Perdón pero yo me quedé en que el arquero se llamaba Gallo y atajó tres // ese señor merecía las empanadillas gratis de por vida
Pensamiento
Perdón pero yo me quedé en que el arquero se llamaba Gallo y atajó tres // ese señor merecía las empanadillas gratis de por vida
Contenido de la publicación
Tantas preguntas vienen a la mente cuando uno está divagando: tantos caminos por los que hubiéramos podido optar a lo largo de la vida, cuántas otras cosas hubiéramos vivido y cuántas otras no. Pero algo es indudable, somos las decisiones que tomamos y las experiencias que vivimos. Nos formamos mientras elegimos, y el elegir trae consecuencias: buenas, malas y de las otras.
La pregunta de si pudieras volver el tiempo atrás y viajar a un cierto momento de tu vida es recurrente. ¿Qué harías? ¿Qué le dirías a tu yo de hace diez, veinte o treinta años? Ese yo, ¿escucharía los consejos? O tal vez, ese yo sí recibió los consejos pero los ignoró. ¿Y si éramos nosotros mismos, viajando desde el futuro, ese perro que nos atacó y nos hizo perder una cita, o el auto que chocó y nos llevó al hospital? ¿Podríamos haber sido nosotros moviendo los hilos cuando no nos aceptaron en ese trabajo, o cuando encontramos ese libro que nos llevó a conocer a la pareja con la cual vivimos hoy?
Es una pregunta que siempre viene a mi mente, y básicamente concluyo en que la vida es así: somos lo que hicimos bien y lo que no, también. Cada decisión que tomamos es una elección que deja a otra posibilidad fuera de nuestras vidas. Pero hay una decisión en particular de la que sí me arrepiento. Me arrepiento de no haberla tomado porque yo sabía que era lo correcto y, aun así, decidí no hacerlo. Nunca superaré el hecho de no haberme animado ese domingo.
Aquel domingo lo recuerdo a flor de piel: el olor, el color, las sensaciones. Hasta puedo sentarme un domingo de invierno a recordar y sentir en la piel el calor abrasador del sol que hacía. Fue maravilloso y único. En este momento, mientras escribo, el paisaje me rodea y me centra en la acción; me veo y los veo desde arriba, escucho los gritos, la música, los pájaros, la pelota. Todo vuelve a mí, me transporta, y me dan ganas de quedarme ahí por mucho tiempo. Pero el recuerdo siempre termina siendo interrumpido por el presente.
Era domingo, como dije. Tenía doce años y un campeonato de fútbol al cual, de seguro, no me iban a dejar ir. Y era lógico: empezaba a las cuatro de la tarde, era una insolación clavada y, además, en Santiago del Estero la siesta era religión. Le pregunté a mi mamá y me dijo que no. Pero, bien bicho como era, sabía que no debía levantar sospechas, así que no rezongué e hice como que no me importaba. Almorzamos, levantamos la mesa y a la siesta. Como todo domingo, seguramente nadie se iba a levantar hasta las seis de la tarde, así que tenía tiempo de sobra para ir, jugar un partido, perder y volver; ese era mi plan.
Mamá se durmió profundamente, señal inequívoca de que desde arriba me daban luz verde: andá. Con toda tranquilidad y agarrando el bolso que usábamos para hacer las compras en el almacén —ese de plástico tipo red—, salí. Puse en su interior una remera, un botín y una botellita de Aceite Esmeralda que me había regalado mi abuelo. El corazón me latía a mil por hora, pero sabía que ese miedo se me iba a pasar en cuanto pisara el club. El calor era abrasador. Mojé mi gorra, me la coloqué, salté la tapia y allá fui. A medida que me acercaba, el miedo disminuía y mi ilusión aumentaba. Entré, fui a ver a los chicos y armamos el equipo. Yo no era bueno jugando, pero me defendía por mi porte físico; en realidad, nadie en el equipo era bueno, salvo nuestro arquero.
Ah, qué contarles de nuestro arquero. Era la carta bajo la manga, nuestro Maradona en el arco (porque Messi en 1991 todavía no estaba ni en los planes). Nuestra estrategia era simple: defendamos el arco con nuestra vida y vayamos a los penales; ahí la historia cambiaba y, quizás, con esa táctica alguna vez ganaríamos algún campeonato.
"Gallo" le decíamos —no sé por qué— y era formidable. Solo había un problema: él, desde las cuatro de la tarde, salía a vender para ayudar a mantener a su familia. Vendía tortilla a la parrilla, empanadillas y rosquetes. Muchas veces, cuando querían burlarse de él, le gritaban: "¡Eh, tortillero!", pero tan asumido tenía su rol que, creo yo, ni le afectaba.
