Bajo la luz fría del farol en la esquina,
el silencio pesa más que las promesas gastadas.
Aprendiste temprano a dar la mano entera,
a ser la piedra firme donde otros se apoyaban,
el refugio seguro cuando la tormenta apretaba.
Buscabas lo simple, lo que no se compra:
una mirada limpia que no tuviera dobleces,
una lealtad que no caducara al primer viento,
un amor que echara raíces y supiera quedarse.
Pero la historia siempre ensaya el mismo guion.
Vienen, descansan en tu abrigo,
beben de tu calma y se curan las heridas,
y cuando la noche despeja y la luz regresa,
recogen sus cosas con un "gracias" a medio decir.
Te miran con afecto, pero siempre de paso.
Eres el puerto de tránsito, jamás el destino;
el puente que cruzan para llegar a otro lado,
el chico bueno que todos valoran, pero nadie elige.
Y te quedas ahí, con las manos abiertas y vacías,
preguntándote en qué momento la lealtad se volvió invisibilidad,
por qué entregarlo todo solo enseña a los demás a irse más fácil.
Aun así, no te apagas.
Guardas el corazón intacto bajo la coraza,
porque sabes que romperte sería darles la razón.
Sigues caminando en la noche, con la dignidad del que supo ser fiel,
esperando el día en que alguien no busque un refugio temporal,
sino un lugar donde quedarse a vivir.