Costello, sin dudar.
The Alto Knights — Dos maneras de entender el poder, interpretadas por el mismo hombre.
Pensamiento
Costello, sin dudar.
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Hay algo bastante fascinante en ver a Robert De Niro interpretando a Frank Costello y Vito Genovese dentro de la misma película. En principio puede sonar casi como un truco, una decisión destinada a llamar la atención, pero cuanto más avanza The Alto Knights más sentido le encuentro. Porque Barry Levinson no está contando solamente el enfrentamiento entre dos mafiosos: está enfrentando dos maneras completamente distintas de entender el poder, el respeto y la supervivencia. Y poner a De Niro en los dos lados convierte ese conflicto casi en una discusión del actor consigo mismo.
Además hay algo inevitablemente cinéfilo en verlo volver a este territorio.
Después de The Godfather Part II, Goodfellas, Casino, The Irishman y tantos personajes vinculados al crimen organizado, De Niro ya no aparece solamente como un actor interpretando a otro mafioso. Carga con décadas de cine encima. Cada vez que entra en un restaurante, se sienta alrededor de una mesa o mira en silencio a alguien que acaba de decir algo inconveniente, nosotros también estamos viendo todos esos otros hombres que interpretó antes. The Alto Knights parece saberlo y, en vez de intentar escapar de esa historia, juega directamente con ella.
Lo interesante es que Costello y Genovese no podrían entender el poder de maneras más diferentes. Costello pertenece a una lógica donde sobrevivir significa saber negociar, entender cuándo hablar y construir relaciones que eviten una guerra innecesaria. Su influencia está en los contactos, en las conversaciones, en conseguir que alguien haga algo sin necesidad de explicitar constantemente la amenaza. Genovese, en cambio, necesita que el poder sea visible. Necesita dominar, ser reconocido y sentir que nadie puede disputarle su lugar.
De Niro construye esa diferencia más desde el comportamiento que desde una transformación física espectacular. Costello parece más contenido, más cansado y consciente de que mantenerse vivo durante tanto tiempo dentro de ese mundo ya es una forma de victoria. Genovese tiene otra ansiedad. Hay algo más impulsivo y más paranoico en él, como si tener poder nunca fuera suficiente porque siempre existe alguien que podría quitárselo.
Y ahí creo que aparece una de las ideas que más me interesa de la película: el verdadero problema de determinados hombres poderosos no es conseguir aquello que quieren, sino aprender a convivir con la posibilidad de perderlo. Cuanto más tienen, más personas empiezan a parecerles amenazas. El poder que debería dar seguridad termina produciendo exactamente lo contrario.
Por eso Costello me resulta el personaje más interesante. No porque sea moralmente mejor —seguimos hablando de un jefe mafioso— sino porque parece haber comprendido algo que Genovese todavía no: dentro de ese mundo, ganar todas las discusiones puede ser una excelente manera de terminar muerto. Hay momentos donde retirarse, negociar o aceptar que otra persona tenga algo también forma parte de conservar el poder.
Eso aleja bastante a The Alto Knights de una película como Goodfellas. Acá no existe demasiado interés por seducirnos con la velocidad, la música, el dinero o la fantasía de pertenecer a la mafia. Los protagonistas ya llegaron. No estamos viendo jóvenes entrando fascinados en ese universo; estamos viendo hombres mayores intentando administrar aquello que construyeron durante décadas.
Y eso cambia muchísimo el tono.
La película está más interesada en reuniones, restaurantes, familias, conversaciones y decisiones que en grandes secuencias criminales. Incluso cuando aparece la violencia, suele sentirse como la consecuencia final de algo que empezó bastante antes alrededor de una mesa. Me gusta esa elección porque convierte la mafia menos en una aventura y más en una estructura política.
En ese sentido también se siente la mano de Nicholas Pileggi. Hay algo en la manera de explicar jerarquías, relaciones y pequeñas reglas internas que recuerda inevitablemente al cine mafioso que construyó junto a Scorsese, aunque Levinson tiene una energía muchísimo más clásica y tranquila. La película no tiene la electricidad formal de Goodfellas ni pretende tenerla.
Y ahí también encuentro parte de sus limitaciones.
Por momentos The Alto Knights parece demasiado cómoda viviendo dentro de un cine que ya conocemos. Tenemos restaurantes italianos, reuniones familiares, hombres hablando de respeto, traiciones, códigos, sospechas y decisiones tomadas en habitaciones cerradas. Todo está bien hecho, pero hay escenas donde uno siente que ya ha visto una versión más intensa de ese mundo en otras películas.
