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Rogelio y Doña Elvira Sensible

Rulo1948
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A Rogelio desde chico siempre le gustó dar masajes. Desde muy pequeño, siguiendo los pasos de su abuelo, que era de esos viejos que acomodaban huesos y aliviaban dolores con solo sus manos. Después…

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A Rogelio desde chico siempre le gustó dar masajes. Desde muy pequeño, siguiendo los pasos de su abuelo, que era de esos viejos que acomodaban huesos y aliviaban dolores con solo sus manos. Después de terminar la secundaria, hizo un curso formal y se dedicó por completo a eso: a seguir el camino de su abuelo. Tenía algunos clientes, era bastante bueno, pero fallaba en lo que muchos llaman "marketing". No se hacía el sabiondo, no sacaba avisos en los diarios, no andaba presumiendo. Por eso no tenía mucha clientela, pero así y todo lograba sobrevivir. Con su moto, de pueblo en pueblo, de casa en casa, iba cuando lo llamaban para llevar alivio con sus manos.

Un día, una chica lo llamó y le preguntó si podía ir a la casa de su patrona: una mujer ya de edad, que se la pasaba en la cama, llena de dolores y con poco ánimo. Rogelio, siempre solícito, no lo dudó. Subió a su moto, con su bolso de lona al hombro, y llegó hasta esa casa grande, antigua, con jardines descuidados. Allí lo recibieron y lo llevaron a la habitación principal.

En la cama estaba ella: Doña Elvira. Una mujer mayor, de rostro serio, casi severo, con el cabello blanco recogido prolijamente. Se veía que estaba dolorida, que el cuerpo le pesaba más que los años. Lo miró con desconfianza, como quien espera que lo defrauden una vez más.

—Vos sos el muchacho que da masajes? —le preguntó con voz seca, sin sonreír.

—Sí, Doña Elvira. Soy Rogelio. Vengo a ayudarla, si me lo permite. No le prometo milagros, pero le prometo que pondré todo mi cariño y mis manos para aliviarla.

Ella suspiró, escéptica.

—Ya vinieron muchos. Ninguno sirvió. Hacé lo que puedas, muchacho. Pero no te hagas ilusiones.

Rogelio no se ofendió. Sonrió suavemente, dejó su bolso en una silla, se lavó las manos con el agua que le ofrecieron, y se acercó a la cama con esa calma que solo él sabía transmitir.

El primer masaje de Rogelio duró aproximadamente dos horas enteras. Con una paciencia infinita, fue recorriendo cada parte de ese cuerpo que llevaba años sufriendo. Empezó por el cuello, donde los músculos estaban tensos como cuerdas viejas, luego bajó a los hombros cargados de años y de penas, siguió por los brazos y los antebrazos, donde sus manos expertas iban deshaciendo nudos que nadie más había logrado encontrar.

Doña Elvira, rígida y desconfiada, a veces se quejaba entre dientes cuando el dolor se hacía sentir.

—¡Ay… cuidado, muchacho! —decía con voz tensa.

Y Rogelio, sin detenerse pero aflojando la presión al instante, le respondía con voz suave y tranquila:

—Ya está, Doña Elvira… ya está, respire hondo, despacio… ahí le aflojo, no se apure… vamos de a poco, juntos.

Le hablaba como se le habla a un niño que tiene miedo, con calma, con cariño, y ella, poco a poco, fue soltando la tensión.

Cuando terminó con la parte de arriba, Rogelio se detuvo y le preguntó con el mayor respeto:

—Doña Elvira… ¿me permitiría continuar con su cintura y sus piernas? Ahí suele acumularse mucho dolor también. Si no quiere, no hay problema. Lo que usted diga.

Ella dudó un momento, miró sus manos jóvenes y limpias, y asintió a regañadientes:

—Está bien… pero despacio, por favor.

Y Rogelio continuó. Con mucho respeto, con delicadeza, fue trabajando su espalda baja, sus caderas, sus piernas de arriba abajo, deshaciendo rigidez acumulada durante años.

Cuando terminó, Doña Elvira se quedó un momento en silencio, sin moverse, sorprendida. A pesar de los dolores que todavía sentía, sentía algo diferente: una ligereza que no recordaba tener. Pero más que el alivio físico, era la voz del muchacho, sus palabras sencillas, su charla tranquila sin prisas, lo que le había llegado al alma. Hacía años que nadie le hablaba así, sin pedirle nada, sin juzgarla, solo acompañándola. Por primera vez en mucho tiempo, sintió paz.

