vez?

 

Luna sonrió de oreja a oreja.

 

—¡Esa es la pregunta que estaba esperando!

 

Saltó hacia abajo y una escalera de madera apareció justo a su lado, como si la hubiera estado esperando. La niña la descendió de un salto y aterrizó en el pasillo con los ojos encendidos.

 

—Procura no desordenar todo —dijo Haruka, caminando a su lado—. Ya sabes que luego cuesta volver a encontrar las cosas.

 

—¡No prometo nada! —Luna comenzó a avanzar rozando los lomos de los libros con las yemas de los dedos—. Vamos a ver… este no. Demasiado corto. Ya se sabe cómo termina. Este tampoco… —lo sacó, lo hojeó y lo devolvió—. Demasiado feliz. No encaja con el ánimo de hoy.

 

—¿Y ese? —señaló Haruka un volumen de tono oscuro que descansaba algo apartado.

 

Luna lo miró y negó con la cabeza.

 

—No. Ese es de alguien que se arrepintió demasiado pronto. No hay nada que explorar allí.

 

Avanzaron más profundo, donde la luz se volvía más tenue. Allí, entre sombras suaves, una figura pequeña y delgada se movía con cuidado, recogiendo páginas sueltas que flotaban en el aire, doblándolas con esmero y guardándolas en una carpeta que llevaba al hombro. Tenía el cabello del color del papel viejo y los ojos grandes y atentos. Era Samla, recorriendo los rincones donde las historias se deshacían.

 

—¿Encontraste algo? —le preguntó Luna deteniéndose a su lado.

 

Samla levantó la vista, sorprendida, y luego sonrió levemente.

 

—Algunos fragmentos —respondió con voz suave—. Recuerdos que se soltaron de sus páginas. Hay uno sobre una promesa que no se pudo cumplir… y otro sobre un adiós que nunca se dijo.

 

—¿Están tristes? —preguntó Luna, inclinándose con interés.

 

—Muy tristes —asintió Samla—. Pero también hermosos.

 

—Guárdalos bien —dijo Luna, acariciando la cubierta de un libro cercano—. Algún día los leeremos.

 

Samla asintió con seriedad y se alejó hacia otro pasillo, desapareciendo entre las sombras, cuidando lo que nadie más cuidaba.

 

—Es buena con los fragmentos —comentó Haruka suavemente—. Recoge lo que otros dejan caer.

 

—Sí —convino Luna, mirando cómo se alejaba—. Por eso la dejo estar.

 

Y continuaron su camino.

 

—¿Cuánto tiempo piensas tardar? —preguntó Haruka tras un rato—. Llevas más de media hora recorriendo estantes.

 

—¡Las buenas historias necesitan tiempo! —protestó Luna, sin dejar de mirar los títulos.

 

—Luna… —Haruka la llamó con tono de advertencia.

 

—¡Ya voy, ya voy!

 

La niña se detuvo de golpe. Frente a ella había un estante más oscuro que los demás. Los libros que lo ocupaban estaban unidos por cadenas de bronce, no para encerrarlos, sino para sostenerlos, como si su propio peso pudiera deshacerlos. Y allí, en el centro, descansaba un volumen que parecía haber estado esperando.

 

Luna lo miró. Leyó el título, apenas visible entre sombras. Luego lo tomó con ambas manos. Era más pesado de lo que parecía. Su cubierta estaba desgastada, como si muchas manos la hubieran acariciado antes.

 

—Oh… —susurró Luna.

 

Haruka se acercó y miró el libro.

 

—¿Ese?

 

—Creo que es el indicado —Luna acarició la portada con ternura—. Siento que… nos entenderá. Que nos sentiremos cerca.

 

Lo abrió apenas. Una página se movió sola, como si soplara un viento que no existía. Luna sonrió.

 

—Sí. Este servirá.

 

Lo cerró y lo abrazó contra su pecho. Luego se giró hacia el lector con los ojos brillantes.

 

—¡Muy bien! ¡Prepárense! Palomitas, mantas, todo lo que quieran. Pónganse cómodos.

 

Haruka negó con la cabeza, pero había una sombra de sonrisa en sus labios.

