No sé si fue amor o una forma de naufragio,
si tu nombre fue refugio
o la palabra más hermosa que aprendí a pronunciar
antes de convertirme en ruinas.
Te amé con una fe casi litúrgica,
con la obstinación de quien confunde
la permanencia con la esperanza,
y la esperanza con quedarse.
Eras la epifanía
que mi cobardía llamaba destino;
yo, apenas un muchacho
coleccionando silencios
para no admitir que tenía miedo.
Qué ironía tan vulgar:
haber querido salvarte
cuando ni siquiera sabía
cómo salvarme de mí.
Ahora tu recuerdo tiene otra acústica.
Ya no duele: reverbera.
Se instala en los intersticios de la memoria
como una herejía que nadie se atreve a confesar.
Y todavía, cuando llueve,
mi corazón —ese animal idiota—
pronuncia tu nombre
con la misma devoción
con la que antes pronunciaba futuro.
Quizá eso sea el desamor:
no dejar de amar,
sino aprender la gramática
de una ausencia.
Y yo sigo conjugándote
en todos los tiempos equivocados.
Fuiste mi anagnórisis,
la revelación tardía
de que algunas personas
no vienen para quedarse.
Vienen para demostrarte
cuánto podías querer
antes de enseñarte
cuánto puede doler
haber querido.