El sol apenas empezaba a subir cuando Catherine, la Carmesí del Flujo Sagrado, se presentó ante los aspirantes reunidos en la explanada principal. Su voz era serena pero firme, y todos guardaron silencio al escucharla.
—Escuchen bien —dijo, mirando a cada uno—. De los cincuenta que comenzaron la prueba de la fuerza, solo veinte han logrado superarla. El resto no cumplió con lo necesario y han regresado a sus aldeas. A partir de ahora, avanzan ustedes.
Un murmullo suave recorrió el grupo. Veinte. Lux apretó la empuñadura de su espada, agradecida de seguir ahí.
—La siguiente etapa no será una competencia entre ustedes —continuó Catherine—. Será una prueba de servicio. Los dividiremos en grupos de cinco. Cada grupo viajará a una aldea distinta para ayudar a sus habitantes con las tareas más necesarias. Eso es lo que realmente hace un Carmesí: servir a su pueblo.
Cuando anunciaron los nombres, Lux escuchó el suyo junto a los de Gale, Mara y otros dos jóvenes: Rian y Nima. Y el instructor que los acompañaría sería Alphonse.
Se reunieron en la puerta de salida, listos para subir al tren de vapor que solía llevar a los grupos entre aldeas. Pero Alphonse se adelantó y les dijo con seriedad:
—El tren no está funcionando en esta fecha. Así que tendremos que irnos caminando hasta la Aldea de Atrás de las Montañas. Eso también es parte de la prueba.
Los chicos se miraron entre sí, sorprendidos.
—El camino es largo y peligroso —continuó él, mirándolos a todos—. Estará lleno de criaturas que han sido genéticamente modificadas por la radiación que cubre estas tierras. Si los atacan, o si atacan a alguno de sus compañeros, tendrán que defenderse. Tendrán que estar muy atentos, especialmente porque gran parte del recorrido lo haremos de noche. Manténgase juntos, alertas, y cuídense unos a otros.
El corazón de Lux dio un vuelco. No esperaba esto. Apretó la empuñadura de su espada, sintiendo el frío del metal bajo sus dedos. Gale se acercó a ella y le dijo en voz baja:
—No te alejes. Estaremos cerca.
Mara asintió, con los ojos fijos en el bosque que se extendía frente a ellos:
—Caminaremos juntos. Nada nos pasará.
Comenzaron a andar. El camino se adentraba entre árboles de hojas pálidas y retorcidas, donde la bruma colgaba como un velo espeso que apenas dejaba ver unos pasos adelante. El suelo era irregular, cubierto de raíces duras y piedras resbaladizas. A medida que avanzaban, el sol fue ocultándose tras las cumbres y la oscuridad creció rápido, envolviendo todo en sombras alargadas. Sus pasos eran lo único que se escuchaba, junto con el crujido de ramas secas y sonidos extraños: chillidos agudos, pasos rápidos que corrían entre la maleza, rugidos bajos que hacían vibrar el aire.
La primera hora transcurrió en silencio tenso. Entonces, de pronto, algo saltó desde la copa de un árbol: una criatura pequeña pero feroz, con pelaje áspero y manchado, dientes demasiado largos y ojos que brillaban en la penumbra. Cayó justo delante de Nima, mostrando las garras. Antes de que pudiera acercarse, Gale movió la mano y una ráfaga de aire fuerte la empujó contra el tronco más cercano; la criatura soltó un chillido y desapareció entre las sombras.
—¡No bajen la guardia! —advirtió Alphonse sin detenerse—. Solo fue la primera.
Poco después, al cruzar un tramo de terreno abierto, tres sombras salieron de la espesura al mismo tiempo. Eran más altas que la primera, delgadas y deformes, con patas largas que se doblaban en direcciones antinaturales. Cercaron al grupo por los flancos. Una se lanzó hacia Rian, que desenvainó su espada y la mantuvo a raya, aunque temblaba. Otra se acercó a Lux, abriendo la mandíbula. Lux dio un paso firme, sosteniendo la mirada de la criatura, y alzó su espada; el brillo del metal la hizo dudar un instante, tiempo suficiente para que Mara tocara la tierra y raíces gruesas brotaran enredando las patas del animal, que forcejeó antes de liberarse y huir. La tercera se abalanzó hacia Gale, quien la rodeó con remolinos de aire, elevándose en el aire hasta que perdió el equilibrio y cayó lejos.
