Dicen que donde hubo amor no hay rencores.
Pero, ¿qué pasa cuando te quedas con ese amor en las manos y descubres que nunca fue valorado?
¿Qué haces con todo lo que diste?
Con las palabras que dijiste desde el corazón, con las veces que intentaste, con los momentos en los que elegiste quedarte incluso cuando las cosas no eran fáciles.
¿Qué haces con todo ese amor cuando ya no tienes dónde ponerlo?
Quizá al principio aparece el rencor.
Te preguntas por qué no fue suficiente.
Por qué alguien pudo recibir tanto de ti y aun así decidir irse.
Por qué tú estabas dispuesto a hacer tanto mientras la otra persona parecía no darse cuenta de todo lo que estabas entregando.
Y duele.
Duele sentir que algo que para ti era enorme, para alguien más pudo no haber tenido el mismo significado.
Pero con el tiempo entiendes que el valor de lo que diste no depende de que alguien haya sabido apreciarlo.
Tu amor no fue menos sincero porque no haya sido correspondido.
Tus esfuerzos no fueron inútiles porque alguien no los reconociera.
Y quizá esa sea la parte más difícil de aceptar: que algunas personas recibirán cosas hermosas de nosotros sin comprender el valor que tenían hasta que ya no estén.
Pero ya no quiero convertir ese amor en rencor.
No quiero odiar a quien no supo cuidarlo.
Prefiero agradecerme a mí por haber sido capaz de sentir así.
Por haber querido de verdad.
Por haber dado sin fingir.
Y después, simplemente soltar.
Porque no todo amor que termina necesita convertirse en una guerra.
A veces puedes mirar hacia atrás, reconocer que te dolió, aceptar que no fue valorado como esperabas y aun así decir:
“Lo que sentí fue real, aunque no haya durado para siempre.”
Y quizá eso sea suficiente.
Porque el amor que diste no se desperdició.
También te enseñó cuánto eres capaz de sentir y, sobre todo, cuánto mereces recibir de vuelta.