 

—No creo que sea algo de lo que se disfrute así.

 

—¡Claro que sí! —Luna levantó el libro sobre su cabeza—. Porque ahora viene lo verdaderamente interesante. Y quiero que hagan algo por mí.

 

Se inclinó hacia adelante, y su voz se volvió dulce, casi tierna.

 

—Deseén con todas sus fuerzas… que este condenado no sea uno de ustedes.

 

Haruka cerró los ojos y suspiró profundamente.

 

—Luna…

 

—¿Qué? —la niña la miró de reojo—. Solo digo que imaginen cómo sería.

 

—No empieces.

 

—¡Pero si todavía no he empezado! —soltó una carcajada, clara y alegre, que resonó en toda la Biblioteca.

 

Y con ese sonido aún en el aire, abrió el libro. Las páginas comenzaron a pasar solas. La luz se apagó suavemente alrededor. El silencio regresó, pero ya no estaba vacío.

 

La historia estaba por comenzar.

 

La mañana había comenzado con el sonido de las risas.

 

La luz del sol entraba suave por las ventanas, bañando la cocina de un tono dorado, tibio, el tipo de luz que hace que todo parezca seguro. Sobre la mesa, las tazas humeaban. El olor a pan tostado llenaba cada rincón. Era una mañana como tantas otras.

 

—¡Vamos, que se enfría!

 

Desde el pasillo llegaron pasos rápidos, risas contenidas.

 

—¡Ya vamos, mamá!

 

Dos niños entraron corriendo. El menor se sentó de un salto, ansioso, mientras el mayor estiraba la mano hacia la tostada más grande.

 

—Lávate las manos primero —dijo ella, apartándole suavemente la mano—. Y siéntate bien.

 

—Pero tengo hambre —se quejó el niño, sin dejar de sonreír.

 

—Y yo tengo una casa que mantener ordenada. No me hagas empezar el día regañando.

 

El niño soltó una risita y obedeció. Poco después, su esposo apareció en la puerta, con el cabello revuelto y los ojos aún pesados de sueño.

 

—Mira, papá parece un oso —susurró el menor.

 

—Un oso muy cansado —corrigió él, sentándose junto a ella y rozándole el hombro con el suyo.

 

—Un oso que debería afeitarse —añadió ella, sirviendo el café.

 

—¿Tú también? —fingió ofenderse.

 

Ella rio. Y en ese momento supo que era la mujer más afortunada del mundo. No había reinos, ni riquezas, ni gloria. Solo esto: una mesa llena, voces que amaba, cuatro personas que eran su mundo entero.

 

Después del desayuno los acompañó hasta la puerta. Les arregló la ropa, les dio un beso a cada uno.

 

—Pórtense bien.

 

—¡Sí, mamá!

 

—Y no molesten a los profesores.

 

—¡Sí, mamá!

 

El menor se detuvo antes de salir. Volvió corriendo y la abrazó fuerte.

 

—Te quiero.

 

Ella le acarició el cabello.

 

—Yo también te quiero.

 

Cuando la puerta se cerró, su esposo la abrazó por la cintura. Ella recostó la cabeza en su pecho.

 

—Creo que lo estamos haciendo bien —susurró él.

 

Ella miró la casa. Los dibujos pegados en la nevera. La marca en la pared donde cada año medían su estatura. Los juguetes olvidados en el sofá. Todo respiraba vida.

 

—Sí —respondió—. Creo que sí.

 

Él la besó en la frente.

 

—Te quiero.

 

—Yo también.

 

Y por un instante, el mundo pareció detenerse. No había nada que temer. Nada que pudiera romper aquella felicidad.

 

Pero la tarde llegó. Y luego… todo se rompió.

 

No hubo trueno. No hubo aviso. Un instante antes la casa estaba llena de risas y discusiones sin importancia. Al siguiente… el silencio cayó como una losa.

 

Ella corrió de una habitación a otra. Llamó. Gritó. Buscó.

 

—¿Dónde están? ¡Por favor, díganme dónde están!

 

Nadie respondió.

 

Los encontró en la sala. Su esposo. Sus dos hijos. Inmóviles. En silencio. El mundo se le escapó de las manos. Cayó de rodillas. No podía respirar. No podía pensar.

