Hoy te escribo estas letras con el alma despierta y el corazón rebosante. Te las dedico con la certeza de este amor tan nuestro, con la tibieza del abrazo que me regalas en cada mañana y el dulce refugio de tu presencia.
Tú iluminas mis días de sol, pero es en mis noches más oscuras donde tu amor se vuelve un milagro. Te has convertido en esa linterna de luz suave que me guía a cada paso, apartando las piedras del camino para que nunca vuelva a tropezar.
A veces me dices que yo soy tu faro en la penumbra, que me agradeces estar a tu lado en los días en que el cansancio o la tristeza intentan apagar tu sonrisa... Pero mi vida, no hay nada que agradecer. ¿Cómo no sostener la mano de quien es mi propia luz? Cuidarte es mi forma natural de amar.
Por eso te llevo conmigo a donde sea que vaya, sembrado en mis pensamientos y guardado en lo más hondo de mi ser. Eres mi única certeza en este mundo cambiante: la constancia perfecta de un amor que jamás se rinde, que se queda, que me abraza y que no se va.