Siempre creí que los colores estaban hechos para los ojos.
Qué equivocado estaba.
Los colores no se miran...
se pronuncian,
se recuerdan,
se sienten.
Por eso un día dejé de leer con los ojos
y empecé a leer con el corazón.
Entonces descubrí que Amar-illo
no era un color.
Era un verbo.
Era un destino.
Era amar... y lo volvería a hacer,
una y otra vez,
las veces que hicieran falta.
Después apareció Ro-sa,
y comprendí que hay personas
que primero rozan el alma
y mucho después la piel.
Luego llegó el Ver-de:
volver a ver el mundo,
pero contigo.
Porque el mundo era el mismo...
y, al mismo tiempo,
ya no era el mismo.
Y entendí que el Az-ul
nunca fue el cielo.
Fue un haz de luz
buscando un lugar
donde quedarse.
Entonces el tiempo decidió vestirse de Mo-rado:
morir un poco al ayer
para aprender a nacer
cada mañana contigo.
El silencio quiso pintarlo todo de Gris.
Pero hasta el silencio gritaba tu nombre.
Y cuando tuve miedo,
la hoja permaneció Blan-ca,
tan blanca
que parecía esperar
el color exacto de tu nombre.
Intenté Ne-garlo.
Negar que existías.
Negar que dolías.
Negar que te amaba.
Descubrí que hay verbos
que nunca aprenden a conjugarse en pasado.
Tomé entonces un Pin-cel,
no para pintar un lienzo,
sino para pintar mis días.
Porque comprendí que el verdadero Lien-zo
siempre fue mi pecho,
y que cada latido
era una pincelada tuya.
La Tin-ta quiso escribirte.
Intentó.
Intentó.
Intentó.
Pero hay amores
que desbordan cualquier alfabeto.
La Acua-rela dejó que la lluvia hablara por nosotros,
porque hasta el agua
conoce el color de los recuerdos.
El Arco-íris no apareció después de la tormenta.
Apareció el día
en que entendí
que cada tristeza escondía un color distinto
esperando pronunciar tu nombre.
Desde entonces ya no busco el Bri-llo.
Lo encuentro.
En tus ojos.
En tus silencios.
En la forma en que pronuncias mi existencia.
Y comprendí la última verdad.
Que la luz necesita de la sombra.
Que el contraste necesita del vacío.
Que el blanco abraza todos los colores
y el negro los guarda en secreto.
Que el horizonte no está delante de nosotros,
sino entre tus manos y las mías.
Y que el amor...
el amor nunca fue rojo,
ni azul,
ni verde,
ni amarillo.
El amor siempre tuvo tu nombre.
Solo que el universo,
por pudor,
decidió llamarlo
color.