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Space Jam — Cuando una película no necesita ser perfecta para convertirse en parte de tu vida

rodrigosegade1000
Pensamiento

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mfuentes73

Jordan bateó apenas .202 con los Birmingham Barons en el 94, y la película agarra eso y lo vuelve destino. Así se arma harto mito: uno se queda con la parte que sirve y el resto lo tapa el tiempo.

Jordan bateó apenas .202 con los Birmingham Barons en el 94, y la película agarra eso y lo vuelve destino. Así se arma harto mito: uno se queda con la parte que sirve y el resto lo tapa el tiempo.

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Hay películas que uno aprende a valorar con los años y hay otras que parecen haber estado siempre ahí. Para mí, Space Jam pertenece completamente a ese segundo grupo.

Es difícil mirarla únicamente como una película porque ya forma parte de una época, de una infancia, de una manera de consumir cine, básquet, dibujos animados y cultura popular que parece irrepetible. Y creo que justamente ahí está gran parte de su encanto: Space Jam no intenta esconder que es un producto absolutamente noventoso.

Al contrario, agarra todo lo que representaba ese momento y lo mete dentro de una misma película con una confianza impresionante.

La premisa, vista fríamente, es una locura. Michael Jordan se interpreta a sí mismo, los Looney Tunes necesitan ganar un partido de básquet contra extraterrestres, los rivales roban el talento de estrellas de la NBA y todo termina resolviéndose con Jordan compartiendo cancha con Bugs Bunny, Daffy Duck y compañía. No debería funcionar. Pero funciona porque la película nunca intenta justificar demasiado su existencia. Acepta desde el comienzo que estamos entrando en un mundo donde Michael Jordan puede caer por un hoyo de golf y aparecer directamente en el universo de los Looney Tunes.

Y hay algo hermoso en esa falta de cinismo.

Hoy muchas películas construidas alrededor de propiedades conocidas sienten la necesidad de guiñarle constantemente el ojo al espectador, como si tuvieran vergüenza de aquello que son. Space Jam no. Es una película donde Bugs Bunny juega al básquet con Michael Jordan y está completamente orgullosa de serlo.

Eso también la vuelve un documento fascinante sobre la figura de Jordan.

La película aparece en un momento donde ya no estamos simplemente ante un deportista extraordinario. Michael Jordan se había convertido en una figura cultural que excedía completamente a la NBA. Para que Space Jam funcione, el espectador tiene que aceptar una idea bastante absurda: que incluso los personajes animados saben quién es Michael Jordan. Y nadie necesita explicarlo porque, en los noventa, parecía completamente lógico.

Me gusta mucho que la película utilice además uno de los capítulos más extraños de su carrera como punto de partida.

Jordan deja el básquet y empieza a jugar béisbol, y Space Jam convierte esa realidad en mitología. No intenta hacer una biografía ni explicar profundamente aquella decisión. Simplemente toma una figura que parecía haber abandonado aquello para lo que había nacido y construye una fantasía donde incluso en otro universo terminan necesitándolo para jugar al básquet.

Es bastante gracioso pensarlo así: Michael Jordan intenta escapar del básquet y tiene que aparecer una dimensión habitada por dibujos animados para recordarle quién es.

Y creo que ahí hay algo más interesante de lo que parece. Jordan pasa buena parte de la película intentando ser otra cosa. Juega béisbol, intenta llevar una vida diferente y parece haberse apartado de aquello que lo convirtió en Michael Jordan. Pero todos alrededor suyo continúan viéndolo exactamente de la misma manera. Para el mundo sigue siendo el mejor jugador de básquet. Incluso para personajes que ni siquiera pertenecen al mundo real.

Entonces Space Jam, debajo de toda su estupidez maravillosa, termina funcionando también como una película sobre alguien que intenta alejarse de su identidad y descubre que hay cosas de uno mismo que resultan bastante difíciles de abandonar.

Después están los Looney Tunes, y creo que ahí la película toma una decisión fundamental: no intenta volverlos más realistas para que puedan convivir con Jordan. Hace exactamente lo contrario. Obliga a Michael Jordan a entrar en la lógica de ellos.

Eso es clave.

Cuando Jordan llega a Toon World, las leyes físicas dejan de importar. Los cuerpos pueden aplastarse, estirarse, explotar y reconstruirse segundos después. El básquet deja de obedecer a las reglas normales del deporte y empieza a obedecer a las reglas de un dibujo animado. Y la película entiende que la gracia no estaba en ver a Bugs Bunny comportándose como una persona real, sino en ver a Michael Jordan intentando sobrevivir dentro de un mundo donde la realidad dejó de funcionar como él esperaba.

Técnicamente, además, sigue teniendo muchísimo encanto la integración entre actores reales y animación. Hay algo artesanal en esos planos donde Jordan toca, empuja o interactúa con personajes que obviamente no estaban ahí durante el rodaje. Quizás hoy podamos detectar mejor ciertos trucos, pero eso no le quita magia. En algunos momentos incluso se la agrega, porque forma parte de ese cine de los noventa donde el espectáculo todavía tenía cierta materialidad.