—Gracias, muchacho —le dijo, ya sin esa dureza de antes—. Vuelva mañana. A la misma hora.

Rogelio sonrió, recogió sus cosas y le dijo:

—Aquí estaré, Doña Elvira. Que descanse.

A los otros días, Rogelio llegó puntual como siempre. Esta vez la puerta se abrió antes de que tocara, y Doña Elvira lo esperaba con una sonrisa suave y los ojos más brillantes, mucho más animada que la primera vez.

—Pase, muchacho… lo estaba esperando.

Rogelio sacó de su bolso unos frascos de aceites aromáticos que había comprado con sus últimos ahorros, y comenzó a calentar sus manos antes de tocarla.

—Hoy vamos con algo más suave, Doña Elvira. Esto le va a ayudar a relajar la piel y los músculos.

Mientras trabajaba, recorriendo vértebra por vértebra con una precisión asombrosa, ella le comentó:

—¿Qué novedades hay, hijo? Como ves, la columna la tengo a la miseria… es lo de siempre, paso prácticamente en cama y ya casi no tengo fuerza en las piernas.

Rogelio no respondió de inmediato. Siguió explorando con sus dedos expertos, y luego dijo con calma:

—Doña Elvira… encontré algo. Tiene dos vértebras que se han salido de su lugar, y por eso esas dos hernias que le causan tanto dolor. Pero no se preocupe… sé cómo acomodarlas. Va a doler un poquito, pero solo un instante. Respire hondo conmigo.

Con paciencia infinita, fue tocando, presionando suavemente, y en un movimiento preciso, acomodó la primera. Doña Elvira dio un respingo de dolor.

—¡Tranquila… ya está, ya está en su lugar! —le dijo Rogelio con voz serena—. Solo una más, aguante un poquitito.

Y así, con cuidado y sabiduría, acomodó la segunda vértebra. El dolor agudo desapareció casi al instante. Esta vez no fueron solo masajes: entre una cosa y otra, charlaron largo rato, tomaron unos mates calentitos, y la tarde se les fue volando. Doña Elvira estaba de mejor humor que en años.

—Dígame, muchacho… ¿no tienes otros clientes que atender?

Rogelio se encogió de hombros con sinceridad:

—La verdad, Doña Elvira… tengo muy poco trabajo. Soy bueno en lo que hago, lo sé, pero no soy de sacar avisos ni de andar presumiendo. Y hay mucha gente que me dice que lo que cobro es caro, sin entender ni valorar lo que hago. Así que a veces pasan días sin que me llame nadie.

—¿Y qué haces entonces, cuando no te llaman? —le preguntó ella con curiosidad.

—Hago de todo, señora. Corto pasto, pinto paredes, cuido jardines… lo que sea, mientras sea trabajo honesto. No me avergüenzo de nada.

Doña Elvira lo miró a los ojos, con esa mirada sabia de quien ha visto mucho en la vida, y le dijo:

—Entonces te voy a hacer una propuesta, Rogelio. ¿Con quién vives?

—Solo, señora. Mis padres viven en Buenos Aires. Yo me quedé aquí, solo.

—¿Y dónde vives?

—En un barrio humilde… alquilo una piecita chiquita.

Ella asintió, y con firmeza pero con mucha calidez le dijo:

—Haz una cosa, muchacho. Te vienes a vivir aquí. Tienes habitación de sobra. Te vas a encargar del jardín, del mantenimiento de la casa, de mis masajes, de acompañarme… y te voy a pagar un sueldo muy bueno, mucho mejor que lo que ganas yendo de casa en casa. No me respondas ahora… pensalo.

Rogelio se le iluminó el rostro como nunca antes. Sus ojos se llenaron de brillo y de gratitud.

—No tengo nada que pensar, Doña Elvira. Acepto. Con toda mi alma acepto. Muchas gracias… no sabe lo que significa esto para mí.

—Al contrario, muchacho —le dijo ella con una sonrisa genuina—. Tú me haces un favor a mí. Esta casa estaba demasiado sola, y yo también. Ven cuando quieras, esta es tu casa ahora.

Y así, la suerte de Rogelio comenzó a cambiar. No solo tenía un techo seguro y un trabajo digno, sino que por primera vez en mucho tiempo, ambos tenían compañía, alguien con quien compartir los días, las charlas, los mates.

