Duele aceptar que la persona con la que imaginé toda mi vida hoy es solamente un recuerdo.
Creo que eso fue lo que más me costó entender.
No estaba preparada para extrañarte solamente a ti. También tuve que aprender a extrañar todos esos futuros que alguna vez imaginé contigo.
Porque cuando te quise, no pensé únicamente en el presente.
Te imaginé en mis días que todavía no habían llegado.
Te imaginé en momentos que nunca vivimos, en conversaciones que nunca tuvimos, en lugares a los que nunca fuimos. Te imaginé formando parte de cosas que todavía no existían.
Y quizá por eso dejarte ir se sintió como perder mucho más que una persona.
Sentí que también estaba perdiendo una vida que había construido en mi cabeza.
Una vida que probablemente solo existía para mí.
Durante mucho tiempo me pregunté cómo podía ser que alguien que ocupaba tanto espacio en mis pensamientos pudiera terminar ocupando solamente un pequeño lugar en mi realidad.
Porque yo te había hecho parte de mis planes sin darme cuenta.
Y cuando uno quiere de verdad, empieza a imaginar.
Imagina cuánto tiempo podría durar.
Imagina cómo serán los próximos años.
Imagina que aquella persona estará presente cuando lleguen nuevos momentos importantes.
Y entonces un día todo cambia.
Ya no hay planes.
Ya no hay un “nosotros” que esperar.
Ya no existe ese futuro que tantas veces imaginaste.
Solo queda el recuerdo de lo que alguna vez pensaste que sería.
Y aceptar eso duele.
Me tomó tiempo entender que no estaba obligada a dejar de quererte de un día para otro.
Que tampoco tenía que borrar todo lo vivido para poder seguir adelante.
Porque fuiste importante para mí.
Y negar eso no iba a hacer que doliera menos.
Al contrario.
Tuve que aceptar que te quise de verdad.
Que hubo momentos en los que pensé que podías ser esa persona que finalmente se quedaría.
Que hice espacio para ti en mi vida porque realmente creí que ibas a formar parte de ella durante mucho tiempo.
Y quizá eso fue lo más bonito y lo más triste al mismo tiempo.
Porque cuando alguien se convierte en una posibilidad de futuro, su ausencia no se siente únicamente en el presente.
También se siente en todos esos “algún día” que ya no van a ocurrir.
A veces todavía me descubro pensando cómo habría sido todo.
Y tengo que recordarme que no puedo vivir esperando una versión de la historia que nunca sucedió.
Porque el problema de extrañar a alguien no siempre es la persona.
A veces extrañamos quiénes éramos cuando estábamos con ella.
Extrañamos lo que sentíamos.
Extrañamos la ilusión.
Extrañamos esa certeza que teníamos de que todavía quedaban muchas cosas por vivir.
Y yo tuve que aprender a distinguir entre extrañarte y extrañar la vida que imaginé contigo.
No son exactamente lo mismo.
Hoy puedo reconocer que quizá nunca voy a dejar de recordar ciertas cosas.
Habrá fechas que me hagan pensar en ti.
Habrá lugares que tengan tu recuerdo.
Habrá días en los que vuelva esa nostalgia que me hace preguntarme cómo habría sido si las cosas hubieran tomado otro camino.
Pero también estoy aprendiendo que recordar no significa esperar.
Puedo extrañarte y continuar.
Puedo pensar en ti y no querer regresar.
Puedo guardar cariño por lo que vivimos sin necesitar que vuelva a suceder.
Y quizá eso sea lo que significa aprender a extrañar.
No aprender a dejar de sentir.
Sino aprender a sentir sin quedarme atrapada en aquello que ya terminó.
Porque probablemente siempre habrá una parte de mí que recuerde a la persona con la que alguna vez imaginé todo.
Pero también quiero que exista una versión de mí que sea capaz de imaginar una vida diferente.
Una que todavía no conozco.
Una que no dependa de alguien que decidió tomar otro camino.
Una vida que quizá hoy no puedo visualizar porque todavía estoy acostumbrándome a que ya no estás en mis planes.
Y sí, duele.
Duele muchísimo aceptar que quien alguna vez imaginé a mi lado hoy solamente existe en mis recuerdos.
Pero también estoy entendiendo que los recuerdos no tienen que convertirse en una prisión.
Pueden ser simplemente eso:
una parte de mi historia que alguna vez fue importante.
Una historia que no terminó como yo quería, pero que me enseñó cuánto podía sentir y también cuánto necesito aprender a cuidarme.
Quizá algún día pueda pensar en ti sin preguntarme qué habría pasado.
Sin imaginar futuros alternativos.
Sin desear que el pasado hubiera sido diferente.
Quizá algún día tu recuerdo simplemente me saque una sonrisa y nada más.
Y cuando llegue ese día, sabré que finalmente aprendí a extrañarte.
No porque dejé de quererte.
Sino porque entendí que algunas personas pueden haber sido parte de nuestros sueños y aun así no formar parte de nuestro destino.
Yo te imaginé en toda mi vida.
Y hoy tengo que aprender a imaginar mi vida sin ti.
Tal vez esa sea la parte más difícil.
Pero también puede ser el comienzo de descubrir que, aunque aquella historia terminó, todavía me queda una vida entera por escribir.