Estoy algo ansioso, en realidad.
Las semanas me pesan, y mi ancla ha dejado de ser Dios; no sé qué es lo que es ahora, porque tampoco es mi libreta, ni mis libros, ni las personas.
Hace meses que me acerqué al Señor, a diferencia del resto de mi familia: ellos llevan años siendo cristianos, estuvieron alejados —eran cristianos alejados—, pero yo… yo ni siquiera era cristiano. Era una persona más, esclavo de pasiones, esclavo de placeres, de drogas, de escapatorias breves a problemas tan grandes y graves, de malas juntas; y definitivamente, una vida en decadencia. Mis hermanos y mi madre oraban por mí tantas veces: cadenas de oración, cada día, cada noche, a todas horas, sin parar.
Y bastaron solo seis años para que yo me acercara; solo seis, después de haber traído tanto llanto a mi familia, tantos sustos y búsquedas en hospitales y comisarías cercanas, me acerqué.
Y no solo me acerqué, sino que volví a acercar a mi familia, una vez más. Estaba tan convencido de que el Señor hablaba conmigo: era esa voz, esa voz exacta en mi oreja derecha, que decía cosas maravillosas. En dos meses había destruido a aquel viejo joven —tal vez malvado, drogadicto en efecto, malagradecido por supuesto— y lo había transformado. Mis malas amistades ahora me odiaban, me aborrecían: ya no era quien era, sino alguien que no querían que fuera, pero yo… yo estaba ahora con el Señor. Y entonces me aparté de ellos, porque no entendían.
Tengo no más de seis meses en la fe; soy un bebé, lo acepto: un bebé que sabe quién lo rescató, que sabe algo de historia y un poco de teología, que definitivamente sabe de denominaciones, y sé que todo eso es una tontería. Es decir: soy un bebé, pero no un ignorante. Sé quién es el Señor.
Y este ha sido mi camino: en seis meses he querido apostatar más de dos veces, pero el Señor me ha sostenido. ¿Pero ahora quién me sostiene? Es que es tal cual como si pudiera elegir rechazar a Dios —un pelagiano, eso me diría un calvinista—, pero yo soy bautista y arminiano: no voy en contra del calvinismo, pero tampoco estoy a favor. Y sin embargo, esa gracia irresistible se siente tan real. No puedo resistirme al Señor: cuando Él llama, yo obedezco; y cuando quiero alejarme, no puedo. Y entonces le doy la razón al calvinista.
Pero últimamente es como si el Señor me diera la libertad de hacerlo, de poder alejarme de Él: ese sería mi libre albedrío, tener la oportunidad de rechazar a Dios. A lo que voy: nuevamente me estoy alejando, y no es por la maldad que veo en el mundo, ni porque Dios —sabiendo que dos hombres pecarían— permitió que sucediera. Él es omnisciente: lo sabía todo, absolutamente todo, incluso que hoy yo estaría escribiendo desde la agonía y la incomprensión, ante un público que no conozco, que en mi vida he visto, pero que me agrada saber que alguien ahí fuera puede leer un poco de quién soy y lo que siento.
He orado, porque no quiero alejarme, no quiero irme; pero me levanto sin fuerzas, nada me motiva. Le digo al Señor: «Me abandono en ti», y no funciona. Nada me sale bien, ni nada me sale mal: es decir, no estoy feliz, ni estoy triste. No es bueno, ni es malo. Para concluir: esa tercera persona que no es Cristo ni la señora, ha vuelto.
Y yo estoy perdiendo la fe: no por las injusticias, ni por buscar razones lógicas. Estoy perdiendo la fe porque clamo y clamo, y siento que el Señor me ignora; me ignora porque no siento que escuche. No hay oraciones de “reseteo”, no las hay. Es un problema más grande, extenso; con una simple oración no puedo cambiar lo que siento, porque no siento nada. Ni siquiera puedo hablarle como si nada hubiera pasado, porque ha pasado de todo.
En la casa era yo quien iniciaba las oraciones antes de cada comida, quien sugería dar gracias; si no soy yo, nadie lo hace. Escucho decir groserías y pienso: ¿quién soy yo para corregir, si el Señor sabe que yo estoy mal con Él? Escucho las alabanzas por la mañana, la voz de mi hermana, y yo me siento ajeno a esa música; escucho hablar de Cristo y siento que Él ya no me conoce.
¿Y quién impulsa a mi familia, si no soy yo? Pero… ¿quién me impulsa a mí, si no es Cristo?
Mi madre dice: «Estoy orgullosa de en lo que te has convertido». ¿Y en quién me he convertido? ¿En alguien que huye de Dios? ¿En alguien que se siente ajeno al Señor que lo rescató?
Hasta parece tonto, porque no pierdo la fe al dudar de si Dios existe o no. Yo sé que existe; pierdo la fe no por su existencia, sino porque simplemente ya no quiero saber nada de Él. Pero mi alma lo necesita, ella quiere que regrese, y yo estoy de acuerdo con eso… pero esa tercera persona me lo impide: esa que no es Cristo, ni la señora, sino algo más.
No sé si las oraciones me ayudarán, no sé qué es lo que me pasa; solo sé que me alejo del Señor, cada día, cada día más… y yo estoy perdiendo la fe.
¡Estoy perdiendo la fe!
— Jorge Guzmán