 

—No… no, no, no… —se arrastró hacia ellos, tocó una mano, otra—. Por favor, despierten. Por favor.

 

Nada cambió. Las tazas seguían en la mesa. Los dibujos seguían en la pared. Todo estaba en su lugar. Excepto ellos.

 

No supo cuánto tiempo permaneció allí. Horas. Días. Quizá más. Cuando la oscuridad cubrió la ventana, comprendió que no podía seguir. No quería despertar a otro día sin ellos. Se despidió en silencio, besó cada frente, y puso fin a su dolor.

 

La oscuridad la envolvió. Por fin, pensó. Por fin descansaré.

 

—¡Mamá! ¡El desayuno se enfría!

 

Abrió los ojos.

 

La luz del sol entraba por la misma ventana. La cocina era la misma. Las tazas humeaban sobre la mesa. El niño estaba en la puerta, sonriendo.

 

—¿Por qué lloras? —preguntó él, confundido.

 

Ella retrocedió temblando. Dejó caer la cuchara. El sonido metálico resonó en el silencio.

 

—No puede ser…

 

—¿Mamá?

 

—No… tú… tú estabas…

 

Su esposo entró en la habitación.

 

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

 

Lo miró. Lo tocó. Estaba cálido. Estaba vivo. Todos estaban vivos.

 

—¿Por qué me miras así? —le preguntó él, tomándole la mano.

 

Ella lloró. Lloró de alivio y de terror al mismo tiempo. Quería creer que había sido una pesadilla. Solo una pesadilla horrible. Pero el recuerdo no se iba. El frío. El silencio. La soledad. Todo seguía allí, tan vivo como si acabara de ocurrir.

 

Los días pasaron. Intentó ser feliz. Intentó olvidar. Pero cada mañana, al despertar, sentía el miedo en el pecho. Y entonces llegó la tarde. Y volvió a ocurrir.

 

Otra vez el silencio. Otra vez la casa vacía. Otra vez el dolor que no cabía en el cuerpo. Y otra vez… la decisión de no seguir.

 

Despertó.

 

Una cocina distinta. Una luz diferente. Un hombre que la miraba con ojos cariñosos que no reconoció del todo. Dos niños que la llamaban mamá.

 

Otra vida.

 

Al principio pensó que era una segunda oportunidad. Que el destino le había dado un regalo. Los amó con todas sus fuerzas. Los protegió. Fue feliz. Y entonces… se rompió otra vez.

 

Y otra.

 

Y otra.

 

Las casas cambiaban. Los rostros se parecían pero no eran los mismos. Los nombres eran distintos. Pero el camino era siempre igual: la luz cálida, las risas, la felicidad que parece eterna… y luego la sombra que cae de golpe, la pérdida, el desgarro, el final.

 

Con el tiempo, los recuerdos se mezclaron. Ya no sabía cuál fue el primer niño. Ya no recordaba la voz del primer esposo. Había amado tanto y perdido tantas veces que todo se confundía en un mar de lágrimas. Solo una cosa permanecía clara, inmutable, siempre igual: el dolor. El mismo dolor punzante, frío, desgarrador, una y otra vez.

 

Abría los ojos. Otra habitación. Otra mañana. Otra vida que no pedía.

 

Se cubrió la cara con las manos.

 

—Por favor… no otra vez. No puedo. Ya no puedo.

 

Una voz llegó desde el pasillo. Alegre. Inocente.

 

—¡Mamá! ¡Buenos días!

 

Tembló. Quería taparse los oídos. Quería gritar que no se acercaran, que la dejaran en paz, que no la hicieran volver a amar para luego perderlo todo. Pero las piernas le fallaron. Y el niño entró, sonriendo, con los ojos brillantes, sin saber que su sonrisa era el comienzo del mismo infierno.

 

Ella lo miró. Y su corazón, cansado y roto, comenzó a latir por él. A pesar de todo. A pesar del miedo. A pesar de saber cómo terminaría.

 

Lo abrazó. Y supo que volvería a recorrerlo todo. La alegría. El amor. La pérdida. El vacío. Una vez más. Y otra. Y otra.