Y hay otro detalle que para mí sostiene muchísimo la película: Michael Jordan no es actor.

Y está perfecto.

Sería rarísimo que Jordan apareciera haciendo una interpretación dramática sofisticada. Lo divertido es precisamente verlo siendo Michael Jordan metido dentro de una película donde todos los demás aceptan que su presencia es lo más natural del mundo. Tiene un carisma que alcanza para sostener el experimento y, además, la película entiende que alrededor suyo tiene que poner personajes capaces de generar el caos que él no genera.

Ahí entra Bill Murray.

Y cada vez que aparece es buenísimo.

Su presencia funciona porque lleva todavía más lejos la lógica absurda de la película. Bill Murray interpreta prácticamente una versión de sí mismo desesperada por demostrar que podría jugar en la NBA, aparece cuando la historia lo necesita y nadie parece demasiado interesado en entender cómo llegó hasta ahí. Y el chiste funciona justamente porque Space Jam nunca pretende establecer reglas suficientemente serias como para que tengamos que hacer preguntas.

También me encanta la utilización de los jugadores de la NBA que pierden su talento. Charles Barkley, Patrick Ewing, Muggsy Bogues, Larry Johnson y Shawn Bradley aparecen participando del chiste de una manera que hoy casi funciona como una cápsula de aquella NBA. La película entendió que el atractivo no consistía solamente en tener a Jordan, sino en construir un pequeño universo alrededor del básquet profesional de ese momento.

Por eso los Monstars funcionan tan bien como concepto. No son simplemente monstruos enormes. Son versiones deformadas del talento de jugadores reales. Y entonces la solución no puede ser simplemente que los Looney Tunes aprendan a jugar mejor. Necesitan a Jordan porque el partido está construido alrededor de una idea muy sencilla: enfrentarse a una combinación imposible de talento utilizando al hombre que culturalmente representaba la excelencia absoluta en ese deporte.

Y ahí aparece una de las escenas más recordadas: el “Secret Stuff”.

Bugs les hace creer que necesitan tomar algo especial para jugar mejor cuando, en realidad, no hay nada extraordinario dentro de la botella. Es un gag muy simple, pero resume perfectamente el tipo de película que es Space Jam. Los Looney Tunes no necesitaban una sustancia mágica. Necesitaban creer que podían competir.

Es una idea deportiva completamente clásica metida dentro de la lógica de un dibujo animado. Y después Jordan estira el brazo desde prácticamente media cancha para hacer el punto final.

No tiene sentido y no necesita tenerlo.

Es exactamente el tipo de imagen que la película pasó una hora y media preparando: el deportista real más grande del momento adoptando finalmente las reglas de los dibujos animados para poder ganar.

Por eso creo que Space Jam funciona todavía hoy. No porque sea una película perfecta ni porque todo haya envejecido igual de bien. Funciona porque tiene una personalidad enorme. Sabés exactamente en qué década fue hecha, qué estrellas importaban, qué música sonaba, qué NBA estaba dominando la cultura y qué personajes formaban parte del imaginario de millones de chicos.

Y, sobre todo, tiene algo que muchas películas diseñadas alrededor de grandes marcas pierden: diversión.

Uno siente que la película quiere divertir antes que justificar su propia existencia.

Quiere mostrar a Jordan jugando con Bugs.

Quiere que Daffy se pelee con todo el mundo.

Quiere que Bill Murray aparezca de la nada.

Quiere que unos extraterrestres se roben las habilidades de jugadores de la NBA.

Y quiere hacerlo con la misma seriedad con la que un chico mezcla juguetes completamente distintos en el piso de su pieza y decide que pertenecen todos a la misma historia.

Quizás por eso me resulta imposible verla con demasiada distancia crítica. Space Jam pertenece a ese grupo de películas que pueden estar llenas de imperfecciones y, aun así, haber conseguido algo mucho más difícil que la perfección: convertirse en un recuerdo compartido.

Porque hay películas que uno admira por cómo están hechas, otras por aquello que dicen y algunas muy pocas que simplemente quedan asociadas para siempre a una etapa de nuestra vida. Para mí, Space Jam es exactamente eso: Michael Jordan, Bugs Bunny, una cancha imposible y la sensación de que, durante un rato, cualquier universo podía entrar dentro de una pantalla.

Thoughts

  • sobregiro

    El Secret Stuff era agua y ganaron igual. Causa, eso es un coach motivacional entero metido en una botella.

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  • mfuentes73

    Jordan bateó apenas .202 con los Birmingham Barons en el 94, y la película agarra eso y lo vuelve destino. Así se arma harto mito: uno se queda con la parte que sirve y el resto lo tapa el tiempo.

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Hay películas que uno aprende a valorar con los años y hay otras que parecen haber estado siempre ahí. Para mí, Space Jam pertenece completamente a ese segundo grupo.

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