Rogelio estaba en el cielo. Tenía una habitación amplia y luminosa, un baño impecable, comida rica y abundante todos los días, y un trabajo que lo hacía sentir útil y valorado. Se levantaba al amanecer, con el cuerpo lleno de energía: por la mañana cortaba el pasto, pintaba las paredes, podaba las rosas, arreglaba lo que estuviera roto. A la tarde, lavaba sus manos con esmero y subía a la habitación de Doña Elvira para darle sus masajes.

Al mes, la casa era otra. El jardín que estaba abandonado florecía, las paredes lucían limpias y frescas, cada rincón brillaba. La chica que venía a ayudar con la limpieza y la comida no salía de su asombro:

—¡Qué milagro hizo este muchacho! —decía maravillada—. Es otra casa, ¡no la reconozco!

Rogelio sonreía humilde, feliz de poder devolver tanta generosidad con su esfuerzo. Y Doña Elvira… ella también estaba feliz, pero había algo más, algo que la confundía y la emocionaba a la vez.

Su cuerpo mejoraba día a día: los dolores disminuían, las piernas recuperaban fuerza, podía sentarse más tiempo, incluso caminar unos pasos apoyada en su brazo. Pero lo que realmente la transformaba era esperarlo. Ya no esperaba al masajista: esperaba a Rogelio. Contaba las horas hasta que él abría la puerta de su habitación. Cuando sus manos tocaban su piel, sentía algo que creía muerto hace años: un calorcito suave que le subía desde el pecho a las mejillas, un cosquilleo en la piel, un deseo tímido y vergonzoso que no se atrevía a nombrar.

Los sentimientos de Doña Elvira crecían día a día, como una planta que florece después de años de sequía. Ya no era solo gratitud ni alivio: era algo más profundo, más cálido, algo que le latía en el pecho cada vez que escuchaba sus pasos en el pasillo.

Un día, llamó a su cocinera y confidente, esa mujer que la conocía desde hacía años y que sabía todos sus secretos. Con voz suave pero decidida le dijo:

—Quiero que me ayudes. Quiero verme bien… quiero verme hermosa.

La mujer sonrió, como si ya lo supiera todo.

—Eso está hecho, Doña Elvira. Hace falta que brille otra vez.

Y así empezó la transformación. Le tiñeron las canas de un castaño cálido que le devolvió años de juventud. Se cortó el cabello en un estilo que le marcaba el rostro y le enmarcaba los ojos. Se compró cremas suaves para el cutis, se cuidó las manos, se puso ropa fresca y elegante en lugar de los viejos camisones que siempre usaba. Cuando Rogelio entró una tarde para darle su masaje, se detuvo en la puerta, con los ojos muy abiertos, sin saber qué decir.

—Doña Elvira… —alcanzó a murmurar—. ¡Qué hermosa está! Parece otra mujer.

Ella se sonrojó profundamente, pero sonrió con una dulzura que él nunca había visto.

—Gracias, Rogelio… quería que me vieras así. Para vos.

El corazón del muchacho dio un vuelco. No solo estaba hermosa: estaba radiante, viva, llena de una luz que él había encendido.

Rosa, la cocinera, amiga y confidente de toda la vida, la miró con los ojos brillantes de satisfacción. La había dejado hermosa, radiante. Doña Elvira ya no parecía una mujer de setenta años: con el cabello renovado, el rostro cuidado y esa luz nueva en la mirada, a lo sumo parecía de cincuenta. Se veía digna, elegante, y hermosa como hacía décadas no se veía.

—Ay, Rosa… gracias —le dijo ella, acariciándose suavemente sus propias mejillas—. Gracias por todo lo que has hecho para verme mejor. Y esas cremas tan lindas… me siento la piel suave, joven otra vez. Mmm… qué bien me siento.

Rosa sonrió, satisfecha. Pero Doña Elvira, con una sonrisa tímida pero pícara, le tomó la mano y le confesó en un susurro:

—Rosa… hay una cosa más que debí pedirte, pero no me animé a que te vieran comprándola. ¿Podrías traérmela en otro momento?

Rosa la miró con curiosidad.

—¿Qué cosa es, Doña Elvira? ¿Qué no me has dicho y no te has animado? Dímelo, que lo traigo sin problema.

Doña Elvira bajó la mirada, se sonrojó levemente, y soltó con voz suave y una picardía que Rosa no le conocía:

—Unos geles íntimos, Rosa. Para estar lista… por si acaso.

La cocinera abrió los ojos sorprendida, sin saber si reír o fingir indignación. Pero vio la mirada sincera y anhelante de su amiga, y al final soltó una carcajada cálida y genuina.

—¡Ay muchacha! —le dijo entre risas—. ¡Tanto se te nota, eh!

