Soledad… ¿Por qué le temo tanto, si tantos aseguran que en ella habita la paz?…
Es extraño, mientras el mundo la celebra como refugio…
a mí se me aparece como un abismo sin fondo abierto bajo los pies del cual no puedo escapar aunque trate de no pensar.
No he sabido nada de la mujer que amo.
No sé si duerme tranquila, si ríe todavía.
Si alguna vez detiene el tiempo para recordar mi nombre… o si ya yace en el olvido.
Tengo miedo… un miedo profundo, como el de quien conoce el final posible y aun así se aferra a la esperanza de que no llegue.
Siento una gran emoción porque dentro de una semana volveré a verla aunque…
Aunque sea solo porque el destino nos arrastre de nuevo a ese entorno vil y desagradable llamado aula, la veré después de tanto tiempo.
Y esa certeza, lejos de calmarme, me quema…
Cada hora que pasa es una pequeña herida.
El miedo crece lentamente, el miedo a descubrir que un amor se ha ido apagando en silencio, sin gritos, solo con la distancia y la falta de mirarnos o incluso sentirnos…
Para mí esperar no es castigo. Yo podría esperarla años si hiciera falta pero…
Pero temo que su corazón no soporte el mismo silencio, que la vida le ofrezca otras manos, otro amor…
La vida me ha tentado más de una vez. Si el tiempo me ha puesto al borde del hilo, me ha susurrado que suelte, que olvide, que me entregue a la lujuria, que me entregue yo a otras manos, pero amo tanto a esa mujer que ninguna tentación me va a hacer caer.
Sigo firme aunque la vida me haya puesto a prueba.
Sigo amándola, deseándola, eligiéndola una y otra vez, incluso cuando ella no está para recibirlo.
Mantengo firme la promesa que nos hicimos: amarnos sin olvido, sin traición, aunque la vida nos separe y las personas nos incomuniquen.
Aunque los días se alarguen y las noches se vuelvan pesadas.
Esa promesa es lo único que todavía sostiene ese puente que nos une.
La extraño con una fuerza que duele aunque no haya herida ni golpe.
Y es precisamente el amor lo que me impide creer que ella sea capaz de romper lo que juramos.
Aun así… el miedo de perderla sigue ahí, como algo pequeño…
Pequeño, pero constante. Como si de una astilla clavada en el dedo se tratase, tan fina que a veces casi se olvida, pero lo suficientemente molesta como para recordarte, en cada momento, que algo no está completo.
Y mientras espero el día de nuestro reencuentro, la soledad me observa.
Y yo la miro de frente,
preguntándome una y otra vez por qué le tengo tanto miedo...
a algo que juran trae la dichosa paz...