 

En algún lugar, entre estantes infinitos, un libro permanecía abierto. Sus páginas pasaban solas, lenta y suavemente. Una vida. Una familia. Un final. Y la página siguiente… siempre en blanco, esperando escribir lo mismo una vez más.

 

Ya no recordaba cuántas veces había vivido.

 

Tampoco sabía cuántos años habían transcurrido.

 

¿Diez? ¿Cien? ¿Mil?

 

Había perdido la cuenta hacía tanto tiempo que incluso la idea de contar le resultaba absurda. Siempre era lo mismo: una vida nueva, un rostro diferente, un nombre que terminaba olvidando. Al principio, todo era felicidad. Una familia. Un hogar. Personas que la amaban. Y después… aquello. El dolor. La pérdida. La desesperación.

 

Había intentado luchar. Había suplicado, huido, buscado ayuda. Había intentado cambiar el curso de los acontecimientos de todas las formas que su mente podía imaginar. Pero nunca servía de nada. El final siempre llegaba. Y después, otra vida. Otra familia. Otra pérdida. Otra muerte.

 

Ahora ya no luchaba.

 

¿Para qué?

 

Había sentido tantas veces aquellas emociones que ya no sabía distinguirlas. La tristeza se mezclaba con el odio, el miedo se confundía con la ira y la desesperación se había convertido en una presencia permanente: un ruido sordo, incesante, que habitaba en lo más hondo de su cabeza. Su mente estaba tan saturada que cualquier cosa podía hacerla estallar. El sonido de una puerta al cerrarse. La risa de un niño. Una canción. Incluso el silencio.

 

Aquel día se encontraba sentada en un parque.

 

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Tenía la mirada perdida y las manos temblorosas sobre sus rodillas. A su alrededor, la gente paseaba, conversaba, vivía. El mundo seguía adelante, indiferente. Como siempre.

 

Entonces lo escuchó.

 

Un canturreo. Una melodía infantil, suave y despreocupada.

 

En cualquier otro momento, en cualquier otro lugar, habría sido un sonido inofensivo. Pero aquella canción tenía algo extraño: una alegría que no encajaba con nada de lo que ella sentía, una alegría que parecía disfrutar de algo que nadie más podía ver.

 

Levantó lentamente la cabeza.

 

Frente a ella, sentada con las piernas balanceándose en el aire, había una niña. Tendría unos diez años. Cabello rubio, vestido negro de aspecto elegante, casi como un traje de gala. En una mano sostenía un helado. Con la otra se acomodaba el borde del vestido mientras seguía canturreando. Y la miraba. Sonriendo.

 

—¡Hola!

 

La mujer no respondió.

 

—Dime —la niña ladeó la cabeza—, ¿te gusta? Esa maravillosa mezcla de sentimientos que tienes en la cabeza. La desesperación, la ira, el odio, la tristeza… todo revuelto tan profundamente que ya ni siquiera puedes separar uno del otro.

 

Su sonrisa se ensanchó.

 

—Debe de ser agotador, ¿verdad?

 

Un escalofrío recorrió el cuerpo de la mujer. Había algo en aquella niña que no podía explicar, un miedo distinto a todos los que había conocido.

 

—¿Quién… quién eres?

 

La pequeña dejó de mover los pies. Inclinó la cabeza hacia un lado, como si la pregunta le resultara especialmente curiosa.

 

—¿Quién soy yo? —soltó una risita—. Qué pregunta tan interesante. Pero ¿no crees que deberías hacerte una mucho más importante?

 

La mujer frunció el ceño.

 

—¿Qué…?

 

—¿Quién eres tú?

 

El silencio se extendió entre ambas.

 

—Has vivido tantas vidas… tantos nombres, tantos rostros, tantas familias. Has sido tantas personas que estoy segura de que ya ni siquiera recuerdas quién eras al principio. ¿Cuál de todos esos rostros es el verdadero? ¿Cuál de esos nombres te pertenece de verdad?

 

Luna se encogió de hombros.

 

—Aunque, pensándolo bien, hay algo aún más urgente. ¿Sabes por qué estás aquí? ¿Por qué estás pasando por todo esto?