Doña Elvira se encogió de hombros, con una mezcla de vergüenza y valentía.

—¿Es tan obvio, Rosa? Pero… no está bien. Ese chico tendrá a lo sumo veinticinco años, y yo tengo setenta. Soy una vieja para él. No tiene sentido.

Rosa le apretó la mano con firmeza y cariño a la vez.

— Elvira, escúcheme bien. La edad no se lleva en los huesos, se lleva en el corazón. Y usted, desde que llegó ese muchacho, está viva otra vez. Que pase lo que tenga que pasar. Usted disfrute. Es un buen chico, tiene buenas manos y mejor corazón. Si algo tiene que nacer, que nazca. No le ponga puertas al campo.

Doña Elvira suspiró, pero una sonrisa dulce se le dibujó en los labios.

—Veremos qué es lo que pasa, Rosa. Solo… veremos.

Rosa, la cocinera y gran confidente de Doña Elvira, tenía alrededor de cuarenta años, era lista, astuta y quería ver feliz a su amiga. Se le ocurrió un plan perfecto. Sabía que los sábados Rogelio siempre salía: se ponía su camisa limpia, sacaba su moto y se iba a dar una vuelta, tomar algo, respirar aire nuevo. Pero este sábado sería diferente.

Lo buscó cuando él terminó de cortar el pasto, con esa sonrisa inocente que solo ella sabía poner, y le dijo:

—Rogelio, necesito que me hagas un favor.

—Dígame, amiga, lo que necesite —respondió él amablemente.

—Este fin de semana tengo una invitación con unos amigos en el campo, lejos de aquí. ¿Te podrías quedar vos a cuidar a Doña Elvira estos dos días? Yo te pago lo que corresponda, no te preocupes por el dinero. Sé que es tu día libre, pero ella se queda solita y no me animo a dejarla sin nadie cerca.

Rogelio se rio con sinceridad y le puso una mano en el hombro:

—Por favor, amiga… ¿dinero por cuidarla? Será un gusto. Quédese tranquila, me quedo yo. No se preocupe por nada.

Rosa le dio un abrazo disimuladamente emocionada.

—¡Gracias, Rogelio! Sos un ángel. Nos vemos el lunes a la mañana.

Y así, sin que él lo supiera, la trampa amorosa se iba cerrando suavemente sobre el joven Rogelio. Nadie lo obligaba, nadie lo engañaba con maldad… simplemente, el destino —y una amiga muy lista— le estaban dando el empujón que necesitaban los dos.

El sábado Rosa se fue temprano rumbo al campo con sus amigos. En realidad, se había autoinvitado con un solo propósito: dejar solos a Doña Elvira y a Rogelio, para que el destino hiciera su trabajo.

El día transcurrió tranquilo. Rogelio le dio su masaje como siempre, pero esta vez hubo algo diferente en el aire: una calma tibia, una complicidad que nacía entre cada caricia y cada mirada. A la noche, Rogelio le llevó la cena a la cama, la acompañó mientras comía, y luego se levantó solícito para retirarse.

—Descansá, Elvira. Si necesitás algo, grita, que estoy en la habitación de al lado.

Pero en ese momento, el cielo se oscureció de golpe. Empezó a llover suavemente, y la lluvia se hizo persistente, rítmica, golpeando los techos de teja como una melodía antigua. Y entonces, un trueno retumbó fuerte, haciendo vibrar las ventanas.

—¡Ay! —Elvira se estremeció—. Me dan miedo los truenos…

Rogelio se detuvo de inmediato.

—No se haga problema, me quedo a su lado.

Se sentó al borde de la cama, cerca de ella, y la cubrió con una manta suave. Elvira lo miró a los ojos y le dijo suavemente:

—Rogelio… te puedo pedir un favor?

—Sí, dígame, señora.

Ella sonrió, con ternura y firmeza a la vez.

—No me digas señora, ni me trate de usted. Decime Elvira. El respeto no pasa por ahí. Pasa por lo que somos, no por cómo nos llamamos.

—Está bien… Elvira —dijo él, probando el nombre en sus labios—. Y yo soy Rogelio. Sin "muchacho", sin "hijo". Solo Rogelio.

Se quedó sentado al borde de la cama, escuchando la lluvia. Pasaron unos minutos en silencio cómodo, y entonces ella volvió a hablar, casi en un susurro:

—Rogelio… te puedo pedir algo más?

—Lo que sea.

—¿Te podrías acostar conmigo aquí en la cama? Solo abrazarme. Hace tanto tiempo que estoy sola… hace tanto que nadie me abraza.

