Lo de Emily es lo mejor visto de todo. Cumplió con cada cosa que le pidieron, se quedó sin comer meses enteros por un viaje, y el viaje se lo dan a la que entró sin querer estar ahí. No hay traición: hay un sitio que no prometió nada y que aun así te hace creer que lleva la cuenta de lo que pusiste. Miranda ni se entera de que eso le pasó a alguien, y esa es la parte fría.
The Devil Wears Prada — ¿Cuánto de nosotros estamos dispuestos a perder para llegar a donde queremos? Pregunta Sin responder
Quizás The Devil Wears Prada sea la película que más veces me hicieron ver en la escuela para analizar. No sé cuántas veces terminé volviendo a Miranda Priestly, Andy Sachs y ese mundo de la moda…
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Lo de Emily es lo mejor visto de todo. Cumplió con cada cosa que le pidieron, se quedó sin comer meses enteros por un viaje, y el viaje se lo dan a la que entró sin querer estar ahí. No hay traición: hay un sitio que no prometió nada y que aun así te hace
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Quizás The Devil Wears Prada sea la película que más veces me hicieron ver en la escuela para analizar. No sé cuántas veces terminé volviendo a Miranda Priestly, Andy Sachs y ese mundo de la moda donde absolutamente todo parece tener una importancia desproporcionada. Así que, después de tantas veces viéndola y analizándola, creo que llegó el momento de compartir mi propio análisis.
Porque The Devil Wears Prada es mucho más que una película sobre ropa, diseñadores y una jefa insoportable. Detrás de las oficinas espectaculares, los desfiles y los vestidos de diseñador, David Frankel construye una historia sobre la ambición, las jerarquías laborales y esa necesidad que tenemos de demostrar constantemente que merecemos estar donde estamos. Pero, sobre todo, es una película sobre algo que me parece bastante más interesante: qué sucede cuando finalmente conseguimos aquello que creíamos querer y descubrimos que, para conservarlo, quizás tengamos que convertirnos en alguien que nunca quisimos ser.
Andrea Sachs, interpretada por Anne Hathaway, llega a Nueva York con la intención de convertirse en periodista y termina consiguiendo un puesto como asistente de Miranda Priestly, la todopoderosa directora de la revista Runway. Andrea no tiene demasiado interés por la moda y considera que su nuevo trabajo es simplemente un paso necesario para acceder a oportunidades mejores. Pero rápidamente descubre que entrar a ese mundo significa mucho más que responder llamadas, organizar reuniones o conseguir cosas imposibles. Significa adaptarse a una estructura donde cada detalle importa, cada error tiene consecuencias y prácticamente toda su vida empieza a organizarse alrededor de las necesidades de otra persona.
La moda tambien es una forma de poder.
Algo que me gusta mucho de la película es que inicialmente nos invita a mirar el mundo de la moda desde la misma perspectiva que Andrea. Todo parece exagerado, superficial y completamente desproporcionado. Las asistentes viven aterrorizadas, los empleados se preocupan por detalles que parecen insignificantes y Miranda tiene la capacidad de transformar un pequeño inconveniente en una tragedia laboral. Pero cuanto más tiempo pasamos dentro de Runway, más empezamos a comprender que ese universo tiene reglas, conocimientos y jerarquías que Andrea todavía desconoce.
La famosa escena del suéter azul me parece fundamental porque modifica nuestra relación con los personajes. Andrea cree que está por encima de las preocupaciones de sus compañeras simplemente porque no le interesa demasiado la ropa que utiliza. Miranda, sin levantar prácticamente la voz, le explica que incluso esa supuesta indiferencia está condicionada por las decisiones de una industria que Andrea desprecia sin conocer. Es una escena extraordinaria porque consigue hablar de moda, economía, cultura y poder sin abandonar nunca el tono de una conversación laboral en la que una empleada acaba de cometer el error de reírse en el momento equivocado.
Y ahí aparece una contradicción interesante. Andrea cree que su desinterés la convierte en alguien más auténtico que las personas que trabajan en la revista, pero en realidad también está juzgándolas a partir de sus propias ideas preconcebidas. La película no necesita convencernos de que la industria de la moda es maravillosa. Le alcanza con mostrarnos que despreciar algo porque no lo comprendemos puede ser tan superficial como aquello que estamos criticando. No es lo mismo que algo no nos interese a creer que, por eso, no tiene valor.
