QUE NO TE FALTE LA COSA
De chicos no le dábamos bola; la cosa era un asunto de señores grandes, una de esas sombras que habitaban el estudio o el fondo de los portafolios. Pero uno crece, y la inocencia se va empañando con esa apatía que dejan los años, hasta que un día comprendés que la cosa es el gran motor, el engranaje que aceita el mundo o lo clava en seco, según como caiga la moneda sobre el mármol. En casa, digamos, la cosa no sobraba pero se dejaba ver; en otras casas era un fantasma ausente, un hueco en la mesa, y en algunas —por un azar que siempre nos pareció obsceno—, la cosa rebalsaba hasta inundar los pasillos.
Es un aprendizaje amargo ver cómo la cosa se vuelve el andamio de los días, el pegamento de relaciones que ya no tienen dónde sostenerse. Ver que por su falta se levantan muros en la cena, que por su falta se discute hasta el agotamiento. Uno siente, casi con asco, que la cosa reemplaza los gestos, que justifica las bajezas, que nunca se tiene suficiente y que, al final, es un agua que se escurre entre los dedos. Se sufre por la cosa, se llora en su nombre, se miente con una precisión quirúrgica y hasta se cambia la cara, la voz y el alma por la cosa.
¿Te aclaro algo? Sé qué nombre le pusiste a la cosa mientras leías. Estás pensando en el dinero, en ese sucio papel que va y viene. Pero te equivocaste de bolsillo. La cosa de la que te hablo, la que nos está matando de hambre ahora mismo, es el amor.