Debo explicarte cómo me hace sentir la ausencia de tu interés hacia mí o cómo debo reaccionar cada que te desapareces. No es como si te tuviera que decir las cosas siempre, por el hecho de que creo que tú mismo estás consciente de cómo me tratas y cómo te gusta que te trate.
Trato de decirte, pero aunque lo diga, no cambia nada, ya que tú no entiendes lo que digo o solo finges que no entiendes. Por eso, siempre que lo digo, me desgasto y solo me hace sentir mal por todo. Ya no quedan palabras para decirte cómo me siento.
Solo explicas tú cómo te sientes. Pero ¿alguna vez pensaste cómo me podía sentir yo y cómo tu actitud podía hacerme sentir tan indiferente? Porque todo lo que siempre escuché de ti era lo indiferente que te podías sentir.
Pero, siendo sinceros, tú nunca te ibas a poner en mis zapatos. Pero podemos hablar de esos momentos. Me encantaban los momentos que siempre pasamos juntos, donde solo reíamos o solo nos veíamos.
Pero ahora estoy aquí solo y estoy riendo de lo que pasa, de cómo se derrumba mi vida, en donde, si sostengo un pedazo de mi vida, otro se destruye. Pero podemos brindar por cómo sigo acá sin volverte a pedir que volvamos a andar.
Ahora me toca seguir contando cómo tu ausencia ha hecho muchas cosas en mi vida, desde estar feliz hasta sentirme un poco dolorido. Y está bien, la verdad, no siento la mala costumbre de seguir con esas charlas que nunca tienen un final.
Al final, quiero sanar, pero deja de insistir en que vamos a seguir bien. ¿Y cómo se puede sentir alguien bien si lo único que haces es fastidiarme?
Ya me cansé, ya déjame. Estoy aquí llorando y riendo, pero las llamadas siguen y el vodka parece no acabarse nunca. Y más si tú no te callas con tus estupideces. Pero ¿por qué no acaba todo con un bloqueo de tu número?
Desde ese momento, todo parecía haber terminado, las llamadas cesaron y el alcohol se derramaba. Al parecer, no necesitaba a ninguno al final y solo necesitaba un poco de conciencia para decirte: Adiós, nunca vuelvas, por favor.