Que dejara los dos frascos en una mesa del hospital de Princeton, sin una nota, me hace pensar en lo poco que sabemos de por qué alguien carga algo cuarenta años. Apuesto a que Harvey tampoco tenía claro si lo cuidaba o lo escondía, y por eso no pudo soltarlo ni en la puerta de Evelyn. Ahora tengo ganas de buscar cómo lo contó Forn.
Todo es relativo
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Que dejara los dos frascos en una mesa del hospital de Princeton, sin una nota, me hace pensar en lo poco que sabemos de por qué alguien carga algo cuarenta años. Apuesto a que Harvey tampoco tenía claro si lo cuidaba o lo escondía, y por eso no pudo solt
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TODO ES RELATIVO
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Thomas Harvey era un patólogo respetable del Hospital de Princeton. Tenía trabajo, esposa, hijos y una carrera en ascenso. Todo eso le duró hasta que murió Albert Einstein. La mañana del 18 de abril de 1955 el médico forense Harry Zimmerman lo llamó para preguntarle si podía encargarse de la autopsia del físico más famoso del mundo y a partir de esa autopsia, la vida de Harvey se convirtió en un desastre: lo abandonaron su esposa y sus hijos, lo echaron de Princeton, fue perseguido por abogados israelitas y terminó trabajando como operario en una fábrica de un pueblito perdido en Kansas porque nadie lo quería contratar como médico.
Pero de la fábrica también lo echaron.
Entonces, decidió juntar sus cosas y volver a Nueva Jersey. No tenía mucho para llevar: un par de bolsas con ropa usada, una caja de cartón y dos frascos que acomodó en el baúl de un Buick destartalado.
Y entonces sonó el teléfono.
El que lo llamaba era Steven Levy, un periodista de veintitantos años que trabajaba para una revista de Nueva Jersey que creía tener la historia que iba a cambiarle la vida. Por eso cruzó el país para encontrarlo, llegó al pueblo, golpeó la puerta y se encontró con un hombre flaco, de anteojos gruesos y aire derrotado. Cuando le preguntó por el cerebro de Einstein, Harvey no dijo una palabra. Caminó hasta un rincón de la cocina, corrió una heladerita de cerveza y sacó una caja de cartón que alguna vez había contenido botellas de sidra. Adentro, flotando en dos frascos de vidrio, estaban las doscientas cuarenta lonjas en las que había rebanado el cerebro en la autopsia que le había cambiado la vida.
Todos pensaban que el cerebro de Einstein estaba en algún laboratorio de máxima seguridad. Nadie sospechaba que estaba en Kansas. Y nadie se acordaba si Harvey lo había enviado al Centro Montefiore de Nueva York. Harvey tenía una trampa legal a su favor: no había ningún registro oficial de que en la autopsia se hubiera extraído el cerebro, el cuerpo de Einstein ya había sido cremado y sus cenizas habían sido esparcidas en la vera del río Delaware. Para la ley, lo que Harvey tenía guardado en dos frascos de mayonesa no existía.
La nota de Levy fue un escándalo, pero Harvey nunca salió del anonimato. Hasta que, casi veinte años después, volvió a sonar el teléfono.
Esta vez era Michael Paterniti, un escritor que quería contar la historia del cerebro de Einstein. Pero Harvey, tenía otros planes: quería devolver el cerebro a Evelyn Einstein, la nieta del físico, que vivía en Berkeley, California.
Paterniti alquiló un Buick Skylark y se lanzaron a la ruta. Cruzaron Estados Unidos de este a oeste: cuatro mil kilómetros de asfalto, parando en moteles de mala muerte, comiendo hamburguesas en estaciones de servicio y charlando de la vida, mientras en el baúl del auto, metido en una heladerita de telgopor junto a unos paquetes de galletitas, viajaba el cerebro que había reescrito la física moderna.
Cuando llegaron a Berkeley y le golpearon la puerta, Evelyn los miró con una mezcla de pena y espanto. Harvey abrió la heladerita, sacó los frascos y se los ofreció. Evelyn no quiso tocarlos. Suspiró, dijo que no sabía qué hacer con eso flotando en formol y les cerró la puerta.
Harvey volvió a cerrar las tapas, guardó todo en el baúl, se subió al asiento del acompañante y le pidió a Paterniti que lo llevara de vuelta a Nueva Jersey.
Años después, cuando ya nadie lo buscaba y la muerte lo esperaba a la vuelta de la esquina, el viejo patólogo hizo un último movimiento en silencio. Dejó los dos frascos de mayonesa en una mesa del Hospital de Princeton, sin notas ni explicaciones, y se fue caminando despacio hacia la noche. Durante cuarenta años había sido el único hombre en la Tierra que anduvo por el mundo llevando el infinito en dos frascos de mayonesa.
En instagram @misicoff
Mí blog cronicasdebaigorria.blogspot.com
* La historia de Harvey llegó a mí a través de una columna de Juan Forn. Él la contó de otra manera. Yo la cuento de esta.
Thoughts
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PermalinkEsconder el cerebro de Einstein detrás de la heladerita de cerveza, en la cocina, es lo más de piso de estudiante que he leído :)
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PermalinkTe cuento que mi tío tuvo años en el lavadero un frasco con la vesícula que le sacaron, y en cada mudanza era lo primero que embalaba. ¡Por eso la heladerita con las galletitas al lado me dio risa y cosa a la vez, chamo!
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PermalinkCuarenta años cargando eso en el baul, puchis. Y la nieta cerrando la puerta, yo tambien la cerraba
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PermalinkQue dejara los dos frascos en una mesa del hospital de Princeton, sin una nota, me hace pensar en lo poco que sabemos de por qué alguien carga algo cuarenta años. Apuesto a que Harvey tampoco tenía claro si lo cuidaba o lo escondía, y por eso no pudo soltarlo ni en la puerta de Evelyn. Ahora tengo ganas de buscar cómo lo contó Forn.
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