Un puro trauma al recordar mi infancia, sentado en un sofá cama, hablando solo y recordándome, porque no es bueno recordarme lo que fui.
Si las palabras me purificaran, hace ya tiempo hubiera sanado. El hubiera y el antes, el si pudiera… cosas del ayer, intangibles, lógicamente insostenibles; palabrerío sin rescate, sin moraleja, solo huecos en el alma, vocablos sin poder de poder superar el poder del poderoso ayer.
Y el pasado me levanta, me eleva hacia la nostalgia para después dejarme caer: en picada, en caída libre, sin alguien que pare la caída.
Recuerdo a mi amado amigo, lo que viví a su lado, cómo me sostuvo y cómo lo sostuve, levantándonos el uno al otro tras tanto dolor, tras tanta pérdida, tras tanto llanto: mi dupla que luchaba contra el mundo y las gigantescas casas sin amor. Las tardes de sol, las noches oscuras y la luna como guía; saliendo desesperadamente al amanecer hacia lo que era nuestro abrigo: los ríos, los puentes y las calles de sitios desconocidos, conociendo gente nueva que comprendía el dolor de nuestros ojos, de los miocardios heridos, de los hombres perdidos en mundos extraños.
Extraño al extraño que alguna vez vi crecer como yo; y si bien la vivencia era mala, podría decirle: «Una buena infancia te espera». Conocer actitudes por miradas inocentes, malas y corrompidas, y comprender que comprendo la calle y lo que siente.
Y ahora verme recordando lo que fui: acostado en un sofá cómodo —y ni eso me hace feliz—, o escribiendo en una cama, en la alcoba, en la pieza, en la habitación, en mi cuarto, entre mis cuatro paredes y un plafón pixelado que me hace recordar a mis seis años. Aún mi padre, aún mi hermano, mi hermana y mi madre, mirando la imaginación de mi cabeza, describiendo cada figura que veía en él, en el techo y a través de la ventana.
Barrios, casas sin fachada, sin cubierta, en obras grises, negras o derrumbadas, tejabanes… y aun así ver arte, y ver que lo que importa es el sueño, las ideas y las promesas de los cielos: los astros, los aviones, lo fugaz, lo increíble.
Extraño todo cuando no tenía nada; y hoy que tengo todo, sigo extrañando la nada.
— Jorge Guzmán