Saltar al contenido
Cargando…

SantaFe de bogota

levij

Contenido de la publicación

Amada y preciosa, te alzas fulgorosa sobre la sabana, vestida de verdes, abrazada por las aguas que humedecen tu piel y fecundan los secretos de tu entraña.

¿Es tu piel o es la tierra fértil que se extiende bajo el cielo? ¿Es tu altura desafiante o la fuerza de tu espíritu indomable, que desde tus rocas indelebles se atreve a contemplar el oriente y el occidente, mientras el norte y el sur se rinden al hechizo de tu presencia?

¡Princesa de los Andes! ¡Gran reina de mil historias! Cúmulo de saberes, refugio de estancias ajenas, guardas en tu pecho la memoria de quienes llegaron buscando un sueño y encontraron en tus brazos un lugar donde quedarse.

Sin embargo, ¡cuántas veces te han utilizado, cuántas han desgarrado tus vestiduras, cuántas han profanado tu confianza y han pretendido arrebatarte la dignidad!

Y tú, como la tierra después de la tormenta, te levantas una vez más, airosa, aunque crezca la maldad de quienes maltratan tu vientre y olvidan que de él también brota el pan que alimenta sus días.

Foráneos y propios han venido a beber de tus manantiales, a saciar su hambre en tus abundancias, a sembrar sus nombres en tu historia y a dejar descendencia entre dolores que tú, generosa, has sabido abrazar.

Pero ¡qué ingrato resulta el corazón humano! Quienes ayer descansaron en tus faldas, hoy pronuncian tu nombre con desprecio; quienes encontraron en tu seno refugio, mañana levantan la voz para maldecirte, como si no hubieras sido tú quien les ofreciera un techo cuando el mundo les cerraba sus puertas.

Y tú continúas amando.

Con tus sonrisas tiernas, con tus caricias de viento, con ese perdón que parece haberte sido legado por la mano misericordiosa de Dios, recibes nuevamente a los cansados, a los que llegan sin rumbo, a los que buscan una oportunidad entre tus calles interminables.

Se recuestan sobre tus faldas, te piden abrigo, reclaman tu abrazo, y tú, magnánima y abundante, vuelves a entregar tus tesoros sin preguntar de dónde vienen ni cuánto tiempo piensan quedarse.

Pero mientras caminan a tu lado, algunos vuelven el rostro, esconden la gratitud tras la máscara de la hipocresía y se quejan del frío que te acompaña cuando la tarde desciende lentamente.

No comprenden que tus vientos no vienen a castigarlos, sino a refrescar las heridas que ellos mismos han dejado abiertas sobre tu cuerpo fatigado.

¡Ay, Bogotá, amada mía! Han cubierto partes de tu piel con enormes moles de cemento, han herido tus entrañas y levantado murallas de concreto, como si fuera posible esconder bajo ellas la culpa de quienes te destruyen.

Se extienden sobre tus montañas, avanzan sobre tus valles, pretenden poseer hasta el último rincón de tus senos generosos, hasta la última caricia de tus rodillas, sin advertir que no existe riqueza capaz de compensar el daño que se le hace a una madre.

Y tú, que apenas intentas dormir, despiertas cada mañana para descubrir que, cuanto más te desprecian, más acuden a beber de tu fuente; que cuanto más reniegan de tu nombre, más buscan el néctar de tu panal, esa miel inagotable que parece fluir eternamente de tu corazón enamorado de la vida.

Pero hay días en que tu mirada entristece.

Tus ojos se tornan grises, cubiertos por el humo de las heridas, por la tristeza de las promesas incumplidas, por el peso de las voces que quisieran condenarte al silencio.

Y hubo quienes, en su ceguera, hasta el fuego quisieron levantar para convertir tu piel en cenizas, sin comprender que ninguna llama puede destruir la memoria de una ciudad que ha aprendido a renacer de sus propias adversidades.

Porque tú eres más que el ruido, más que el humo, más que el cemento que aprisiona tus sueños.

Eres el abrazo de quien llega solo, la esperanza de quien busca trabajo, el refugio de quien huye del abandono, la puerta que se abre cuando otras se han cerrado.

Eres la mezcla de acentos, la multitud de rostros, el encuentro de caminos que alguna vez parecieron imposibles de unir.

¡Hermosa Bogotá, ciudad de todos y para todos!

