The Invite parte de una situación bastante simple: Una pareja recibe a sus vecinos para cenar y, en cuestión de horas, esa noche empieza a funcionar como una radiografía de las dos relaciones. Lo que parecía una reunión incómoda termina exponiendo frustraciones, deseos, resentimientos y fantasías que probablemente ya estaban ahí mucho antes de que alguien tocara el timbre.
Olivia Wilde toma la base de Sentimental (la adaptación cinematográfica de Los vecinos de arriba) pero cambia bastante el tono. Donde aquella película tenía algo más teatral, amargo y apoyado en el reproche, acá todo se acerca mucho más a una screwball comedy adulta. Los personajes se interrumpen, se pisan, repiten cosas, se corrigen y pasan de una discusión graciosa a otra mucho más dolorosa sin que la película cambie completamente de registro.
Y creo que ahí aparece una de las cosas que más me gustan de The Invite: El humor no está separado del conflicto. No tenemos primero una comedia y después un drama. Las mismas características que nos hacen reír de Joe y Angela son las que, cuando la conversación avanza, empiezan a mostrar por qué su relación está tan desgastada.
Seth Rogen funciona especialmente bien porque Joe parece llegar a esa cena derrotado incluso antes de que empiece. Su sueño de vivir de la música quedó atrás, su trabajo no lo satisface y hay algo de resentimiento acumulado en prácticamente todo lo que dice. Rogen utiliza perfectamente ese cinismo suyo para convertirlo en alguien muy gracioso, pero también bastante triste. Joe no necesita que llegue otra pareja para ser infeliz. La otra pareja simplemente le ofrece un espejo donde mirar todo aquello que siente que perdió.
Y para mí, Joe termina siendo el mejor personaje de la película. Es probablemente el más desagradable al principio, el más cínico y el que parece llegar a la cena con menos ganas de estar ahí, pero también es el personaje al que más terminamos entendiendo. A medida que la noche avanza, ese resentimiento empieza a sentirse menos como simple amargura y más como la frustración de alguien que siente que fue dejando partes de sí mismo por el camino. Creo que Rogen consigue algo bastante difícil: hacer que simpaticemos con Joe incluso cuando sabemos que muchas veces está siendo injusto.
Quizás también porque es el que menos intenta esconder lo que le pasa. Los demás todavía sostienen alguna versión idealizada de sí mismos o de su relación; Joe, en cambio, parece estar demasiado cansado para seguir fingiendo. Su brutalidad puede ser incómoda, pero también termina funcionando como una forma de honestidad. Y eso hace que, aunque no siempre tenga razón, sea el personaje que para mí termina sintiéndose más cercano.
Olivia Wilde construye a Angela desde otro lugar. Ella todavía parece querer provocar algún movimiento, recuperar algo, comprobar que debajo de la rutina sigue existiendo deseo. Y me parece importante que la película no convierta esto en una discusión sencilla donde uno está equivocado y el otro tiene razón. Los dos arrastran frustraciones, los dos miran al otro esperando algo que quizás dejaron de ofrecer hace mucho tiempo y los dos están intentando descubrir si lo que se desgastó fue la relación o la forma en que aprendieron a convivir dentro de ella.
Entonces aparecen los vecinos y, al principio, parecen perfectos. Tienen deseo, complicidad, libertad, seguridad. Parecen haber encontrado una forma de pareja donde todo aquello que Joe y Angela sienten agotado todavía funciona. No es casual que vivan arriba. Hay algo casi demasiado perfecto en esa disposición: la pareja ideal siempre parece estar un piso más arriba que nosotros.
Y The Invite entiende algo bastante preciso sobre cómo miramos las relaciones ajenas. Nunca vemos realmente una pareja desde adentro. Vemos determinadas cenas, fotografías, gestos, comentarios. Vemos una selección y después completamos todo lo demás nosotros.
A veces no envidiamos la vida de los demás. Envidiamos la versión de su vida que podemos ver desde afuera.
Joe y Angela miran a esa otra pareja como si hubieran encontrado una fórmula que ellos perdieron: más deseo, más libertad, más complicidad, una relación aparentemente menos atrapada por la rutina. Pero cuanto más los conocen, más evidente se vuelve que esa perfección también era una construcción. Ellos también tienen inseguridades, contradicciones y miserias. Y eso vuelve mucho más interesante la película, porque el problema deja de ser “ellos tienen algo que nosotros no” y pasa a ser “quizás nosotros necesitábamos creer que alguien más había encontrado la respuesta”.
Ahí el trabajo visual de Wilde me parece especialmente interesante.
Durante buena parte de la película los personajes aparecen separados mediante espejos, pasillos, marcos dentro del propio encuadre o distintos niveles de foco. Joe y Angela pueden estar dentro del mismo departamento y, sin embargo, la puesta consigue que parezca que están ocupando espacios distintos.
La película los filma como dos personas que dejaron de verse incluso cuando todavía pueden mirarse.
Y los vecinos funcionan de la misma manera: son otro espejo. Joe y Angela proyectan sobre ellos aquello que creen que les falta hasta que la imagen empieza a agrietarse. Por eso los reflejos y los cuadros dentro de cuadros no son solamente una elección estética. Cuatro personas hablan constantemente de libertad, deseo y posibilidades mientras la puesta en escena no deja de encerrarlas dentro de marcos. Incluso cuando fantasean con salir de la vida que tienen, siguen apareciendo visualmente atrapadas dentro de ella.
Eso me parece bastante más interesante que reducir la película a su componente sexual. Sí, todo empieza a tensarse alrededor del deseo y de la invitación que cambia completamente la cena, pero en el fondo no creo que The Invite esté preguntando solamente si cuatro adultos deberían acostarse entre ellos. La pregunta es bastante más incómoda:
¿Qué pasa cuando aquello que deseamos de otra pareja revela todo lo que creemos que falta en la nuestra?
