El cielo se oscureció
y el trueno aún lejano
una gran fiesta inició.
El olor de tierra húmeda
traía alivio a la siembra.
Caen gotas sobre el techo
como arrullo de canciones,
invitando al sueño
de verdes pimentones.
Siguió lloviendo,
la fiesta terminó.
Aquello que ocurrió
jamás se olvidó.
La fuerza de la tormenta
la montaña desgarró
y el eco de su rugido
el tiempo atravesó.
Bajo el barro la vida quedó.
Un pueblo con su pala
se niega a caer derrotado,
viendo enterrado aquello
que aún no está sepultado.
Aún resiste al olvido
de sus propias tradiciones,
ya sin verdes pimentones.
Las huellas de aquel día
aún están presentes
en el juego repetido
de los niños en el patio,
enterrando y salvando
sus ollitas de barro,
y en el trueno de la tarde,
callando de golpe
las voces de la calle.
Caen gotas sobre el techo
como el llanto de un bebé,
propiciando el desvelo
de una fiebre que no cede.