Es una suavidad al dormir en una habitación café, café clarito de ese que parece café con leche en la mañana. Es su respiración profunda colándose entre sus labios cada vez que camina un poquito; el odiar las mañanas y al arroz.
Un rosado que emanaba de todo su ser solo porque quiso hacer al gris desaparecer.
Esa intensidad de la risotada en la madrugada, los encuentros casuales no-tan-casuales porque siempre te va a aparecer con lo primero que se le pase por la cabeza.
"–Oye, que feo es Luis Miguel.–" Te susurra despacio tras debatirte sobre lo roja que está la política y que el cielo está azul, pero también acaba de darle la última calada a ese cigarro gris. Gris. Pero sus palabras se transformaban en morado, viajando en nubes que terminarían en lluvia, porque siempre hay lluvia de noche en su casa.
Ese olorcito entre perfume barato, un café de tarro y un cigarro mañanero mezclandose perfectamente en la camiseta desgastada de su ex novio, que por cierto, ya traía olor a sudor añejo.
Porque las novedades traían gusto a voz grave y avainillada y sus manos se sentían amargas entre tanto encendedor y fuego, entre tanto alcohol y juego. Pero su vestimenta siempre chillaba en rosados-amarillos y violetas, chillaban tanto-tanto que te dolía un poquito la vista, pero desentonaban con el gris de su rostro. La dicotomía constante de alguien que luchaba para apagar su gris y encender el rosa. Porque maldita sea, que lindo color es el rosa, pero la calle no es rosa, la vida no es rosa.
él quiere ser rosa.