La transformación de Andrea funciona precisamente porque no consiste solamente en empezar a vestirse mejor. A medida que aprende a moverse dentro de Runway, también descubre que es mucho más capaz de lo que imaginaba. Consigue anticiparse a los problemas, resolver situaciones aparentemente imposibles y desenvolverse en un ambiente donde inicialmente parecía no tener ninguna oportunidad. Hay algo satisfactorio en verla mejorar, especialmente porque Anne Hathaway consigue transmitir esa mezcla de entusiasmo y agotamiento que aparece cuando finalmente empezamos a sentirnos competentes en un trabajo que nos exigió muchísimo esfuerzo.
Sin embargo, la película también entiende que volverse indispensable puede convertirse en una trampa. Andrea comienza queriendo demostrar que es capaz de hacer bien su trabajo, pero termina organizando prácticamente todas sus decisiones alrededor de aquello que Miranda necesita. Y lo peligroso es que esa transformación no ocurre de un día para otro. Cada pequeño sacrificio parece razonable cuando lo consideramos de manera individual, hasta que llega un momento en el que descubrimos que nuestra vida ya no se parece demasiado a aquella que queríamos construir.
Miranda Priestly, el poder de no tener que levantar la vos.
Si hay alguien que convierte The Devil Wears Prada en una película mucho más memorable de lo que podría haber sido, es Meryl Streep. Su Miranda Priestly es extraordinaria porque no necesita gritar, amenazar constantemente ni realizar grandes demostraciones de autoridad. Le alcanza con entrar en una habitación para modificar el comportamiento de absolutamente todas las personas que están presentes.
Me fascina cómo Streep construye un personaje que parece administrar cada gesto. Sus silencios pueden resultar mucho más intimidantes que los insultos de cualquier otro jefe, y su manera de hablar transmite la sensación de que siempre está pensando varios movimientos por delante de quienes trabajan para ella. Miranda entiende perfectamente el poder que tiene y no necesita recordárselo a nadie. Todos los demás se encargan de hacerlo cada vez que se desesperan intentando satisfacer sus exigencias.
Pero lo interesante es que la película no la convierte únicamente en una caricatura de jefa insoportable. Miranda es exigente, cruel en determinados momentos y completamente incapaz de respetar los límites entre el trabajo y la vida personal de sus empleados. Sin embargo, también es alguien que conoce profundamente su profesión, que construyó una posición extraordinaria dentro de una industria competitiva y que sabe perfectamente cuánto esfuerzo necesita para conservarla. Eso no justifica su comportamiento, pero permite comprender que su autoridad no proviene solamente de un cargo importante.
La escena donde vemos a Miranda atravesando una crisis personal me parece especialmente importante. Por primera vez aparece una persona que ya no puede controlar completamente aquello que sucede a su alrededor. Su vida privada está desmoronándose y, aunque conserva prácticamente toda su autoridad profesional, descubrimos que el poder tampoco consiguió protegerla de determinadas pérdidas. Streep cambia apenas su expresión y su manera de hablar, pero alcanza para que comprendamos cuánto esfuerzo realiza Miranda para mantener separadas su vulnerabilidad y la imagen que necesita proyectar frente a los demás.
Lo que me interesa es que Andrea comienza viendo a Miranda como alguien a quien jamás querría parecerse, pero progresivamente empieza a incorporar muchas de sus prioridades. Aprende a resolver problemas, a tomar decisiones difíciles y a anteponer el trabajo a prácticamente todo lo demás. Hasta que descubre que admirar aquello que alguien consiguió no significa necesariamente querer vivir como esa persona.
Emily, Nigel y el precio de pertenecer.
También quiero destacar muchísimo a Emily Blunt, porque su personaje podría haber quedado reducido a la típica compañera desagradable que desprecia a la nueva empleada, pero termina siendo una de las grandes fuentes de humor de toda la película. Emily tiene una capacidad extraordinaria para comunicar frustración con una mirada, un comentario o una reacción completamente desproporcionada. Pero detrás de esa actitud también hay alguien que trabaja muchísimo, que conoce perfectamente las exigencias de su profesión y que está dispuesta a sacrificar prácticamente cualquier cosa para conseguir aquello que desea.
