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También cerré la historia en silencio

seavienbyyeni
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Me quedé con muchas palabras por decir.

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Me quedé con muchas palabras por decir.

Durante mucho tiempo pensé que necesitaba una última conversación para poder cerrar nuestra historia.

Necesitaba decirte todo.

Lo que me dolió.

Lo que nunca entendí.

Las veces que me hiciste falta.

Las cosas que callé para no hacer más difícil una situación que ya lo era.

Quería explicarte cómo me había sentido y, en el fondo, también quería que tú entendieras lo que significaste para mí.

Pensaba que necesitaba que supieras toda mi versión de la historia para poder dejarla atrás.

Por eso tantas veces imaginé esa conversación.

Imaginé que algún día nos sentaríamos a hablar tranquilamente y finalmente podría sacar todo aquello que llevaba tanto tiempo guardado.

Pero ese día nunca llegó.

Y durante un tiempo pensé que por eso nunca iba a poder cerrar lo nuestro.

Porque sentía que me había quedado a medias.

Como si nuestra historia hubiera terminado dejando demasiadas frases sin punto final.

Demasiadas preguntas sin respuesta.

Demasiados “hubiera querido decirte...” flotando dentro de mí.

Hasta que con el tiempo entendí algo que al principio me costó muchísimo aceptar:

no todas las historias necesitan una última conversación para terminar.

A veces el cierre no llega en forma de una explicación.

A veces llega en forma de aceptación.

Aceptar que quizá nunca voy a saber por qué algunas cosas sucedieron de aquella manera.

Aceptar que algunas preguntas no tendrán respuesta.

Aceptar que quizá tú nunca vas a conocer todo lo que sentí.

Y aceptar que, aunque hubiera tenido la oportunidad de decirlo todo, eso tampoco habría cambiado necesariamente el final.

Entonces empecé a guardar algunas palabras.

No por orgullo.

No para castigarte.

No porque ya no me importara.

Simplemente porque entendí que había cosas que ya no necesitaban llegar hasta ti para poder salir de mí.

Algunas las escribí.

Otras las pensé tantas veces que terminé cansándome de repetirlas.

Y algunas simplemente las dejé ir.

Porque también entendí que seguir buscando una conversación con alguien que ya había tomado otro camino podía mantenerme atrapada en una historia que necesitaba terminar.

Yo quería cerrar un capítulo, pero seguía buscando una última página.

Y quizá esa página nunca iba a existir.

Así que tuve que escribirla yo.

No con las palabras que hubiera querido decirte, sino con una decisión:

seguir adelante.

No fue fácil.

Hubo momentos en los que todavía sentía la necesidad de explicarte ciertas cosas.

De preguntarte si alguna vez entendiste cuánto me dolió.

De saber si alguna vez te arrepentiste.

De descubrir si tú también recordabas algunas cosas de la misma manera.

Pero poco a poco dejé de necesitar esas respuestas.

Porque comprendí que mi paz no podía depender de que tú entendieras mi dolor.

Y eso cambió muchas cosas dentro de mí.

Ya no necesitaba que reconocieras lo que hice por ti para saber que lo hice.

Ya no necesitaba que admitieras que me lastimaste para saber que me dolió.

Ya no necesitaba que dijeras que también te importé para validar todo lo que yo sentí.

Yo lo viví.

Y eso era suficiente.

Quizá esa fue la verdadera forma de cerrar nuestra historia.

No hubo una despedida perfecta.

No hubo una última conversación donde dijéramos todo lo que necesitábamos decir.

No hubo respuestas para cada pregunta.

Simplemente llegó un día en el que dejé de esperar que ocurriera.

Y entendí que también podía cerrar una historia en silencio.

Porque el silencio no siempre significa indiferencia.

A veces significa que ya dijiste suficiente.

Que ya explicaste demasiado.

Que ya intentaste ser comprendida.

Y que ahora necesitas dejar de hablarle a alguien que ya no está escuchando para empezar a escucharte a ti.

Todavía tengo palabras que nunca te dije.

Y probablemente algunas siempre se queden conmigo.

Pero ya no me pesa de la misma manera.

Porque antes pensaba que cada palabra tenía que llegar a su destinatario.

Hoy sé que algunas palabras solamente necesitan salir de nuestro corazón para dejar de ocupar tanto espacio.

Quizá nunca sepas todo lo que quise decirte.

Quizá nunca conozcas todas las noches en las que pensé en hablarte.

Quizá nunca sepas cuántas veces escribí algo y terminé borrándolo.

Pero está bien.

Porque ya no necesito que conozcas cada parte de mi historia para poder continuar con ella.

Me quedé con muchas palabras por decir.

Sí.

Pero con el tiempo entendí que el silencio también puede ser una forma de cerrar una historia.

No porque no haya nada más que decir.

Sino porque finalmente comprendí que hay momentos en los que seguir hablando solamente prolonga una despedida que ya ocurrió.

Y entonces elegí callar.

No para olvidarte de inmediato.

No para fingir que nunca importaste.

Sino para dejar de esperar una última conversación que quizá nunca iba a llegar.

Y por primera vez, mi silencio no fue una espera.

Fue una despedida.

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