Hay películas que incomodan por lo que muestran. Y hay otras que incomodan por la manera en que nos obligan a mirar aquello que muestran. Lolita pertenece a la segunda categoría. Desde el comienzo sabemos que estamos entrando en una historia moralmente perturbadora: Humbert Humbert, un hombre adulto, desarrolla una obsesión sexual por Dolores Haze, una adolescente. Lo interesante es que Stanley Kubrick no intenta convertir esa relación en una historia romántica convencional. Lo que hace es algo mucho más complejo: nos introduce en la perspectiva de Humbert y nos obliga a convivir con la distancia entre la historia que él quiere contarnos y aquello que realmente estamos viendo.
Humbert quiere convencerse de que está viviendo una gran historia de amor. Quiere transformar su deseo en algo elegante, intelectual y casi trágico, habla como un hombre culto, utiliza palabras cuidadosamente elegidas y construye alrededor de Lolita una imagen idealizada. Pero cuanto más intenta justificar lo que siente, más evidente resulta que estamos frente a una obsesión, la película no necesita explicarnos constantemente que Humbert está equivocado. Muchas veces alcanza con observar la distancia entre sus palabras y las imágenes.
James Mason es fundamental para que esto funcione. Su interpretación consigue que Humbert sea, al mismo tiempo, fascinante y profundamente desagradable, tiene elegancia, inteligencia y un enorme sentido del humor, pero debajo de todo eso aparece un hombre posesivo, manipulador y obsesionado con controlar aquello que desea. Mason consigue que entendamos por qué Humbert puede resultar seductor sin convertirlo en alguien inocente. Y esa diferencia es importantísima.
Porque entender a un personaje no significa justificarlo.
Creo que esa es una de las cosas más interesantes que puede hacer el cine. Permitirnos entrar en la cabeza de alguien que piensa de una manera completamente distinta a nosotros y mostrarnos cómo consigue construir una explicación que, para él, tiene sentido. Humbert no se ve a sí mismo como el monstruo de su propia historia, se ve como el protagonista de una tragedia romántica. Y precisamente por eso resulta tan inquietante.
Kubrick utiliza el humor para hacer todavía más incómoda esa contradicción. Lolita tiene momentos sorprendentemente divertidos, especialmente cuando aparece Clare Quilty, interpretado por Peter Sellers. Sellers convierte cada aparición en una especie de juego de identidades y máscaras. Su actuación es exagerada, impredecible y por momentos completamente absurda, pero detrás de esa comedia hay una idea bastante oscura: Humbert no es el único hombre que intenta apropiarse de Lolita. La película está llena de adultos que proyectan sobre ella sus propios deseos y fantasías.
Y ahí aparece algo que me parece mucho más importante que la idea de "amor prohibido".
Lolita no trata sobre una relación prohibida. Trata sobre una persona que es convertida en objeto de deseo por los adultos que la rodean.
Eso también permite entender por qué la película resulta tan diferente cuando la vemos hoy. La famosa imagen de Lolita con los anteojos en forma de corazón y el chupetín se convirtió en uno de los iconos visuales más reconocibles del cine, pero también terminó ayudando a construir una imagen popular de Lolita como una especie de adolescente seductora. Esa lectura puede resultar engañosa. La película está narrada desde Humbert, y gran parte de lo que vemos está filtrado por su percepción.
La propia producción tuvo que lidiar con enormes restricciones. El Código de Producción impedía mostrar de manera explícita muchos de los aspectos más perturbadores de la relación, por lo que Kubrick tuvo que recurrir a insinuaciones, diálogos, gestos y elipsis. El resultado es curioso: una película que habla de algo extremadamente oscuro sin mostrarlo directamente, haciendo que muchas veces el espectador tenga que completar aquello que la censura obligó a esconder.
Y quizás por eso la película funciona mejor cuando uno presta atención a todo lo que Kubrick no muestra.
La cámara no necesita convertir cada momento en una escena sexual. Muchas veces basta una mirada de Humbert, una fotografía, una conversación o un silencio para entender qué está ocurriendo dentro de él. La obsesión está presente incluso cuando Lolita no está en pantalla. Humbert la lleva consigo constantemente, como una idea que terminó ocupando todo el espacio de su vida.
También me llamó mucho la atención el tono de la película. No es el Kubrick frío y monumental que muchos asociamos con 2001: A Space Odyssey, A Clockwork Orange o The Shining. Acá hay una ligereza inesperada. Hay comedia negra, ironía y situaciones casi absurdas. Y creo que eso hace que la película sea todavía más incómoda. Si todo fuera oscuro y solemne, sería más fácil mantener una distancia moral. Kubrick, en cambio, nos hace reír y después nos recuerda qué hay debajo de esa risa.
Peter Sellers es probablemente el mejor ejemplo de eso. Su Quilty parece pertenecer a otra película. Cambia de personalidad, de voz y de actitud constantemente, y convierte cada aparición en un espectáculo. Pero también funciona como un espejo deformado de Humbert. Ambos son hombres que utilizan la actuación, la mentira y la manipulación para conseguir lo que quieren. La diferencia es que Sellers lo lleva hacia la comedia y Mason hacia la obsesión.
Y creo que ahí se encuentra una de las grandes virtudes de Kubrick como director: nunca permite que el tono sea completamente estable. La película puede ser divertida, incómoda, triste y perturbadora prácticamente al mismo tiempo. Esa mezcla hace que sea difícil clasificarla. No es simplemente un drama. Tampoco es simplemente una comedia negra. Es una película sobre la obsesión contada por alguien que no quiere admitir que está obsesionado.
Al terminar Lolita, lo que más me quedó no fue la historia de amor que Humbert intenta construir, fue la mentira. La mentira que se cuenta a sí mismo.
La manera en que transforma el deseo en romance, la posesión en amor y la obsesión en destino. Y quizás eso sea lo más inquietante de la película: comprender que las personas no siempre necesitan que los demás crean sus historias. A veces alcanza con que consigamos creérnoslas nosotros mismos.
Por eso creo que Lolita sigue siendo una película tan importante dentro de la obra de Kubrick. No porque sea cómoda, ni porque haya envejecido sin controversias, sino porque plantea una dificultad que el cine pocas veces se anima a enfrentar:
¿Cómo mostramos la mirada de una persona moralmente cuestionable sin convertir su mirada en nuestra verdad?
Kubrick no nos pide que amemos a Humbert, nos pide que lo observemos. Y cuanto más lo observamos, más claro resulta que detrás de toda su elegancia, de sus palabras y de su supuesto romanticismo, hay un hombre intentando convertir una obsesión en algo que pueda soportar mirándose al espejo.
Quizá por eso Lolita no sea una película sobre el amor. Sea una película sobre las historias que nos contamos para justificar aquello que deseamos, y sobre lo peligroso que puede ser confundir una historia bien contada con una historia verdadera.