—Muy bien Oli, estás ampliamente confiada está vez, estos tiempos nos traen esperanzas, un futuro nuevo en el que volvamos a sonreír —le decía Trinidad a la tortuga en su mano, que degustaba una hoja de palmera gourmet cocinada por la misma rubia—. Tu silencio me habla bastante, como el de un público que no se ríe. Pero honestamente, si no me preguntas nada, no te contaré mi plan.
Trinidad llevó saltando a la pequeña tortuga por un campo de flores amarillas hasta su asentamiento improvisado con hojas, ramas y amor. Ingresó a un ambiente que condensaba emociones acumuladas por dos años, colocó a la tortuguita sobre la mesa junto a una piedra con cara pintada en barro seco.
—Richard sabe de lo habló, como un general de guerra, es más duro de lo que tú frágil caparazón podría ser… Aunque realmente no lo he probado… No te preocupes, no te lastimare. ¡Este es mi plan!
Trinidad desplegó un lienzo por la mesa que contenía un intento de mapa prolijo que mostraba las zonas de la isla que exploró.
—Como ya verás, me he preparado como para un examen. ¡Este! —Golpeó el mapa con un carbón—. Este es el camino por el que vamos a escapar, Tortuga Olidia. Vas a conocer a mi hermana Olivia, tiene ojos morados, le encanta la música y la extraño. ¿Pero ya te lo dije? También extraño a muchas otras gentes que vas a conocer.
Trinidad sujetó a la tortuga y la colocó sobre su cabeza para ajustarla con una hoja grande a modo de pañuelo. Se equipó con una mochila grande, una naranja y una confiable lanza improvisada. Atravesó el campo de flores hacia las montañas.
—Tengo ganas tal vez de… volver al club de danza, pero también puedo regresar al club de ajedrez —susurra—. Tengo una revancha pendiente, como con la montaña… —Siguió todo el camino de las flores contándole con anhelo y nostalgia de su vida a su amiga reptil.
—Ahora podemos salir —dijo Trinidad al llegar a la montaña, que parecía tener un camino seguro para atravesar—. Está vez sí, cruzaré por el pico más alto. Lo único que me preocupa, Oli, es que un terremoto suceda. En toda mi estancia solo sentí uno. No puedo armar un patrón con eso, es incalculable como pi. ¿Sí entienden matemáticas las tortugas?
Con la lanza se sujetó en el suelo y empezó a subir por el camino ligeramente plano. Al subir fue reconociendo los puntos que sabía cómo subir.
—¿Lo sientes, Oli? Es olor como de la libertad, no habrá nada que evite que salga de aquí como la lava destruye el suelo para emerger como un volcán.
Finalmente llegaron al punto que marcó para descansar, una cueva que ya conocía, el último punto que ella conocía.
Trinidad se aproximó a la cueva oscura que ya conocía, se detuvo a pocos metros, una luz cálida salía de adentro.
—¡Hola! —Levantó su lanza y prosiguió. Al envolver su mano en la luz sintió un calor familiar y al asomarse finalmente lo vio.
No lo tolero. La pared al fondo de la cueva había desaparecido, dejando al sol atravesar de lado a lado la montaña como una puerta abierta. Las paredes estaban manchadas de un líquido marrón y pegajoso. Madera quemada estaba al centro y junto a ella una niña con una gorra verde desmayada y herida. Ya no podía hablar, solo caminó hasta el fondo de la cueva para verificar. Del otro lado, las piedras parecían arrancadas, los árboles estaban atrasados y el mar se había abierto camino como si la tierra se abriera.
Trinidad dio un salto cuando sintió un ruido familiar detrás de ella: la tos ajena. Era la niña detrás de ella, su señal para apurarse.
—Hola pequeña, me llamo Trinidad —se agachó a revisarla, encontró un vendaje bajo su ropa—. No te preocupes, niña, me escuches o no, vas a estar bien.
Trinidad entonces abandonó su mochila con la comida para el camino y la levantó sobre sus hombros para llevarla de regreso con la mayor fuerza que le quedaba.
—Lo bueno es que te encontré antes de llegar a lo empinado y que sos flaquita, así que vamos a llegar sanas a un lugar seguro, niña de la gorra. Te va a encantar, aprendí a hacer caramelos improvisados.