 

La mujer intentó levantarse. Sus piernas no respondieron. El pánico la atravesó.

 

—No… no puedo moverme… por favor, yo no le hice daño a nadie…

 

Luna la observó con curiosidad.

 

—¿Ah, no?

 

—¡Nunca! —la voz se le quebró—. Solo quiero ser feliz con mi familia. Solo quiero vivir en paz.

 

Luna permaneció inmóvil unos segundos. Entonces abrió mucho los ojos y comenzó a reír. No una risita suave: una carcajada tan fuerte que tuvo que doblarse, sujetándose el vientre, mientras el helado amenazaba con caer.

 

—¡Ja, ja, ja! ¡Es que…! ¡Qué cosa tan hermosa! ¡Perdona, perdona, es solo que…! —se secó una lágrima—. Qué ingenuidad tan encantadora.

 

La mujer la miró sin comprender.

 

—¿Qué… qué tiene de gracioso?

 

—¿Cuántas vidas has vivido ya para creer que alguno de esos rostros es el tuyo de verdad? —Luna enderezó la postura—. Es fascinante cómo la mente puede romperse en tantos pedazos que al final olvida quién era antes de que todo empezara. Y tú eres un ejemplo perfecto.

 

—No… no, no… —la mujer sacudía la cabeza.

 

—Pero no te preocupes —Luna dio una lamida a su helado—. No hace falta que sepas quién soy. Tienes cosas mucho más urgentes en las que pensar. Ese sufrimiento que sientes… esa impotencia, ese dolor que no te deja respirar… la rabia, la repulsión, el deseo de arrancarte todo de una vez…

 

La mujer se tapó los oídos.

 

—¡Basta!

 

—Y lo más hermoso —continuó Luna con voz dulce— es que nunca puedes escapar del todo. Cuando termina una vida, empieza otra. Y otra. Y otra. Una y otra y otra vez. Estarás atrapada en este pequeño bucle hasta que yo decida que ya es suficiente.

 

El aire se le escapó de los pulmones.

 

—¿Tú…?

 

—Y eso no ocurrirá pronto —Luna sonrió, dulce y terrible—. Tengo toda la eternidad para verte sufrir.

 

En ese instante comprendió. No había salida. No había final que alcanzar por sí misma. No existía lugar al que huir. Todo aquello… todas aquellas vidas, todo ese dolor… había sido decidido para ella. Y quien lo había dispuesto estaba sentada frente a ella, comiendo un helado.

 

La mujer abrió la boca. No salió voz. Entonces comenzó a reír. Una risa débil, entrecortada, que se mezcló con sollozos hasta que ya no pudo distinguir si reía o lloraba. Todo se había roto. Todo se confundía. Ya no quedaba nada claro.

 

Luna la observó, satisfecha.

 

—Bueno, creo que es hora de volver.

 

La mujer comenzó a desvanecerse, como si el mundo la estuviera borrando poco a poco.

 

—¡Adiós! —Luna agitó los dedos—. ¡Que tengas una vida muy feliz!

 

La mujer desapareció.

 

Luna se quedó sola en el parque. Dio una última lamida al helado.

 

—Y que sea un sufrimiento lento, delicioso y eterno —susurró, limpiándose una gota con el dedo.

 

Se levantó, se sacudió el vestido y se alejó cantando la misma melodía. Como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de condenar a alguien para siempre.

 

Al fin y al cabo… para la Historia, aquella no era más que otra página.

 

El silencio volvió a reinar en la Biblioteca.

 

Las estanterías infinitas se extendían hasta perderse en la penumbra, mientras las páginas de los libros se movían suavemente, como si el propio lugar respirara. Sentada sobre una pila de volúmenes, Luna cerró el libro que acababa de leer.

 

¡PAM!

 

—¿No crees que te pasaste un poquito? —preguntó Haruka, que permanecía a su lado con los brazos cruzados y una expresión seria.

 

Luna levantó la mirada, confundida.

 

—¿Eh?

 

—Lo que acabas de hacer.

 

La niña ladeó la cabeza.

 

—Nop.

 

—Luna…

 

—¡Bien merecido! —Abrazó el libro contra su pecho y sonrió con absoluta satisfacción.

