Sus sentimientos eran letras,
y cada letra, un pedacito de su alma.
Escribía lo que no decía,
soñaba lo que no encontraba
y convertía en poesía
todo aquello que le hacía sentir.
Tenía el corazón lleno de palabras,
de esas que nacen despacio
cuando una emoción se queda demasiado tiempo
buscando dónde vivir.
A veces escribía para reír,
otras para recordar,
y algunas simplemente
porque había sentimientos
que no cabían dentro de ella.
Quizás por eso sus versos
tenían algo diferente:
no hablaban solamente de amor,
hablaban de vida,
de sueños,
de pequeños milagros,
de volver a empezar.
Ella no escribía poemas.
Ella escribía lo que sentía
cuando las palabras habladas
ya no le alcanzaban.
Y así, sin darse cuenta,
fue dejando su corazón
escondido entre líneas.