He comido y devorado tantos libros que mi mente me permite formular poemas sin necesidad de practicar. Las fallas son parte de ese proceso, las cuales aún persisten.
Ha pasado tiempo desde que un pensamiento profundo de mi ser no desemboca en ti; simplemente, no se puede. He intentado atraparte, pero la caña se rompe a medio camino. ¿Serán las turbias aguas o solamente mi mala «suerte» a la hora de «pescar»? Sea lo que sea, no te puedo atrapar.
Te he registrado en el libro, te he dibujado y he descrito tus características, aunque solamente te haya visto. Porque, si un pescador no se propone atrapar a su bestia enemiga, no es un pescador: es un simple pasante que está por ahí.
Lo que me ha mantenido bajo la marea todos estos días es la pasión que siento al intentar atraparte una y otra vez. Es lo que me permite seguir adelante.
Cuando llegue ese día, aunque no lo desee, veré que otro pescador te habrá atrapado, porque las aguas turbias se habrán calmado o, simplemente, porque habrá tenido más «suerte» a la hora de «pescar».
No me dolerá ni me dará tristeza; simplemente, me apenará, porque, ante un ser tan majestuoso al que intenté atrapar, no fui lo suficientemente hábil para alzarlo y llevarlo al muelle.
Me quedaré pensando por qué gasté tantos años, tanto tiempo, en un mísero pez. Me doy cuenta de que lo que apreciaba de ti era tu habilidad para luchar y que, cuando te atrapara, ese sentimiento desaparecería.
Valoro más el camino que el destino.
Esta es la pasión de un pescador que no tenía «suerte» a la hora de «pescar».