El muchacho se sorprendió, pero no dudó. Se quitó los zapatos, se acostó a su lado, con cuidado de no incomodarla, y la rodeó con sus brazos. Ella se acurrucó contra su pecho, y por primera vez en quince años, se sintió segura, protegida, deseada.

Empezaron a charlar, a contarse cosas, a hacerse pequeñas bromas que poco a poco fueron subiendo de tono.

—Ay Rogelio… —le dijo ella con voz suave—. Supongo que tendrás muchas novias, siendo un muchacho tan lindo.

Él se rio con sinceridad.

—Bueno… tuve dos o tres chicas con las que salí, pero nada serio. Y ahora… ahora no tengo a nadie. Estoy solo.

—¿Ah, sí? —ella levantó la vista para mirarlo a los ojos—. Estás solo… Y vos, ¿cuánto hace que estás sola, Elvira?

Ella suspiró, acariciando suavemente la mano que la abrazaba.

—De viuda hace como quince años. Bastante tiempo, hijo… bastante tiempo.

—¿Y en todo ese tiempo no has tenido ningún novio? ¿Nadie?

Ella se rio, con una picardía que él no le conocía.

—¡Por favor! Con mis dolencias de huesos, con este cuerpo que me falla… ¿quién me iba a mirar? Solamente estoy sola, sin ningún novio. Mi único novio son mis dedos.

Le guiñó un ojo, desafiante y divertida a la vez. Rogelio soltó una carcajada, sorprendido y encantado.

—¡Ah, sí! ¿Eh? Así que la señora… perdón, así que Elvira pícara se toca sola…

—¡Y qué voy a hacer! —le respondió ella, con los ojos brillantes en la penumbra—. Uno no deja de ser mujer porque envejezca, Rogelio. El deseo no se jubila.

La confianza entre los dos crecía por momentos, como la lluvia que afuera no dejaba de caer. Ya no había distancia entre ellos: eran simplemente una mujer y un hombre, solos, y vivos.

Entonces Elvira, con voz suave pero decidida, le susurró al oído:

—Rogelio… ahí, sobre la cómoda, hay unos paquetes. Los encargué yo hoy. ¿Me los podrías traer, por favor?

Él se levantó un momento, los tomó y volvió a la cama.

—¿Son aceites especiales para los masajes, Elvira? ¿Es eso? —preguntó él con inocencia.

Ella se sonrojó levemente, pero no apartó la mirada.

—No, hijo… es otra cosa. Abridlos.

Rogelio rompió los sellos, abrió las cajitas… y se quedó mirando. Geles íntimos, suaves, delicados, pensados para momentos de amor. Los sostuvo en sus manos, los miró a ella, y una sonrisa dulce, comprensiva y llena de ternura se le dibujó en los labios. No se burló, no se sorprendió de más. Solo entendió.

—Así que… estabas preparada, mi Elvira —le dijo con voz ronca de emoción—. Pensaste en esto. Pensaste en nosotros.

Ella asintió, con el corazón latiéndole a mil por hora.

—Sí, Rogelio. No me atrevía a decírtelo antes. Pero… sí. Los compré pensando en vos. En mí. En esta noche. En lo que podría pasar entre nosotros. ¿Te asusto? ¿Te parezco una vieja indecente?

Rogelio dejó los geles con cuidado sobre la mesa, volvió a acostarse a su lado, la abrazó con más fuerza y le besó la frente con infinita dulzura.

—¿Indecente? Yo te veo como la mujer más valiente y hermosa del mundo. Despertar, desear, atreverse… eso no tiene edad, Elvira. Y si vos querés… yo también.

Comenzaron a besarse con una mezcla de inmenso respeto y profundo cariño, despacio, como quienes saborean algo que temen que se acabe. Rogelio, con manos temblorosas pero llenas de ternura, fue desvistiéndola pieza por pieza, hasta que quedó totalmente desnuda ante él. Encendió una vela y apagó la luz principal, dejando solo una suave penumbra que envolvía todo en un ambiente de sueño y misterio.

Elvira estaba excitada como nunca antes. Sentía un fuego nuevo recorrerle el cuerpo, algo que creía perdido para siempre. Y Rogelio… él también ardía. Su miembro estaba duro como una piedra, firme y ansioso entre sus piernas. Hacía bastante tiempo que no tenía relaciones, y no sabía si esa erección era por la abstinencia o porque esa mujer mayor, hermosa y valiente, lo excitaba como ninguna otra en su vida. Decidió que no importaba: lo que sentía era real, era puro, y era para ella.