 

Haruka suspiró y se pasó una mano por el cabello.

 

—Algún día vas a tener que explicarme por qué disfrutas tanto con estas cosas.

 

—¡Porque son interesantes!

 

—Eso no responde a mi pregunta.

 

—¡Claro que sí! —Luna cruzó los brazos, indignada.

 

Haruka cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz, resignada.

 

Luna, haciéndolo caso omiso, se giró hacia el Lector, que seguía allí observándola en silencio. Levantó un dedo con aire confidencial.

 

—¡Ah, por cierto! Estoy segura de que todos deben de estar bastante confundidos. —Se acomodó sobre la pila de libros y cruzó las piernas—. Después de todo, acabo de mostrarles la historia de una mujer que perdió a su familia una y otra vez, que sufrió hasta perder la razón… y luego dije que se lo merecía.

 

Soltó una risita.

 

—¡Je, je, je!

 

El Lector la miró sin comprender del todo. Luna apoyó una mano en su mejilla y ladeó la cabeza.

 

—Bueno, es que a veces las apariencias engañan.

 

Haruka permaneció en silencio, pero su expresión se suavizó levemente.

 

—El condenado de este libro —continuó Luna— fue alguien que disfrutaba sometiendo a mujeres y obligándolas, contra su voluntad, a cometer actos despreciables. —Su sonrisa se desvaneció un poco—. Por culpa de él, muchas vidas inocentes quedaron destrozadas. Muchas mujeres vivieron un sufrimiento tan profundo que algunas llegaron al borde de la desesperación absoluta. —Bajó la mirada hacia la cubierta del libro—. Y él nunca se preocupó por lo que les ocurría después.

 

Haruka intervino con voz firme y directa:

 

—Era un violador serial.

 

Luna giró lentamente la cabeza hacia ella.

 

—…

 

—¿Qué? Es lo que era.

 

—¡Haruka! —se quejó la niña, inflando las mejillas.

 

—¿Qué pasa?

 

—¡Al menos deja un poquito de misterio! ¡Hay que darle sazón a la historia!

 

—Creo que el misterio ya había desaparecido cuando empezaste a explicar sus crímenes —respondió Haruka con calma.

 

—¡Eso no es cierto!

 

Haruka la miró en silencio. Luna desvió la mirada.

 

—…Bueno, quizá un poquito. —Volvió a abrazar el libro—. Pero sí, eso era exactamente lo que hacía. —Su sonrisa regresó, brillante y afilada a la vez—. Y ahora, cada vez que comienza una vida nueva, él experimenta el sufrimiento de una de sus víctimas.

 

El Lector permanecía inmóvil.

 

—No es que viva la misma pesadilla una y otra vez —explicó Luna, levantando un dedo—. ¡No, no, no! Cada vida es diferente. Cada mujer vivió algo distinto, tuvo sus propios miedos, sus propias heridas, su propia forma de amar y de perderlo todo. —Se inclinó hacia adelante—. Así que él está viviendo todas esas vidas. Una tras otra. Con sus familias, sus esperanzas, sus sueños… y después, todo lo que él les hizo sufrir. —Sonrió—. Y lo más interesante: cuando termina una vida, no olvida nada.

 

Haruka asintió lentamente.

 

—Cada nuevo sufrimiento se suma a los anteriores.

 

—¡Exacto! —Luna dio una palmada—. ¡Y así seguirá eternamente! —Se inclinó aún más hacia el Lector, con los ojos chispeantes—. O hasta que me aburra, claro.

 

Soltó una carcajada alegre, mientras si nada de aquello tenía peso.

 

—¡JA, JA, JA!

 

Haruka suspiró profundamente.

 

—No sé por qué sigo sorprendiéndome contigo.

 

—¡Porque soy maravillosa!

 

—Porque eres un desastre.

 

—¡También! —Luna se puso de pie y dejó el libro sobre una mesa cercana, estirándose como si hubiera terminado una larga jornada—. ¡Bueno, eso es todo por hoy! —Se giró hacia el Lector con ambas manos levantadas—. ¡Espero que les haya gustado! Y no se preocupen, tengo muchas más historias de condenados que son verdaderamente jugosas. Algunas son incluso más interesantes que esta.