—Bien —dijo Alphonse, mirando a todos—. Se defienden, pero no se alejen. Vienen más.
La noche terminó de caer y el frío se volvió cortante. La bruma se volvió espesa tanto que apenas podían ver a la persona que tenían al lado. De pronto, un rugido más fuerte que los anteriores sacudió el suelo. Una criatura enorme, de espalda jorobada y piel grisácea cubierta de costras, emergió de la niebla bloqueando el camino. Tenía ojos pequeños y feroces, y brazos tan largos que casi arrastraban por tierra. Dio un paso hacia ellos y golpeó el suelo con fuerza, haciendo que todos perdieran el equilibrio un instante.
—¡Juntos! —gritó Lux, sin pensarlo.
Gale envió una corriente de aire directa a su rostro para cegar; Mara hizo crecer una barrera de arbustos espinosos que la detuvo unos segundos; Rian y Nima atacaron desde los lados; y Lux, cuando la criatura se inclinó para pasar la barrera, se adelantó con la espada en alto, sintiendo cómo se calentaba levemente en su mano. No la hirió de gravedad, pero el resplandor que brotó de la hoja fue suficiente para asustarla. La bestia rugió, dio media vuelta y se perdió en la oscuridad.
Respiraban con dificultad, todos con el corazón a mil por hora.
—Está bien —dijo Alphonse, por primera vez con un tono que casi parecía aprobación—. Han mantenido la calma y se han cubierto. Eso es lo que salva vidas. Pero el camino aún no termina. Sigan.
Avanzaron durante horas más, con los sentidos en alerta máxima. Otras criaturas los acecharon desde lejos —parejas de ojos brillantes que seguían su avance—, pero ninguna se atrevió a acercarse de nuevo. Cuando por fin las luces de la aldea aparecieron entre la niebla, todos soltaron el aire que habían estado conteniendo sin darse cuenta. Tenían las manos entumecidas, ropa sucia y rasgada, y el cuerpo cansado, pero nadie se había quedado atrás.
En esta ocasión Lux no portaba su armadura, solo llevaba un pantalón azul oscuro holgado y una playera negra de mangas que se encontraba sucia y rota por el viaje y todo el esfuerzo.
Fue entonces, mientras caminaban los últimos metros, que Lux escuchó por casualidad a Rian hablar con Gale, bajando la voz:
—¿Sabes? Escuché algo… dicen que originalmente era Zero quien debía acompañarnos aquí. Pero Alphonse insistió muchísimo para tomar su lugar. Casi no lo dejaban, pero él no aceptó un no por respuesta.
Lux se detuvo en seco. Zero… el líder de los Carmesí. ¿Por qué Alphonse querría ocupar su puesto? ¿Y por qué justamente aquí? Sintió un escalofrío recorrer la espalda, pero no dijo nada. Siguió caminando, guardando esa duda en lo más hondo de su mente.
Cuando por fin llegaron, las puertas de la aldea se abrieron para ellos. La gente los miraba con asombro y respeto. Lux sentía la garganta apretada: todo era igual y distinto a la vez. Su madre Rebeca la esperaba en la entrada, delgada pero de pie, con una manta vieja sobre los hombros y una sonrisa temblorosa que iluminó su rostro al verla. A su lado, Alice, que con sus quince años ya era casi tan alta como ella, corrió a abrazarla con lágrimas en los ojos. Para Lux, su hermana seguía siendo la niña a quien siempre protegería.
—¡Sabía que volverías! —dijo la joven, apretándola con fuerza.
Lux la abrazó con cariño y le acarició el cabello. Después, tomó la mano de su madre y la llevó donde estaban sus compañeros.
—Mamá, Alice… quiero presentarles a mis amigos —dijo con voz cálida—. Ella es Mara, y él es Gale. Han estado conmigo desde las primeras pruebas.
Mara se adelantó con una sonrisa suave y tendió la mano:
—Es un honor conocerlas. Lux nos ha hablado mucho de ustedes.