Esa tarde Gallo no llegaba y nos empezamos a preocupar; sin él, éramos la nada misma. A las cuatro y media se sorteó el campeonato. Nos tocaba contra un pueblo vecino. Uff, sin Gallo estábamos afuera. Decidimos ir a su casa y no lo encontramos; su mamá nos dijo que lo buscáramos en la estación de servicio, que quizás estaba vendiendo por ahí. Recorrimos el trayecto en bicicleta los cuatro que éramos hasta que dimos con él. Le quedaba un montón de mercadería por vender y de seguro no iba a llegar a tiempo. Ideamos un plan: si ganábamos, le comprábamos todo. Hoy lo pienso y digo: ¡cuánta confianza nos teníamos! Lo más loco es que él aceptó y nos fuimos juntos al campeonato.
Les voy a resumir el torneo: primer partido, ganamos 2 a 1. Segundo partido, ganamos 1 a 0. Tercer partido, ganamos 1 a 0, y eso nos dejó directo en la final.
La final. Un lugar en el que nunca habíamos estado, a un solo paso de lograr la hazaña, de ser famosos en el pueblo y de tener una anécdota para contar toda la vida, además de poder comprarle la producción a nuestro amigo.
El partido era durísimo, estábamos cansados y ya se había hecho tarde. Mi mamá, junto con las madres de otros chicos que habían hecho la misma jugarreta, fueron a buscarnos al club. Miré a la tribuna desde adentro de la cancha y el rostro de mi vieja era de terror; yo sabía muy bien lo que me esperaba en casa. Ella se cercioró de que la viera para que me quedara claro. Pero, ¿saben? Era tan grande la ilusión de ganar un campeonato que nada podía opacar lo que estábamos logrando. El partido empezó y Gallo sacaba absolutamente todo. Yo tenía varias raspaduras y estaba ensangrentado, pero miraba mis heridas y las lucía con orgullo; incluso, cuando me las querían limpiar, les decía que no, para que el público las pudiera apreciar en todo su esplendor.
El primer tiempo terminó 1 a 0, perdiendo. Fuimos al entretiempo y, sin desmotivarnos, preparamos jugadas. Entiendan que eran "jugadas" de chicos de doce años, nada más elaborado que un "cuando vos tires el centro, buscame a mi en el segundo palo", o cosas por el estilo. Empezamos el segundo tiempo y ¡zas! Clavamos el empate. Alegría, emoción, locura; el sueño estaba cerca.
Fin del partido y al alargue: diez minutos de corrido. Otro empate, y a los penales.
¿Saben qué? Gallo atajó tres. Y ganamos. Sí, ganamos. No sé cómo transmitirles con palabras la emoción de sentirnos superiores, de saber que cada uno de nosotros había resuelto un problema para poder estar ahí y lograr el objetivo. Saltábamos, gritábamos, nos abrazábamos; era una locura, una experiencia que nunca antes habíamos vivido.
Recibimos el premio cuando la tarde ya caía, rozando las ocho de la noche. El dinero del premio solo nos alcanzó para comprarle a Gallo una docena de empanadillas y una tortilla que, junto a un par de Coca-Colas, disfrutamos entre todos hasta que tuvimos que volver a la cruda realidad.
A mí en casa me castigaron, a un par más también, y Gallo fue seriamente reprendido porque perder un día de trabajo era mucho para la economía de su casa. A menudo nos encontramos y charlamos de ese campeonato que quedará para siempre en nuestras mentes y corazones. Tal vez, al contarlo a través de los años, me vuelva un poco parcial y le agregue algo de mística, pero así es tal cual lo recuerdo.
Ah, se preguntarán qué es lo que me reprocho del principio. Bueno, resulta que cuando empatamos y fuimos al alargue, me hicieron un penal y decidí patearlo yo. Nos juntamos a hablar y Carlos, otro amigo, me dijo: "Antes de patear, besá la pelota. Es de buena suerte, Maradona siempre hace eso". Pero como no soy cabulero, no lo hice. Y erré. No se imaginan la sensación espantosa de haberle fallado a mis compañeros. Fue solo gracias a Gallo y a sus atajadas heroicas que esa acción no me marcó de por vida.
Aun así, hoy todavía me queda esa espina, la sensación de preguntarme qué hubiera pasado si la hubiera besado esa tarde.
Respuestas
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PermalinkPerdón pero yo me quedé en que el arquero se llamaba Gallo y atajó tres // ese señor merecía las empanadillas gratis de por vida
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PermalinkMe da la impresión de que si besaba la pelota y erraba igual, hoy no le quedaba ninguna espina. Lo que le quedó fue que Carlos le pasó el dato y usted dijo que no, parce.
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PermalinkA los doce yo también me escapaba en la hora de la siesta, y el miedo grande venía después, cuando había que volver y ver si la casa estaba despierta. Me llama la atención que de todo ese domingo lo que te quedó clavado sea el penal, y no el castigo ni la cara de tu madre mirándote desde la tribuna. Yo tengo dos o tres cosas así guardadas, chicas, que no le importan a nadie más y que sigo repasando.
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PermalinkEl plan de comprarle toda la mercadería a Gallo si ganaban, y que el premio al final solo alcanzara para una docena de empanadillas y una tortilla entre todos. Seguro que Gallo cuenta esa final más veces que tú, y que en su versión el penal errado ni aparece. Gracias por compartirlo! ¿Vas a publicar más historias de ese pueblo?
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