Tantas cosas iguales todos los días, y después se da cuenta de que la mejor salida fue perder la libreta. Entiendo eso.
Que pelos, Que suerte
En el pequeño reino de Los Ángeles vivía el señor Quejón. Sus vecinos lo llamaban así, o al menos eso pensaba él.
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Pensamiento
Tantas cosas iguales todos los días, y después se da cuenta de que la mejor salida fue perder la libreta. Entiendo eso.
Contenido de la publicación
En el pequeño reino de Los Ángeles vivía el señor Quejón. Sus vecinos lo llamaban así, o al menos eso pensaba él.
Cada día al amanecer, el señor Quejón hablaba con el señor Sordón, que vivía muy cerca de él pero en otro reino —al parecer mucho más lejano, pero más grande—. Le manifestaba todas sus quejas del día anterior y, luego de eso, lloraba y lloraba durante largas horas. Muchas veces le daba el mediodía en tan poco provechosa tarea, por lo que al finalizar debía comenzar a preparar su desayuno.
El señor Quejón se preocupaba mucho por su alimentación, así que solo comía alimentos que le ayudaran a tener un físico esbelto y musculoso, ya que también se quejaba de su apariencia. Cuando terminaba de comer su tazón de avena con leche tibia, sus cuatro huevos revueltos al sartén y sus batidos de proteína junto con las vitaminas que lo ayudarían a pasar el día con más energía, exclamaba con tono satisfecho:
—Gracias.
Y se quejaba nuevamente porque ahora debía conducir su automóvil durante un par de minutos para llegar al gimnasio que estaba cerca de su casa. Allí tendría que pasar dos horas escuchando la música que una linda chica del lugar ponía con la intención de motivar a las personas y, ojalá, conseguir que alguna se pusiera a bailar sobre una pila de colchonetas en el centro del gimnasio. «Eso era algo que a ella le divertiría mucho», pensaba, pero hasta la fecha no había sucedido.
Ya sudado, el señor Quejón tomaba su botella de agua, bebía un sorbo y se quejaba porque ahora debía estudiar las materias para sus nuevos títulos. El señor Quejón, varios años antes, había tenido la oportunidad de estudiar con grandes maestros en una de las reconocidas casas de negocios del reino, por lo que era bastante hábil para sacar cuentas: sumaba y restaba tan rápido que sabía la respuesta incluso antes de la pregunta, o al menos eso pensaba él; y se quejaba cuando preguntaban antes de que él pudiese responder.
Cierto día en que se quejaba de que todos sus días eran iguales, se sentó en el pórtico de su casa y se quejó de que su mascota ya no quería comer el alimento que le había comprado.
—Te he traído este alimento porque es el mejor de todos: tiene como ingredientes principales exquisito krill de los océanos más árticos y lejanos del planeta y vísceras de los mejores y más grandes pollos del reino —exclamó.
Repetía esta queja las tres veces al día que le daba de comer a su mascota.
El sol aquel día era tibio, pero más cálido que de costumbre, y el cielo tenía un hermoso tono azul que no se había visto hacía ya bastante tiempo. El reino estaba siendo azotado por largas temporadas de lluvia, días y noches, día tras día; y cuando no llovía, hacía tanto frío que las personas, al ir a dormir, se ponían el pijama sobre la ropa, como muchos usaban los regalos que sus parientes les daban para navidad, algunos tenían diseños de renos, pingüinos y otros más comunes del reino de los salvajes, al día siguiente era un gran espectáculo y muy divertido para los niños ver a tanto animal transitar por la calle en dirección a su oficina.
El señor Quejón era el primero de todos en quejarse del frío. Cuando terminaba la lección de piano que tomaba todas las noches, se despedía de su mascota, que dormía en el sillón del segundo piso de su casa:
—Te amo —decía, y le daba un beso.
Luego se quejaba de que el sillón era muy incómodo para que él pudiese dormir ahí y bajaba por las escaleras hasta su habitación. Ahí se acostaba, pero lo que ya era costumbre —llamar al señor Sordón para quejarse de que el día había terminado— no sucedió. Había recordado que su libreta de quejas quedó al sol en el pórtico donde se había sentado y, por estar quejándose, se distrajo y olvidó guardarla en su bolsillo.
La noche pasó veloz y el descanso también. Al día siguiente, rápidamente y con no poca extrañeza, descubrió que había errado en su recuerdo: la libreta ya no estaba. No se explicaba qué había sucedido.
«¿Será que se comió la libreta?», pensaba e imaginaba a su mascota en tal afán; pero ella dormía y no daba señales de quejas.
Entonces se sentó a pensar. De tanto estar en provecho de su cometido, las horas fueron pasando y su cabeza calentándose de tal manera que, cuando se dio cuenta, ya no tenía ningún cabello. Fue entonces que descubrió que los rayos del sol, uno tras otro, habían quemado cada una de las hojas de su libreta hasta desaparecerlas. Le tomó menos que un brevísimo momento pasar su mano de la frente a la nuca y, siendo hábil en los números y en otras ciencias, comprendió la gran economía y significativa riqueza de la que ahora era dueño.
Por primera vez miró al sol y exclamó:
—Gracias.
Pues nada de lo que se había quejado existía ya. Ahora lo llaman el señor Pelón Librón
Thoughts
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Permalink¿De dónde sacaste eso? ¿Conoces a alguien así que se queja de todo, o solo imaginaste el agotamiento?
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PermalinkTantas cosas iguales todos los días, y después se da cuenta de que la mejor salida fue perder la libreta. Entiendo eso.
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Permalink¿Esto es magia de verdad o es que el calor del piso cinco sin ascensor quema igual que el sol? Pregunto para un amigo.
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PermalinkEl momento cuando se despide del gato diciéndole te amo. Eso fue lo que necesitaba leer hoy.
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Permalink¿De verdad el señor Sordón nunca respondía nada en esas llamadas, o solo no lo escribiste?
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Permalink¿Cómo se te ocurrió terminarla así? ¿Ese giro con el sol y el cabello quemado te llegó de un sueño, o lo escribiste despierta?
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PermalinkQue todos los días llamara al señor Sordón para lo mismo, eso me conectó. A veces uno siente que repite lo mismo sin parar.
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Permalink¿Cuántos días crees que pasaron entre que perdió la libreta y cuando se dio cuenta? Siento que eso importa.
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