Gale asintió, con una mirada amable y sincera:
—Gracias por recibirnos. Cuidaremos de su querida hija, Lux
Rebeca les sonrió, con los ojos brillantes:
—Bienvenidos sean. Cualquier cosa que necesiten, aquí estaremos.
Los días siguientes fueron de trabajo intenso y gratificante. El grupo repartió las tareas con cuidado, y la aldea entera pareció renovarse con su llegada.
Mara recorrió los huertos que habían quedado abandonados por la sequía. Posaba las manos sobre la tierra reseca, cerraba los ojos y, poco a poco, brotaban retoños verdes donde antes solo había polvo. Hizo crecer hileras enteras de verduras, fortaleció los árboles frutales y cubrió los techos de las casas más viejas con enredaderas floridas que daban sombra y belleza. Los niños la seguían por todas partes, maravillados viendo cómo nacían flores entre sus dedos.
Gale, por su parte, subía a las cumbres cercanas y guiaba corrientes de aire limpio que barrían la bruma gris y pesada que siempre cubría la aldea. Con un movimiento de sus manos, apartaba las nubes dañinas y llamaba a otras cargadas de agua dulce para regar los cultivos. También reparaba los molinos de viento que llevaban años sin funcionar, soplando con precisión para aflojar las piezas oxidadas y hacerlos girar otra vez.
Lux trabajaba con la misma entrega, sin esperar que la tierra o el viento le respondieran. Subía a los tejados para reparar las tablas rotas, cargaba cubos de agua desde el arroyo hasta las casas más altas, ayudaba a reconstruir la cerca del corral que se había caído con la última tormenta, y cavaba la tierra para plantar junto a Mara. Sus manos se llenaron de callos y su espalda le dolía cada noche, pero no se quejaba. Al contrario: sentía que cada golpe, cada carga, la acercaba más a la persona que quería llegar a ser.
Por las tardes, cuando terminaban las tareas, los tres se reunían en la pequeña casa de Lux. Rebeca les preparaba sopa caliente, y Alice, con toda su curiosidad, no dejaba de hacer preguntas sobre la fortaleza, sobre las pruebas, sobre todo lo que habían visto. Gale le contaba historias de vientos lejanos; Mara le mostraba flores que no se marchitaban; y Lux los escuchaba, sintiéndose afortunada de tener a esas personas a su lado.
Un atardecer, apartada de los demás, Lux se detuvo un momento para descansar junto a un viejo muro de piedra. Acarició la empuñadura de su espada y el dragón grabado brilló con luz rojiza y suave. Y entonces escuchó la voz, no en sus oídos, sino en lo más profundo de su ser:
«Lux… es hora de despertar. Es hora de ser una esperanza.»
El calor la envolvió entera, tibio y firme, y luego se desvaneció como si nunca hubiera estado. Lux permaneció inmóvil, con la mano aún en la espada, entendiendo que esas palabras eran para ella y para nadie más.
Todo parecía en paz… junto al río que cruzaba la aldea, donde el agua corría clara y fresca entre piedras lisas, Rian y Nima se acercaron a Lux con expresión de desprecio.
—No mereces estar aquí —dijo Rian con voz cortante—. No tienes ningún don. Estás robando el lugar a alguien que sí lo merece.
—Deberías irte —añadió Nima—. No tienes nada que hacer entre nosotros.
Lux se quedó quieta, apretando las manos. Rebeca, que pasaba cerca recogiendo agua del río, se acercó de inmediato y se puso delante de su hija.
—¿Cómo se atreven a decirle eso? —les dijo con voz firme aunque temblorosa—. Ella ha trabajado más que muchos de ustedes. No les debe nada.
—Ah, claro, la defiendes porque es tu hija —escupió Rian—. Una inútil que no sirve para nada, igual que la madre.
—No tienen ni un don entre las dos —remató Nima—. Solo saben estorbar.
Lux sintió que la sangre le hervía. Algo despertó dentro de ella. Bajo su mano, la empuñadura de la espada comenzó a calentarse, primero tibia, luego ardiente. La hoja brilló con una luz rojiza que nadie podía ignorar, reflejándose en el agua del río. Sus ojos, antes azules, cambiaron de color: un rojo intenso, profundo, como llamas vivas.
