Presión es sentir que el tiempo se agota y no puedes hacer nada para evitar que las agujas se detengan, que la vida siga su ritmo y los problemas se acaben. No puedes evitar la presión de tener a tantas personas esperando cosas buenas de ti porque creen que eres perfecto, cuando la verdad solo eres un ser humano con falencias e imperfecciones que comete errores.
La presión de darlo todo, incluso cuando tu cuerpo ya no puede más, solo porque piensas y priorizas a los demás sobre ti mismo. Te sientes cansado e ignoras el dolor en tu pecho con el pensamiento de que todo estará bien. Pero la realidad es que estás cayendo en la profundidad de tus miedos.
Esa presión que se vuelve un cúmulo abrumador de expectativas, normas y juicios que provienen de la sociedad, familia, amigos, trabajo e incluso las redes sociales, y nos empuja a encajar, a cumplir con ciertos estándares, a ser "como se supone que deberíamos ser", pero no logras encontrar la manera de llegar allí.
Te aflige observar cómo todo avanza mientras sientes que estás estancado, que no progresas. Aunque no deberías compararte, inevitablemente lo haces, lo que te genera más ansiedad y estrés, que solo empeora la toma de decisiones porque en nuestra desesperación por estar a la altura queremos correr en vez de andar, tomar atajos que a veces cuestan caro y no mejoran la situación.
Esa presión invisible que llega cuando menos lo esperas y te hace reflexionar sobre tu vida, te cuestionas: "¿por qué no estoy mejor? ¿Cuándo tendré mi recompensa por mis esfuerzos? Si estoy haciendo las cosas bien, ¿por qué no avanzo?" Sin embargo, no hay respuestas; la verdad es que somos demasiado duros con nosotros mismos y a menudo, muy ciegos para reconocerlo.
Solo hasta caer en la autocompasión y entender que todos somos diferentes, que cada persona lleva su camino a su ritmo y con distintos objetivos a los tuyos, te das cuenta de que esa presión no era tuya porque no eres tú contra el mundo; es más bien, tú con tu mundo.
