Hoy te vi entre la multitud,
y sabes?… no te vi solo.
Te vi con ella de la mano,
y el mundo se me hizo hielo.
Me dolió… pero sonreí,
como siempre he de sonreír,
porque aprendí a disfrazar
lo que arde por dentro al vivir.
No soy la única ni la última
que carga su cruz en silencio,
hay mil almas que actúan
un papel frente al sufrimiento.
Pero lo que más me destroza,
lo que más llena mi herida,
es que te di todo de mí…
y a ti, te da igual mi vida.
Te conté mis miedos más profundos,
mis noches más desiertas y frías,
mis cicatrices, mis verdades,
y tú… tú pasaste como si nada.
Y ahora te miro ahí,
con ella, riendo tan ajeno,
y me pregunto con dolor:
¿quién eres?… ya no te conozco.
Me decepcionas.
Has cambiado tanto,
que el chico que una vez me escuchó
hoy es un extraño a mi lado.
Y lo peor… es que te acercas a mí,
y me cuentas todo sobre ella,
qué regalos puedes darle,
qué palabras la hacen estrella.
Y te lo juro… te ayudé,
de todo corazón, sin medida,
con la sonrisa puesta afuera
y el alma rota por la herida.
¿Cómo te explico que duele?
Que a pesar de lo que vivimos,
se te olvidó… como se olvida
una estrella fugaz en el vacío.
Brillamos un instante, ¿verdad?
Tan intenso, tan fugaz,
que ya ni queda en tu memoria
lo que fue… lo que fuimos jamás.
Y yo sigo aquí, como siempre,
actuando que todo está bien,
tragando lágrimas en secreto,
ayudándote a amarla… y muriendo por dentro.