—Retiren lo que dijeron —dijo Lux, y su voz sonó distinta, más grave, más poderosa.
Rian y Nima retrocedieron asustados. En ese momento llegaron Mara y Gale, que lo habían visto todo desde la orilla.
—Basta —dijo Gale, poniéndose al lado de Lux—. Han ido demasiado lejos.
—Lárguense —añadió Mara con los ojos encendidos—. Antes de que se arrepientan.
Los dos jóvenes se fueron, murmurando, pero con la cabeza baja.
Lux soltó el aire y el brillo de la espada se fue apagando poco a poco. Entonces escuchó un suspiro suave a su lado. Rebeca se llevó una mano al pecho y sus piernas cedieron, cerca de la orilla.
—¡Madre! —Lux la atrapó antes de que tocara el suelo, sosteniéndola con fuerza.
—Estoy bien… solo fue un momento —dijo Rebeca con voz débil.
—Las acompañamos a casa —dijo Gale con suavidad.
—No —dijo Lux, ayudando a su madre a incorporarse—. Gracias por defenderla, Ya nos vamos.
Caminó despacio, sosteniendo a Rebeca, con Alice a su otro lado. La espada seguía en su cintura, silenciosa ahora, pero Lux sabía que algo había cambiado. Algo que dormía en ella acababa de abrir los ojos junto al río.
Esa misma tarde, cuando el sol empezaba a ocultarse, buscó a Olga. La encontró sentada en el umbral de su casa, tejiendo una manta. No era una anciana, sino una mujer de unos cincuenta y siete años, de rostro firme y manos trabajadoras, apenas unos años mayor que su madre Rebeca. Lux se acercó despacio y se sentó a su lado.
—Olga —dijo con voz suave—. Necesito hablar contigo. Es importante.
Olga levantó la vista y la miró a los ojos.
—Te escucho, niña.
—Conocí a alguien —comenzó Lux, apretando las manos—. Se llama Elena. Me dijo que es la abuela paterna de Estrella. Y me dio a entender que hay mucho más que no se me ha dicho. Necesito que me cuentes lo que sepas. Por favor.
Olga se quedó callada un instante. Sus manos dejaron de moverse. Abrió la boca para hablar, con la mirada llena de algo que parecía a la vez triste y decidido:
—Elena… ella esperaba este momento. Ven, siéntate más cerca, porque hay cosas que…
—¡Lux! —la voz cortante de Alphonse la interrumpió de golpe.
Ambas giraron. Él estaba a pocos pasos, de pie, con la mirada seria y el ceño fruncido.
—¿Qué estás haciendo? —le dijo, con tono firme—. No has venido aquí para sentarte a platicar. Viniste para trabajar. La aldea necesita ayuda, no charlas. Vuelve a tus tareas ahora mismo.
Lux se quedó inmóvil, sorprendida por la dureza de sus palabras.
—Pero… solo quería preguntarle algo rápido…
—No hay nada que decir —la cortó él, sin bajar la voz—. Has perdido el tiempo suficiente. Ve.
Olga bajó la mirada y apretó suavemente la mano de Lux, sin decir una palabra más. Lux se levantó despacio, con el pecho apretado, y se alejó hacia donde estaban los demás. Pero mientras caminaba, no podía dejar de pensar: Alphonse no solo la había reprendido. Lo había hecho justo en el momento en que Olga iba a empezar a hablar. Como si… como si no quisiera que lo hiciera.
Una sospecha comenzó a formarse en su mente, lenta pero firme: Algo estaba ocultando Alphonse. Y no quería que ella lo supiera.
Llegó el día de regresar. Lux se despidió con el corazón apretado, prometiendo volver pronto. Buscó a Olga, pero no la encontró. El camino de vuelta fue silencioso; nadie habló de lo sucedido junto al río, pero todos lo llevaban en la mente. Cuando las torres de la Ciudad Carmesí aparecieron entre la bruma, Lux sintió que regresaba a un lugar donde pronto tendría que enfrentar la verdad.