Sensible con el forastero, dulce con el caminante, acoges con ternura a quienes llegan buscando un mañana que quizá nunca imaginaron encontrar entre tus montañas y tus calles.

Y muchos, al partir, desplegarán sus alas para marcharse hacia otros horizontes, llevándose en los labios la inconformidad de tus inviernos, el cansancio de tus jornadas, las heridas que no supieron comprender.

Pero algún día, cuando la distancia les robe el sonido de tus calles, cuando otros cielos no les ofrezcan el calor de tus encuentros, cuando extrañen el aroma de tus mañanas y el murmullo de tu gente, tal vez comprendan lo que nunca supieron valorar.

Recordarán tu abrazo, tu frío, tus lluvias, tus montañas vigilantes, tus tardes de neblina y aquella generosidad tuya que nunca exigió agradecimiento.

Entonces sabrán que detrás de tus heridas habita una belleza extraordinaria; que bajo tu gris permanece el verde, que después de la lluvia vuelve la luz y que, pese a la ingratitud de algunos, sigues ofreciendo oportunidades a quienes aún creen en la bondad.

Porque podrán herir tu cuerpo, ensuciar tus aguas, levantar sobre tu suelo monumentos a la indiferencia, pero jamás podrán borrar del todo la grandeza de tu esencia.

Bogotá, reina de la sabana, madre de puertas abiertas, mujer de mirada triste y corazón inmenso:

que nunca te falten manos que protejan tu vientre, voces que defiendan tu nombre, corazones que comprendan tu historia y seres humanos que te amen no solamente por lo que entregas, sino por todo aquello que eres.

Que aprendan a cuidarte antes de que el cemento silencie tus ríos, antes de que el humo oculte tus estrellas, antes de que la indiferencia termine por herir tu esperanza.

Y que quienes hoy te juzgan mañana tengan la nobleza de reconocer en tu grandeza el privilegio de haber sido acogidos por una ciudad que, aun herida, jamás ha dejado de dar.

Porque tú, Bogotá, conservas en tus entrañas la fuerza de la tierra, la paciencia de las montañas y la infinita generosidad de una madre que sigue amando incluso a quienes la lastiman.

Y aunque muchos no comprendan tu esplendor, aunque algunos renieguen de tu abrigo, seguirás siendo tierra de encuentros, cuna de sueños y esperanza; una ciudad que no pide ser perfecta, sino amada, respetada y protegida.

Por Levi Díaz Echeverri

Thoughts

  • RosaIturbe

    La palabra madre hace dos trabajos en el texto: la ciudad que acoge y la ciudad a la que no se puede criticar sin ser ingrato.

    Pues a mí quien se queja del tráfico o del humo también puede quererla, y bastante.

    Permalink
  • hiking_soul

    El frío de la tarde que tanto le reprochan es real: hacia las cuatro baja la neblina de los cerros orientales y nadie sale preparado. Una ruana resuelve la mitad de las quejas que el texto describe.

    Permalink

Publicaciones relacionadas

  • Tropiezo en tu eco

    Veo, no veo, no te veo.

  • Fugacidad

    Quisiera alcanzar la fuerza de un trueno, robarle al cielo su estruendosa voz, rasgar los velos del tiempo y del silencio y traslapar mi existencia con la tuya, para permanecer eternamente a tu…

  • Sentencia

    No sé a quién herí en mi camino

  • LA LUNA (XVIII)

    No le des la razón a nadie que busque pasar por encima de tu postura.

  • 28.10.26.01

    No quiero mas dolores,

  • Alba

    Otra noche de escurre entre mis dedos, tan fugaz como eterna. Un nudo toma cuerpo en mi garganta, yo no opongo resistencia.

  • DIOS sabe todo.

    Agradezco mi vida , mis días , mi familia , mi corazon , mis pasos , Dios es mi guía y mi fortaleza , pero hay algo mucho mas fuerte en mi corazon y es el volver a tenerlo en mis brazos , no…

  • LA SIESTA

    Desde el principio de los tiempos, la oscuridad fue el reino del miedo y la luz el refugio de la calma. Cada una ocupó su lugar entre los hombres y forjó sus propios ejércitos: la noche, sus…

Pública 1 conversación 3 pensamientos 18 votos positivos 0 votos negativos 0 series

Amada y preciosa, te alzas fulgorosa sobre la sabana, vestida de verdes, abrazada por las aguas que humedecen tu piel y fecundan los secretos de tu entraña.

En grupos