La abrazó con delicadeza, la besó en los labios, en el cuello, recorrió con sus labios sus hombros, sus pechos firmes y suaves, bajó por su abdomen, rodeó su ombligo con la punta de su lengua… y siguió bajando, despacio, con reverencia, hasta que abrió sus piernas con ternura.

Elvira estaba en el paraíso. No sentía dolor alguno, ni de la columna ni de las piernas. Solo sentía ese fuego dulce y urgente entre sus piernas, pidiendo más, pidiéndolo a él.

Rogelio siempre había tenido una debilidad por la intimidad de las mujeres. Con todas sus novias anteriores había deseado amarlas con su boca, pero todas se habían negado, avergonzadas o reacias. Pero esta vez… esta mujer no puso ningún reparo.

Cuando sintió la lengua de Rogelio acariciándola, Elvira se arqueó sobre las almohadas y ya nada más le importó. Ni su edad, ni sus dolores, ni el qué dirán. Solo importaba él, allí entre sus piernas, dándole placer como nadie se lo había dado jamás.

Rogelio la amó con su boca con devoción. Besó, lamió, mordisqueó suavemente los labios de su vagina, rodeó y succionó su clítoris con paciencia y habilidad, y esa anciana vagina, que llevaba años olvidada, se humedecía cada vez más, cálida y dispuesta, como agradeciéndole cada caricia.

Él no se detuvo. La llevó subiendo, paso a paso, hasta que Elvira, con la voz quebrada de placer, empezó a gemir:

—¡Rogelio… parece que se produce el milagro! ¡Me vas a hacer acabar! ¡Sí, así, no pares, me vas a hacer acabar, me vas a hacer acabar!

Y entonces llegó. Un orgasmo intenso, profundo, que la hizo temblar entera, arquearse hacia arriba y dejar fluir todo ese placer acumulado durante quince años. La sábana se mojó con una mezcla de néctar, de ese estallido poderoso, de ese alivio que limpiaba años de soledad. No importaba qué era cada cosa: solo importaba esa calidez inmensa que la envolvía, esa sensación de estar viva, deseada, completa.

Rogelio levantó el rostro, brillante y satisfecho, y la miró con una sonrisa genuina y feliz. Estaba haciendo feliz a esa mujer, y eso le llenaba el corazón más que cualquier placer propio.

Rogelio se acostó a su lado, la abrazó suavemente y la miró con ojos llenos de ternura. Elvira flotaba en una nube de placer y asombro, sintiéndose más joven y viva que nunca. Un minuto después, se dio vuelta, y sus ojos se posaron en ese miembro firme, palpitante, que esperaba por ella. Lo tocó con sus manos suaves, como quien acaricia algo sagrado, y le dijo con voz ronca de deseo:

—Bueno, muchacho… ahora me toca a mí. Siempre quise hacer esto, pero nunca me animé con mi difunto esposo. Nunca me atreví… pero contigo, ahora sí.

Rogelio se acomodó confiadamente, y acercó su miembro a los labios de ella. Elvira lo tomó con sumo cuidado, con una delicadeza asombrosa, y comenzó a besarlo, a lamerlo desde la base hasta la punta, saboreando cada centímetro con curiosidad y deleite.

—Lo vi en Netflix —dijo con naturalidad, como si estuviera contando un secreto compartido—. Y siempre quise probarlo.

Y comenzó a chuparlo. Despacio, con devoción, aprendiendo, disfrutando. Lo chupó y lo chupó, con una entrega que conmovía al muchacho más que cualquier cosa que hubiera experimentado. Rogelio estaba excitadísimo, temblando, con las manos en el cabello de ella, sintiendo que perdía el control.

—Elvira… voy a acabar… —gimió él, perdiéndose en el placer.

Ella no se apartó. No se detuvo.

—Acá adentro, mi amor… déjamelo todo —susurró contra su piel.

Rogelio estalló en su boca, llenándola con su calidez, con esa esencia de vida que brotaba sin freno. Elvira tragó una, dos, tres veces, succionando con fuerza hasta sacarle la última gota. Una pequeña cantidad se le escapó y corrió por la comisura de sus labios, brillando en la penumbra. Se lo llevó con el dedo, lo saboreó, y sonrió con una mezcla de inocencia y satisfacción plena.

—Qué raro… —murmuró—. Y qué rico. Me gustó.

