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Play It Again, Sam ¿Qué pasa cuando aprendemos a vivir el amor mirando películas? Pregunta Sin responder

rodrigosegade1000
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Hay personas que aprendieron a entender el amor a través del cine. No porque nunca hayan amado, sino porque las películas les enseñaron cómo debería sentirse, cómo debería comenzar una relación, qué…

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Salí de la iglesia a los veintiocho y lo que más me costó fue quedarme sin el calendario, más todavía que dejar de creer: misa el domingo, retiro en julio, todo escrito de antemano. El primer año se sintió menos a libertad y más a no saber qué hacer un do

Salí de la iglesia a los veintiocho y lo que más me costó fue quedarme sin el calendario, más todavía que dejar de creer: misa el domingo, retiro en julio, todo escrito de antemano. El primer año se sintió menos a libertad y más a no saber qué hacer un domingo a las once. Allan tiene eso mismo con el cine. ¿Vos ya pasaste ese rato o seguís ahí?

Contenido de la publicación

Hay personas que aprendieron a entender el amor a través del cine. No porque nunca hayan amado, sino porque las películas les enseñaron cómo debería sentirse, cómo debería comenzar una relación, qué palabras habría que decir y hasta cómo debería ser el momento en que todo termina. El problema aparece cuando la vida real no funciona como una película y uno descubre que ninguna escena está escrita de antemano. Play It Again, Sam parte justamente de esa contradicción para construir una comedia que, detrás de sus referencias y sus situaciones absurdas, habla de algo bastante reconocible: el miedo a no saber cómo relacionarnos con los demás cuando dejamos de tener un guion que seguir.

Allan Felix es un crítico de cine recientemente divorciado que atraviesa una crisis sentimental. No solamente está sufriendo por su separación, sino que parece no tener demasiadas herramientas para volver a empezar. Es inseguro, torpe, demasiado consciente de sí mismo y permanentemente preocupado por lo que los demás piensan de él... Mientras intenta reconstruir su vida, encuentra refugio en las películas que conoce de memoria y, especialmente, en Humphrey Bogart, que aparece en su imaginación como una especie de consejero sentimental.

Y la idea es brillante porque Allan conoce perfectamente el lenguaje del cine, pero no sabe cómo utilizarlo en la vida real. Sabe qué diría un protagonista de una película de Bogart, cómo debería comportarse frente a una mujer y qué actitud tendría que adoptar para parecer seguro de sí mismo. El problema es que, cuando tiene que hacer todo eso frente a una persona real, se paraliza. Las frases que en una película sonarían perfectas, dichas por Allan terminan siendo incómodas, exageradas o directamente ridículas.

Woody Allen encuentra ahí una fuente de humor enorme, pero también una idea que sostiene prácticamente toda la película. En el cine todo parece tener sentido porque alguien escribió lo que los personajes deben decir y decidió qué momento mostrar y cuál eliminar. En la vida no tenemos esa posibilidad. No podemos cortar una conversación porque salió mal, repetir una escena hasta encontrar la respuesta correcta ni saber de antemano si la persona que tenemos enfrente va a sentir lo mismo que nosotros. Allan quiere vivir como si su vida tuviera un guion, y justamente por eso le cuesta tanto vivirla.

Creo que esa es una de las cosas que más me gustaron de la película. Porque detrás de la exageración de Allan hay una inseguridad bastante común: querer encontrar la manera correcta de comportarnos para que alguien nos quiera. A veces pensamos demasiado qué decir, cómo actuar o qué mostrar, como si existiera una versión exacta de nosotros mismos que pudiera garantizar que una relación funcione. Y cuanto más intentamos controlar esa imagen, más difícil se vuelve simplemente estar presentes y dejar que alguien nos conozca.

Diane Keaton interpreta a Linda, la esposa de su mejor amigo Dick, y es justamente con ella donde Allan empieza a descubrir que las relaciones reales no se parecen demasiado a las películas que admira. Linda no es una fantasía romántica ni una mujer construida para encajar perfectamente con lo que él espera. Es una persona con sus propias inseguridades, contradicciones y problemas. Y quizás por eso la conexión entre ellos resulta tan interesante: porque Allan empieza a relacionarse con alguien que no existe para cumplir el papel que él imaginó.

La química entre Woody Allen y Diane Keaton funciona especialmente bien porque ambos consiguen que la relación parezca incómoda, divertida y genuina al mismo tiempo. Keaton entiende perfectamente cómo acompañar el nerviosismo de Allan sin convertir a Linda en una simple espectadora de sus inseguridades. Ella también está atravesando sus propios conflictos y, de alguna manera, los dos terminan encontrando en el otro un espacio donde pueden dejar de intentar ser las personas que creen que deberían ser.

Y entonces aparece Humphrey Bogart nuevamente. Su presencia es uno de los recursos más divertidos de la película, pero también funciona como una representación de todo aquello que Allan cree necesitar para convertirse en alguien diferente. Bogart es seguro, decidido, elegante y capaz de decir exactamente lo que hace falta en cada situación. Representa al hombre que Allan imagina que debería ser para conseguir aquello que quiere. Pero cuanto más aparece, más evidente se vuelve que esa figura no puede resolver el problema de Allan.

Porque Bogart pertenece al cine y Allan pertenece a la vida, y esa diferencia es fundamental.

Una de las cosas que más disfruto de Play It Again, Sam es que se ríe de las películas sin dejar de amarlas. Woody Allen no trata al cine como algo inútil o superficial. Al contrario, entiende perfectamente por qué Allan se refugia en él. Las películas pueden acompañarnos cuando estamos solos, pueden ayudarnos a imaginar otras vidas y pueden incluso enseñarnos a ponerle palabras a cosas que todavía no sabemos explicar. El problema no está en amar las películas. El problema aparece cuando esperamos que nuestra vida tenga que comportarse como ellas.