Y eso hace que su relación con Andrea sea bastante más interesante que una simple rivalidad. Emily lleva tiempo intentando ganarse un lugar dentro de Runway y considera que determinadas oportunidades representan una recompensa por todo aquello que sacrificó. Cuando Andrea empieza a conseguir el reconocimiento de Miranda, descubre que la dedicación y la lealtad no garantizan absolutamente nada. El problema no es solamente que otra persona consiga aquello que ella quería, sino comprender que el sistema al que entregó tanto puede reemplazarla sin demasiadas explicaciones.
Stanley Tucci también está extraordinario como Nigel, probablemente el personaje que mejor representa el amor genuino por la moda. A diferencia de Andrea, él no considera ese trabajo un simple escalón hacia otra profesión. Le gusta lo que hace, conoce su oficio y encuentra satisfacción en un universo que los demás pueden considerar superficial. Su relación con Andrea es especialmente linda porque la ayuda a descubrir sus capacidades sin exigirle desde el primer momento que comparta todas sus prioridades.
Pero su historia también deja una de las observaciones más amargas de la película: incluso cuando amamos nuestro trabajo, podemos terminar aceptando situaciones que nos perjudican porque confiamos en que algún día llegará el reconocimiento que sentimos merecer. Nigel conoce las reglas, entiende cómo funciona la industria y sabe perfectamente cuáles son las oportunidades que necesita. Sin embargo, eso no lo protege de las decisiones de quienes tienen más poder que él.
Y ahí The Devil Wears Prada empieza a mostrar algo que va mucho más allá de una revista de moda. Hay una cultura laboral que convierte determinados sacrificios en pruebas de compromiso. Estar siempre disponible demuestra que somos profesionales, renunciar a nuestras vacaciones demuestra ambición y aceptar exigencias desproporcionadas parece convertirse en una condición indispensable para progresar. El problema es que, cuando finalmente conseguimos aquello que perseguíamos, muchas veces descubrimos que las exigencias no desaparecieron. Simplemente se volvieron parte de nuestra rutina.
Y si conseguir aquello que queríamos no era lo que necesitábamos?
La relación de Andrea con sus amigos y su pareja también me parece importante, aunque algunas de esas escenas resulten bastante más convencionales que aquellas que transcurren dentro de Runway. A medida que empieza a progresar profesionalmente, sus vínculos personales se deterioran porque ya no puede compartir con ellos el tiempo y la atención que tenía antes. La película presenta ese conflicto como una consecuencia de su transformación, pero creo que lo interesante no está en decidir si sus amigos tienen razón o si Andrea debería renunciar inmediatamente a su trabajo.
Lo interesante es que Andrea está cambiando y todavía no comprende del todo en qué persona quiere convertirse. Por primera vez tiene acceso a un mundo que inicialmente parecía completamente fuera de su alcance. Empieza a relacionarse con personas importantes, consigue reconocimiento profesional y descubre que puede aspirar a oportunidades que jamás había imaginado. Pero también comienza a justificar decisiones que probablemente habría criticado en cualquier otra persona unos meses antes.
A veces el problema no es que un trabajo nos cambie, sino descubrir que estamos empezando a aceptar cosas que antes considerábamos inaceptables.
Y por eso me gusta que el verdadero conflicto de la película aparezca cuando Andrea ya demostró que puede triunfar dentro de ese universo. Si hubiera renunciado durante su primera semana, su decisión sería simplemente la de alguien que descubre que un trabajo no le gusta. Pero cuando finalmente comprende las reglas, consigue desenvolverse perfectamente y empieza a recibir el reconocimiento de Miranda, su elección adquiere otro significado. Ya no se trata de abandonar algo porque no puede conseguirlo, sino de preguntarse si realmente quiere continuar por ese camino.