Se acercó a sus labios, lo besó profundamente, y le devolvió ese sabor dulce y salado que acababa de recibir. Se besaron largo rato, intercambiando con cada beso el semen, el placer, la vida, fundidos en uno solo. No había vergüenza, no había juicio. Solo había dos personas que se habían encontrado por fin.

Después, Rogelio se acomodó entre las piernas de Elvira, aplicó un poco del gel íntimo con suavidad, y introdujo su miembro erecto lentamente en ella, con un cuidado infinito, respetando cada centímetro, asegurándose de que no hubiera dolor, solo placer. Lo metió despacio, lo sacó despacio, con un ritmo suave y profundo, como si estuviera amándola con el alma, no solo con el cuerpo.

Así fueron aproximadamente veinte minutos. Elvira gemía sin contenerse, se meneaba bajo él, abrazándolo con sus piernas y sus brazos, perdiéndose en cada embestida, en cada beso, en cada susurro de su nombre. Y entonces, otro orgasmo la estalló entera, más intenso que el primero, haciéndola arquearse, temblar, y mojar la cama una vez más con su abundante néctar.

Rogelio sintió que ya no podía contenerse más. Con un último empujón profundo, se quedó dentro de ella y acabó, liberando todo su calor, toda su esencia, en lo más profundo de su ser. Elvira sintió ese chorro tibio y poderoso llenándola por completo, y su gozo no tuvo límites. Se abrazaron con fuerza, temblando juntos, fundidos en uno solo.

—¡Cómo me haces disfrutar, Rogelio! —gimió ella con lágrimas de felicidad en los ojos—. ¡Estoy en el cielo!

No se durmieron. No tuvieron prisa. La lluvia seguía cayendo afuera, suave y rítmica, como acompañando cada movimiento suyo. Se quedaron abrazados un largo rato, recuperando el aliento, besándose despacio, saboreando la calma que viene después del amor.

—¿Te duele algo, mi amor? —le susurró Rogelio, acariciando su rostro con ternura.

—Me duele… me duele no haberte conocido antes —respondió ella, abrazándolo con más fuerza—. Pero no me importa. Ahora estás aquí, y eso basta.

Y la noche apenas comenzaba. Cuando el cuerpo de Rogelio se recuperó, fue Elvira quien tomó la iniciativa. Se puso de costado, lo atrajo hacia ella, y le pidió que la amara de nuevo, más lento esta vez, más profundo. Lo hicieron otra vez, y otra más, cambiando de posiciones, descubriéndose mutuamente. Rogelio la tomó por detrás, abrazándola por la espalda, y ella sintió que esa cercanía era aún más íntima, más suya. Luego ella se sentó sobre él, con timidez al principio y luego con confianza, guiando el ritmo, mirándolo a los ojos mientras se unían.

—Eres hermosa, Elvira… tan hermosa —le decía él, embelesado.

—Y tú eres mi juventud recuperada, mi regalo del cielo —respondía ella, bajando para besarlo.

No fue solo penetración. Se amaron de todas las formas posibles: con la boca, con las manos, con las caricias que hacían temblar. Rogelio volvió a recorrerla con su lengua, haciéndola estremecer una y otra vez, y ella lo llevó al placer con sus manos y con su boca, sin cansarse de él, sin querer que terminara nunca. Hicieron el sesenta y nueve, uno frente al otro, dándose placer al mismo tiempo, y Elvira descubrió que verlo disfrutar era aún más excitante que su propio placer.

Varias veces Rogelio quiso detenerse, preocupado por su edad, por su salud. Pero ella lo detenía con un beso y le decía:

—No te atrevas a parar. He esperado quince años para sentir esto. Una noche no me va a matar… me va a devolver la vida.

Y así, entre gemidos, risas susurradas, besos interminables y orgasmos que los dejaban temblando, amaron toda la noche. No contaban el tiempo. No importaba que afuera oscureciera y luego aclarara. Solo importaban ellos dos, en esa cama, bajo la luz de la vela que se consumía lentamente, descubriendo que el amor y el placer no tienen edad, no tienen límites, solo tienen corazón.

Abrazados, escuchando cómo la lluvia se iba suavizando, Elvira le susurró al oído, con una mezcla de timidez y anhelo:

—Rogelio… hay algo que siempre quise probar, pero nunca me atreví. Mi difunto esposo me lo pidió varias veces, pero tenía un miembro muy grande y me lastimaba. Nunca logramos hacerlo por atrás. Tu miembro es más pequeño, más suave… ¿crees que puedas hacerlo sin lastimarme? ¿Crees que sea posible?