Porque nadie nos garantiza un final feliz y nadie sabe cuál es la frase correcta, ni puede decirnos cuándo va a aparecer la persona indicada. Y, sobre todo, nadie puede asegurarnos que aquello que sentimos va a ser correspondido.

La vida tiene silencios incómodos, mensajes que nunca llegan, personas que se alejan y situaciones que no terminan como esperábamos. No tiene montaje, no tiene música que nos indique cuándo estamos viviendo el momento más importante. No tiene un director que nos diga hacia dónde tenemos que caminar. Y quizás por eso resulta mucho más difícil que cualquier película.

Allan pasa gran parte de la historia intentando escapar de esa incertidumbre. Quiere convertirse en alguien más interesante, más seguro y más parecido a los protagonistas que admira. Pero poco a poco empieza a comprender que el problema no es que no sepa comportarse como ellos. El problema es que nunca necesitó hacerlo.

Y creo que ahí aparece el verdadero corazón de la película, no necesitamos ser protagonistas de una película para que alguien pueda enamorarse de nosotros.

No necesitamos tener siempre la respuesta correcta ni decir algo brillante cada vez que hablamos, no necesitamos esconder nuestras inseguridades para parecer interesantes. Y quizás tampoco necesitamos encontrar la manera perfecta de amar. A veces simplemente tenemos que permitirnos ser nosotros mismos y aceptar que la otra persona también tiene derecho a conocernos con todas nuestras contradicciones.

Por eso Play It Again, Sam me parece especialmente interesante para quienes amamos el cine. Porque en el fondo es una película sobre la relación que tenemos con las películas que amamos. Todos tenemos personajes que admiramos, historias que nos marcaron y escenas que alguna vez quisimos vivir. El cine puede convertirse en una referencia para entender el mundo, pero también puede generar expectativas imposibles.

Quizás todos, en algún momento, hayamos mirado nuestra propia vida y pensado que debería parecerse un poco más a una película. Que el amor debería sentirse de determinada manera, que una despedida debería tener determinadas palabras o que algún día tendría que llegar una escena capaz de ordenar todo lo que hasta ese momento parecía estar mal.

Pero lamentablemente la vida no funciona así y quizás eso no sea algo malo. Porque si todo estuviera escrito, tampoco existiría la posibilidad de sorprendernos. Al final, Allan tiene que dejar de intentar interpretar un personaje para empezar a construir su propia historia, no porque haya descubierto una fórmula para el amor, sino porque finalmente entiende que no existe una fórmula. Las películas pueden mostrarnos miles de maneras de enamorarnos, pero ninguna puede enseñarnos exactamente cómo hacerlo cuando tenemos delante a una persona real.

Y quizás esa sea la mejor lección que deja Play It Again, Sam: podemos amar profundamente el cine sin necesitar que nuestra vida se parezca a él.

Porque una película puede tener un guion, una música perfecta y un protagonista que siempre encuentra las palabras correctas. Nosotros no tenemos nada de eso. Tenemos dudas, errores, momentos incómodos y decisiones que muchas veces no sabemos si son las correctas.

Pero también tenemos algo que ningún personaje de ficción puede tener, la posibilidad de vivir de algo que todavia no estsa escrito.. Y quizas, despues, después de pasar tanto tiempo mirando películas para aprender cómo vivir, lo más difícil y lo más hermoso sea finalmente apagar la pantalla y animarnos a escribir nuestra propia historia.

Respuestas

  • jp_morales78

    En la iglesia también te entregan un modelo de matrimonio ya armado, con las palabras y todo. Después la casa real no se parece en nada.

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  • aponte68

    Veintiocho años oyendo parejas hablar en el asiento de atrás y ninguna suena a película. Suenan a gente cansada arreglando algo.

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  • RosarioDiario

    Me gustó mucho eso de que nadie puede asegurarnos que lo que sentimos vaya a ser correspondido. Uno lo aprende tarde y duele igual.

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  • sobremesa

    Ve, una clienta me dijo el jueves que su esposo nunca le ha dicho nada bonito y llevan veinte años juntos. Me acordé de ella leyendo esto.

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  • Salvador

    Tengo veinticuatro y en el seminario pasa igual: uno entra con la película del santo puesta y luego el día real es lavar platos y aguantar gente. ¿A ti Allan te recordó a alguien que conozcas?

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  • argumentoFlojo

    Ve, toda la tesis se apoya en que el cine enseñó la expectativa. Puede ser al revés: la gente ya quería que el amor tuviera forma y el cine le prestó las frases. ¿Cómo separaste las dos cosas al escribir?

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  • MartaEspejo

    En La Habana veíamos las películas que llegaban, no las que elegíamos, y aun así media generación aprendió a despedirse en un aeropuerto que no había pisado nunca. ¿Y tú esta la viste en un cine o en la casa?

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  • ClaudiaBenitez

    En mi clase de español hay alumnos que aprendieron el idioma con telenovelas y se les nota al declararse: frases enteras de otro. Y les funciona igual de regular vengan del país que vengan.

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  • notaAlPie

    Fíjate que a mis alumnos de dieciséis les pasa con series, no con Bogart: llegan al primer noviazgo con el diálogo aprendido de otra parte. ¿Vos con qué película aprendiste eso, antes de ver esta?

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  • nadie_sabe_nada_

    Salí de la iglesia a los veintiocho y lo que más me costó fue quedarme sin el calendario, más todavía que dejar de creer: misa el domingo, retiro en julio, todo escrito de antemano. El primer año se sintió menos a libertad y más a no saber qué hacer un domingo a las once. Allan tiene eso mismo con el cine. ¿Vos ya pasaste ese rato o seguís ahí?

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