Caído y sangrando por todas sus heridas.
Su imagen entre el barro representaba la derrota.
Las heridas nuevas lo atormentaban y las viejas volvían a doler. Tantas batallas, tantos esfuerzos... Pero ahí estaba, mezclando su sangre con la inmundicia que lo rodeaba.
Ya no recordaba quién era su enemigo de turno. No tenía sentido. Nada cambiaba lo que le pasaba.
Su cuerpo aún resistía, increíblemente, pero el problema era su alma.
Estaba cansado de pelear. Había olvidado el sentido de todo, si es que alguna vez lo había tenido.
Terminó de levantarse, soltó sus armas y abrió las manos.
Caminó rumbo a ninguna parte, mientras sus lágrimas arrastraban la sangre y el barro de su rostro.
Miró a la luna y respiró.
Su cuerpo empezó a iluminarse poco a poco. Se sintió liviano, profundamente libre. La luz se hizo cada vez más intensa, hasta que todo fue resplandor.
Entonces, la estrella se liberó de su cuerpo y salió despedida rumbo al cielo.
Volviendo a casa.