Después de tanto ruido,
llegó el silencio.
Y no hubo manos
para sostener mi caída,
ni respuestas,
ni puertas abiertas,
ni un nombre
al que pudiera acudir.
Solo yo.
Y fue ahí,
en medio de aquella ausencia,
cuando entendí algo
que quizá siempre había sabido:
a veces,
cuando todos se van,
uno por fin se encuentra.
A veces,
cuando nadie viene a salvarte,
descubres que todavía queda fuerza
en lugares de ti
que nunca habías tenido que conocer.
Me caí.
Me rompí.
Me perdí.
Y durante un tiempo
pensé que aquello era el final.
Pero volví.
Volví desde las ruinas,
desde el silencio,
desde ese lugar oscuro
donde ya no quedaba nadie
excepto yo.
Y esta vez
no volví siendo el mismo.
Volví con las heridas a cuestas,
con noches que nadie vio,
con cicatrices que no necesito esconder.
Volví sabiendo
de qué estoy hecho.
De todo lo que intentó derrumbarme.
De todo lo que sobreviví.
De esa fuerza que apareció
justo cuando ya no quedaba nadie
para prestarme la suya.
Me fui hasta el fondo
y regresé.
Y no descubrí
que fuera invencible.
Descubrí algo mucho más sencillo:
que incluso cuando me quedo sin nadie,
todavía me tengo.
Y a veces,
eso basta.
Porque ahora lo sé:
puedo caer,
puedo romperme,
puedo perderme otra vez.
Pero también puedo volver.
Siempre puedo volver a mí.
Luciano Solís