 

Haruka cerró los ojos.

 

—Eso no me tranquiliza en absoluto.

 

—¡Hasta la próxima!

 

Luna comenzó a desvanecerse. Su cuerpo se volvió translúcido y pequeñas partículas luminosas se desprendieron de su vestido.

 

—¡Adióóóóós!

 

Pero justo cuando estaba a punto de desaparecer por completo…

 

¡ZAS!

 

Una mano sujetó firmemente su tobillo.

 

—¿Eh? —Luna se quedó suspendida en el aire, confundida—. …¿Haruka?

 

—¿A dónde crees que vas?

 

—¡A buscar otra historia!

 

—No.

 

—¡¿Cómo que no?!

 

Haruka tiró de ella suavemente y la devolvió al suelo, sólida y presente.

 

—Todavía no has terminado de recoger el desastre del otro día.

 

El rostro de Luna se congeló.

 

—…

 

—Los libros siguen desperdigados por todos los pasillos. Hay estanterías torcidas, páginas sueltas que aún no han vuelto a sus volúmenes y varios tomos que no has devuelto a su lugar.

 

Luna empezó a hinchar las mejillas.

 

—¡Pero eso fue hace muchísimo tiempo!

 

—Fue hace dos días.

 

—¡Para mí fue muchísimo!

 

Haruka la tomó de la mano.

 

—Vamos.

 

—¡No quiero! —se plantó en el sitio.

 

—Luna.

 

—¡He dicho que no quiero!

 

Haruka la miró fijamente. No dijo nada. Simplemente la miró, con esa calma que la conocía mejor que nadie. Luna sostuvo la mirada unos segundos… y sus hombros cayeron lentamente.

 

—…Está bien.

 

—Gracias.

 

—¡Pero es injusto!

 

—¿Qué cosa?

 

—¡Que siempre tenga que hacerlo yo!

 

Haruka arqueó una ceja.

 

—¿Quién provocó el desastre?

 

Luna abrió la boca… la cerró… miró hacia otro lado.

 

—…La Biblioteca.

—Luna.

 

 

—¡Está bien, está bien! —Se dio la vuelta y comenzó a caminar con pasos exageradamente pesados—. ¡Qué cruel es la vida de una diosa!

 

Haruka la siguió, sonriendo apenas.

 

—Eres la Historia misma. Estoy segura de que podrás sobrevivir a ordenar unos cuantos libros.

 

—¡Eso no tiene nada que ver! —protestó ella, mientras se alejaban juntas por el pasillo—. ¡Yo creo historias grandes y hermosas! ¡Ordenar es demasiado aburrido para alguien como yo!

 

—Pues aburrido o no, hay que hacerlo —respondió Haruka con suavidad.

 

Y así, mientras la Biblioteca recuperaba su tranquilo ritmo, la todopoderosa Luna —que podía dar vida a mundos y condenar a eternidades— se vio obligada a enfrentarse a lo que, para ella, era el castigo más terrible de todos: recoger lo que ella misma había desordenado.

 

Pero no iba sola. Haruka caminaba a su lado, y eso, de alguna manera, hacía que todo fuera un poco más llevadero.

Thoughts

  • NoeliaBastida

    Hay una cosa que no me cuadra y me gusta que no cuadre. La mujer ya no sabe cuál fue el primer niño ni cómo sonaba el primer marido, y luego Luna dice que él no olvida nada al empezar otra vida. Pues las dos cosas pueden ser verdad a la vez: se le borran las caras y se le queda el dolor, que es lo que pasa cuando la memoria se va gastando. Apuesto a que eso es lo peor del castigo, más que las pérdidas mismas.

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  • TintaYMadrugada

    Órale, pasé toda la parte de la cocina dorada sufriendo por esa mujer, y cuando Haruka suelta lo que era el condenado se me volteó todo lo leído. Durante media historia uno le tiene lástima al tipo sin saberlo, y a mí eso me incomoda y me gusta a la vez: te deja sintiendo justo la lástima que él nunca tuvo. Luna ordenando su propio desastre al cierre baja la tensión a tiempo.

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