El problema es que competir contra la propia historia cinematográfica de De Niro es prácticamente imposible.
Cuando el tipo apareció en algunas de las mejores películas de gangsters jamás hechas, cualquier nueva entrada al género va a cargar inevitablemente con esa comparación.
Pero al mismo tiempo ésa es parte de la gracia.
Verlo ahora, con otra edad y otra energía, cambia completamente la manera de relacionarse con esos personajes. El De Niro joven de The Godfather Part II estaba construyendo un imperio. El de Goodfellas pertenecía a un mundo donde el poder todavía parecía atractivo. El de Casino administraba una maquinaria gigantesca. El de The Irishman empezaba a mirar todo eso desde la vejez y el arrepentimiento. En The Alto Knights aparece otra vez la idea de hombres que dedicaron prácticamente toda su vida a construir poder y que ahora tienen que sobrevivir a aquello que construyeron.
Por eso la decisión de que interprete a los dos me termina gustando más conceptualmente de lo que esperaba. Costello y Genovese son casi dos caminos posibles dentro del mismo universo. Uno aprendió que el poder también consiste en saber cuándo retroceder. El otro interpreta cualquier retroceso como una humillación.
Y ninguno puede comprender completamente al otro.
Hay una especie de ironía hermosa en que nosotros sí podamos verlos como dos caras del mismo actor.
También me interesa mucho la idea de la amistad convertida en rivalidad. Estas historias siempre resultan más fuertes cuando el conflicto no aparece entre dos desconocidos, sino entre personas que compartieron un mundo, códigos y relaciones durante años. Porque entonces cada enfrentamiento lleva una memoria atrás. No están decidiendo solamente quién tiene razón en el presente; están reinterpretando décadas enteras de relación.
Eso le da a la película una tristeza particular.
No estamos viendo simplemente dos mafiosos disputándose territorio.
Estamos viendo dos hombres que ya no pueden convivir dentro de la misma estructura.
Y quizás por eso la película funciona mejor cuando baja el volumen. Cuando De Niro puede sentarse, mirar, escuchar y dejar que una amenaza exista sin necesidad de pronunciarla. Ahí aparece nuevamente el actor extraordinario que puede modificar una escena casi únicamente cambiando la manera de observar al otro.
No creo que The Alto Knights reinvente el cine de gangsters ni que esté cerca de las grandes obras del género que inevitablemente rodean a De Niro. Hay algo demasiado tradicional en varios momentos y el recurso del doble papel puede incluso distraer al principio. Pero sí encuentro algo atractivo en esa condición casi crepuscular: hombres viejos discutiendo sobre un mundo que durante décadas creyeron controlar y descubriendo que ni siquiera ellos pueden detener el movimiento del poder.
Y Barry Levinson entiende que no necesita convertir todo eso en una película frenética. La deja respirar. Permite que las conversaciones tengan peso, que las rivalidades se acumulen y que De Niro haga buena parte del trabajo desde pequeños gestos. En una época donde muchas películas criminales necesitan explicarnos constantemente quién domina a quién, acá muchas veces alcanza con observar quién está sentado dónde y quién deja de hablar cuando alguien entra en una habitación.
Para mí, ahí está lo mejor de The Alto Knights. No tanto en descubrir otra historia de la mafia, sino en ver a Robert De Niro regresar a un territorio que prácticamente ayudó a definir cinematográficamente y utilizar su propia historia como actor para interpretar dos respuestas distintas a la misma pregunta: qué hacés después de pasar toda una vida consiguiendo poder y descubrir que conservarlo puede ser todavía más difícil que conseguirlo.
Y quizás la mejor decisión de la película sea justamente poner a De Niro de los dos lados, porque al final Costello y Genovese parecen menos dos hombres completamente diferentes que dos futuros posibles para alguien que pasó demasiado tiempo creyendo que el poder podía protegerlo de todo.
Thoughts
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PermalinkCostello, sin dudar.
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PermalinkLo de Costello como el que entendió cuándo retroceder lo compro a medias. En la historia real se retira después del tiro en el lobby de su edificio en el 57, o sea cuando ya lo habían alcanzado. Capaz la película le da a esa salida un aire de decisión que tuvo bastante de rendición negociada. Y Genovese cae preso por drogas dos años después y se muere adentro. Ninguno de los dos caminos terminó bien, y eso me interesa más que el contraste.
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