El viaje a París funciona muy bien como culminación de todo ese proceso. Andrea llega al lugar que durante buena parte de la película parecía representar el éxito absoluto, pero también descubre hasta qué punto Miranda está dispuesta a proteger su posición. La decisión que afecta a Nigel la obliga a enfrentarse con una lógica laboral que hasta entonces había aceptado porque sus consecuencias siempre parecían recaer sobre otras personas. Por primera vez comprende que progresar dentro de ese sistema puede exigirle convertirse en alguien que no está segura de querer ser.
Y creo que ahí está la mejor idea de The Devil Wears Prada: tener la capacidad de conseguir algo no significa que estemos obligados a quererlo. Andrea aprendió muchísimo durante su paso por Runway. Descubrió que podía trabajar bajo presión, resolver problemas y adaptarse a un ambiente completamente desconocido. Pero también entendió que el éxito profesional no tiene demasiado sentido cuando solamente podemos conseguirlo a costa de abandonar todas las demás cosas que nos importan.
Me gusta que la película no termine negando el valor de todo lo que Andrea aprendió. Su experiencia profesional sigue siendo importante y Miranda continúa siendo una figura extraordinaria dentro de su industria. Lo que cambia es la manera en que Andrea decide relacionarse con ese mundo. Puede reconocer el talento de Miranda sin necesitar convertirse en ella y puede valorar su experiencia en la revista sin aceptar que ese trabajo determine absolutamente todas las decisiones de su vida.
The Devil Wears Prada es una comedia muy entretenida, con un elenco extraordinario, un vestuario espectacular y una Meryl Streep que consigue construir uno de esos personajes que permanecen muchísimo más tiempo en nuestra memoria que la propia historia. No todas sus ideas tienen la misma profundidad y algunos conflictos personales están resueltos de manera bastante convencional, pero creo que funciona especialmente bien cuando deja de hablar únicamente de la moda y empieza a preguntarse por nuestra relación con el trabajo, la ambición y la necesidad de demostrar constantemente que merecemos estar donde estamos.
Después de tantas veces viéndola para analizarla, creo que lo que más me interesa ya no es la transformación estética de Andrea ni siquiera el extraordinario personaje de Miranda, sino el momento en el que Andy comprende que puede elegir qué hacer con todo aquello que aprendió. Porque crecer profesionalmente no consiste solamente en mejorar nuestras capacidades o alcanzar puestos cada vez más importantes. También significa reconocer qué cosas estamos dispuestos a sacrificar por ellas y cuáles deberían seguir perteneciendo exclusivamente a nuestra vida.
Y Andrea termina descubriendo algo que probablemente sea mucho más difícil que conseguir el reconocimiento de Miranda Priestly: aprender a distinguir entre la vida que nos dicen que deberíamos desear y aquella que realmente queremos vivir.
Respuestas
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PermalinkLo de Emily es lo mejor visto de todo. Cumplió con cada cosa que le pidieron, se quedó sin comer meses enteros por un viaje, y el viaje se lo dan a la que entró sin querer estar ahí. No hay traición: hay un sitio que no prometió nada y que aun así te hace creer que lleva la cuenta de lo que pusiste. Miranda ni se entera de que eso le pasó a alguien, y esa es la parte fría.
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PermalinkMiranda tiene razón en la escena del suéter azul, y eso es lo incómodo. Uno desprecia lo que no conoce hasta que ve la cadena completa: quién eligió el color dos años antes y quién lo cosió por poca plata al otro lado del mundo. La reseña se queda en la primera mitad de esa cadena.
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PermalinkDe todas las que llevas reseñadas, esta es la que menos habla de cine y la que más de oficinas. Lo de Nigel se repite fuera de las revistas de moda mucho más de lo que parece: gente que hace su trabajo mejor que nadie y espera el reconocimiento como quien espera un turno que no le van a dar nunca.
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PermalinkEl texto llama sacrificio a dos cosas que no son la misma. Una es entregar tiempo a cambio de algo que querés, y esa la firma cualquiera. La otra es ir aceptando como normal lo que antes te parecía inaceptable, y ahí ya no hay intercambio, hay corrimiento. Andy hace la primera durante media película y la segunda sin enterarse. Lo que frena en París es el corrimiento, y por eso la escena de Nigel pesa tanto.
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