Porque quizás Joe y Angela no quieran realmente la vida de sus vecinos. Quizás quieran volver a desearse como ellos parecen desearse, volver a mirarse o sentir que todavía puede ocurrir algo inesperado dentro de una relación que ya conocen demasiado bien.
Y en el fondo la cena termina enfrentándolos con una pregunta todavía más importante:
¿Van a separarse para buscar nuevas vidas o van a destruirlo todo para intentar empezar su relación completamente desde cero?
Porque quizás el problema no sea decidir si todavía se quieren, sino descubrir si pueden dejar atrás la pareja en la que se convirtieron para construir otra entre las mismas dos personas.
Y hacia el final aparece otra pregunta que, para mí, termina de ordenar toda la película:
¿Cuántas parejas pueden existir dentro de una misma pareja?
Porque una relación nunca es solamente dos personas en una forma fija. Está la pareja que fuimos al conocernos, la que somos cuando estamos bien, la que aparece cuando discutimos, la que imaginamos que podríamos ser y hasta la que creemos haber perdido.
Ahí me parece que The Invite encuentra algo mucho más interesante que simplemente preguntarse si existe una pareja mejor.
Quizás dentro de una misma relación convivan muchas versiones de nosotros mismos y el problema empiece cuando creemos que una de ellas desapareció para siempre. Joe y Angela no necesariamente necesitan convertirse en otra pareja; quizás necesiten volver a reconocer algunas de las parejas que alguna vez fueron.
Y por eso los vecinos funcionan tan bien como espejo. No representan solamente otra forma de amar, sino una posibilidad distinta de lo que Joe y Angela podrían ser. Al mirarlos, terminan viendo también versiones de ellos mismos que creían desaparecidas.
Ahí el título también funciona bastante bien. La invitación existe obviamente en términos literales: primero hay una invitación a cenar y después aparece otra invitación mucho más íntima. Pero también puede leerse como una invitación a que los personajes miren aquello que llevan mucho tiempo evitando.
El verdadero peligro de esa noche no es tanto lo que puedan hacer con los vecinos. Es lo que pueden descubrir sobre ellos mismos.
Wilde consigue además que toda esa tensión funcione dentro de un espacio prácticamente cerrado. La película se sostiene casi completamente con cuatro personajes dentro de un departamento, así que depende muchísimo de las actuaciones, del montaje, del diálogo y de cómo la cámara puede transformar constantemente ese mismo espacio.
Las conversaciones tienen un ritmo muy preciso y la cámara acompaña esa energía de una forma bastante nerviosa y fluida. Cuando las discusiones se aceleran, la película también parece acelerarse; y cuando alguien dice algo que realmente lastima, todo ese movimiento puede volverse mucho más incómodo.
Ahí creo que Wilde demuestra bastante inteligencia como directora.
No intenta esconder el origen teatral del material, pero tampoco se limita a filmar cuatro personas diciendo buenos diálogos dentro de una habitación. Busca permanentemente formas de dividirlos, enfrentarlos o reflejarlos visualmente. Y quizás eso también diga algo sobre las relaciones largas: uno puede empezar a sentir que la vida que construyó se convirtió en un marco demasiado pequeño, mirar hacia afuera y pensar que los demás viven con una libertad que nosotros perdimos.
Pero salir del cuadro no garantiza encontrar algo mejor. A veces simplemente nos permite verlo desde otro lugar.
La película también tiene algo del mumblecore y de esas historias donde adultos aparentemente comunes hablan durante horas hasta que una situación mínima empieza a revelar algo muchísimo más grande. The Overnight aparece como un parentesco bastante evidente, y hasta puede sentirse cierto vínculo con Drinking Buddies. Pero The Invite tiene una energía bastante más explosiva: estos personajes no murmuran precisamente. Discuten, gritan, se pisan y convierten la conversación en acción.
No todo me funciona igual de bien. Hay momentos donde siento que la película podría ser un poco más corta. Una historia tan concentrada depende muchísimo del ritmo y, cuando una conversación tarda demasiado en llegar al próximo punto de quiebre, se siente. La duración ronda la hora cuarenta y cinco y una versión algo más ajustada quizás hubiese sido todavía más filosa.
Pero cuando encuentra su velocidad, funciona muchísimo. Porque debajo de toda la comedia incómoda hay una idea bastante triste: A veces necesitamos mirar la relación de otra persona para descubrir cuánto dejamos de mirar la nuestra.
Joe y Angela pasan gran parte de la noche observando aquello que creen que podrían tener: más deseo, más libertad, más complicidad, más aventura. Y cuanto más idealizan a quienes tienen enfrente, más evidente se vuelve que el problema nunca estuvo únicamente en aquello que les faltaba. También estaba en la forma en que habían dejado de mirarse.
Quizás por eso los espejos sean tan importantes.
La película está llena de personajes observando reflejos, duplicaciones y versiones de sí mismos. Pero un espejo nunca nos muestra exactamente quiénes somos: nos muestra una imagen. Y una relación también puede convertirse en eso, una imagen que repetimos durante tanto tiempo que dejamos de preguntarnos si todavía nos representa.
Para mí, ahí está lo mejor de The Invite.
No en la provocación sexual ni en descubrir hasta dónde va a llegar la cena, sino en observar a cuatro personas que entraron pensando que sabían perfectamente qué querían y terminan descubriendo que desear la vida del otro suele ser mucho más sencillo que entender la propia.
Porque desde abajo el departamento de arriba siempre parece mejor.
Hasta que finalmente nos invitan a entrar.