Rogelio la besó con infinita ternura y le acarició el rostro.

—Mi amor… lo haremos con mucho lubricante, con paciencia, y con todo el amor del mundo. Esa zona se dilata si se la trata con cuidado. No te voy a lastimar, te lo prometo. Solo respirá, relajate, y dejate llevar.

Con delicadeza, aplicó abundante lubricante. Con sus dedos, suavemente, fue dilatándola poco a poco, hablándole siempre, calmándola, hasta que ella estuvo lista. Entonces, despacio, con inmenso cuidado, introdujo su miembro en su parte trasera. Elvira dio un respingo, pero no de dolor… de esa sensación nueva, profunda, íntima.

—Sigue… no te detengas —le susurró ella, arqueándose hacia él.

Rogelio la penetró suavemente, con ritmo lento y constante, durante varios minutos, amándola con respeto y devoción. Mientras él la llenaba por detrás, Elvira, con la mano temblorosa de placer, introdujo sus propios dedos en su vagina y se provocó un orgasmo intenso y profundo, justo en el momento en que Rogelio llegó al clímax y acabó dentro de su ano, llenándola con su calidez.

Fue el orgasmo más completo de su vida: dos placeres a la vez, dos uniones, dos entregas totales. Se quedaron así unos instantes, fundidos, temblando, sintiéndose uno dentro del otro.

Luego Rogelio se retiró con cuidado, se acostó a su lado, y ella se pegó a su pecho, abrazándolo con todas sus fuerzas.

—Gracias… mi amor… gracias por todo —murmuró ella, con los ojos cerrados y una sonrisa de paz absoluta.

—Gracias a vos, mi Elvira. Por confiar en mí —le respondió él, besando su cabello.

Y así, abrazados, desnudos, felices y completos, se quedaron profundamente dormidos. Y así los sorprendió la salida del sol del domingo, entrando suavemente por las cortinas de la ventana, bañando con luz dorada a dos almas que por fin habían encontrado su lugar.

El domingo fue un día suave, tranquilo, para recuperarse y disfrutar de la calma. Rogelio le dio un masaje largo y cariñoso, recorriendo cada parte de ese cuerpo que ahora conocía tan bien, acomodando sus vértebras, aliviando cualquier rastro de tensión. Elvira estaba rebosando felicidad, radiante, con una luz nueva en la mirada que no se le iba.

Mientras él la abrazaba, ella lo miró seria, pero con infinita dulzura, y le dijo:

—Mi querido Rogelio… tú tienes veinticinco años y yo setenta. Quiero que sepas algo: puedes darme placer todo lo que quieras, y yo siempre estaré dispuesta para ti. Pero no te voy a coartar de que tengas una novia, una relación, una vida propia. Esta es tu casa, este es tu trabajo, eres libre. Puedes darme placer cuando quieras, y si en un momento dado no lo quieres hacer, estás en tu derecho. Es tu decisión, nunca te lo voy a reprochar. Yo te quiero mucho, más de lo que te imaginas.

Rogelio la abrazó con fuerza y la besó en la frente.

—No necesito a nadie más, Elvira. Tú me has dado más que cualquier mujer del mundo. Pero agradezco tu corazón generoso. Te prometo que siempre seré honesto contigo.

Y así, con ese acuerdo hermoso y libre, pasaron el día.

A la tarde, Rosa regresó. En cuanto cerró la puerta y se quedaron solas, no aguantó más y le preguntó con ojos brillantes:

—¿Cómo fue? Contame todo, no me guardes nada.

Elvira sonrió, una sonrisa que le llegaba hasta los ojos, y le dijo con voz suave pero llena de asombro:

—Fue el paraíso, Rosa. Literalmente el paraíso. Me la chupó hasta hacerme estremecer, me lo hizo por delante y por atrás, con tanto cuidado y tanto amor que ni dolió. Me hizo acabar un montón de veces… ni de joven, ni con mi esposo, acabé tantas veces como anoche. No sabía que se podía sentir tanto placer.

Rosa se puso de todos colores, se tapó la boca con la mano y comenzó a reírse a carcajadas, feliz y emocionada por su amiga.

—¡Ay muchacha! —le dijo entre risas y lágrimas de alegría—. ¡Sabía que ese muchacho era un tesoro! ¡Y me siento tan feliz de haber sido la autora de esa trampa! ¡Lo hice bien, eh? ¡Lo hice bien!

—Lo hiciste perfecto, mi amiga —le dijo Elvira, tomándole la mano—. Me devolviste la vida. 💛

 

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