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El secreto de la espada del dragón

Jhobere
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La mañana avanzaba con luz suave cuando Lux encontró a Elena sentada junto a la fuente principal, observando pasar a la gente con una expresión serena pero triste. Se acercó despacio y se sentó a su…

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La mañana avanzaba con luz suave cuando Lux encontró a Elena sentada junto a la fuente principal, observando pasar a la gente con una expresión serena pero triste. Se acercó despacio y se sentó a su lado.

—Sabía que vendrías —dijo Elena sin apartar la vista de las personas que iban pasando—. Te estaba esperando.

Lux la miró fijamente.

—Necesito saberlo. ¿Quién eres?

Elena suspiró suavemente.

—Soy la abuela paterna de Estrella. Pero hay cosas que aún no puedo contarte. No todavía. Hay personas vigilando, escuchando por todas partes. Si digo más ahora, pondremos en peligro a ti, a tu familia… y a lo que Estrella protegió con su vida.

—¿Ella sabía que yo vendría? —preguntó Lux con voz temblorosa.

—Lo supo desde mucho antes de que tú misma lo supieras —respondió Elena, y le apretó suavemente la mano—. Pero ahora debo irme. Confía en tu camino. Nos volveremos a ver cuando sea seguro.

Sin esperar respuesta, se levantó y se alejó entre la multitud, dejando a Lux con el corazón revuelto y mil preguntas sin respuesta.

 Poco después, el sonido de trompetas claras llamó a todos al espacio abierto entre los árboles, donde se realizaría la Prueba de Fuerza. El recinto estaba cercado por troncos gruesos y vigilado por guardias con túnicas carmesí. En el centro, alineadas en fila, esperaban cincuenta inmensas ruedas de piedra gris, tan altas como la cintura de un hombre, colocadas cada una sobre una rampa de tierra compacta que subía con una inclinación pronunciada.

Alphonse se adelantó y su voz, llevada por el aire, llegó a todos los rincones:

—Hoy no mediremos solo la fuerza del cuerpo —dijo, mirando a cada uno—. Sino la fuerza de voluntad: la que sostiene cuando los músculos piden descansar, la que no se rinde aunque todo parezca en contra. Esa es la verdadera fuerza de un Carmesí. La prueba consiste en empujar su rueda y mantenerla girando hacia arriba. Quien la detenga o la deje bajar, queda fuera.

Los participantes tomaron sus lugares. Lux se colocó frente a la suya, con la espada del dragón ceñida al costado, sin ningún don que la ayudara. A su izquierda estaba Gale: de pie esbelto, cabello revuelto como si siempre soplara el viento cerca de él, con los ojos claros y la mirada firme. A su derecha, Mara: con manos suaves y rostro amable, vestida con tonos verdes y marrones, y en el borde de su rueda ya se veían brotar diminutas flores blancas que seguían el movimiento de sus dedos.

Nadie la molestaba esta vez. Todos estaban demasiado concentrados en su propia lucha, sintiendo lo pesado de la prueba. Pensaban, sin embargo, que era tan difícil que Lux, sin ningún don, se daría por vencida por sí misma antes de llegar muy lejos.

—¡A la señal! —gritó Alphonse—. ¡Comiencen!

Gale fue el primero en tomar impulso. Respiró hondo y, al extender las manos, una corriente de aire fresca lo envolvió y empujó la rueda desde atrás. Giró con facilidad, ligera y constante, como si el viento mismo la tomara a su cargo. Gale avanzaba con paso tranquilo, sin siquiera apoyar las manos por completo, guiándola con su voluntad. De vez en cuando le dedicaba una mirada rápida a Lux, como comprobando si seguía de pie.

Mara, en cambio, posó ambas manos sobre la piedra rugosa y cerró los ojos. Al mover las manos en un gesto suave, brotaron raíces gruesas desde la tierra que se aferraron a la base de la rueda y la impulsaron hacia arriba. Con cada movimiento de sus dedos, nuevas flores amarillas y azules florecían a su alrededor, iluminando el camino. Avanzaba despacio pero segura, sin prisa, sosteniendo el peso con la misma calma con la que se cuida un jardín.

Lux apoyó las manos en la piedra fría y empujó con todo su ser.

La rueda se movió apenas unos centímetros. Pesaba toneladas. Sin viento que la empujara ni raíces que la sostuvieran, todo recaía sobre sus brazos, sus piernas, su voluntad. Empujó de nuevo, con un gemido ahogado entre los dientes, y la rueda giró lentamente, chirriando contra la rampa.

Conforme subía, la inclinación se hacía más dura. Sus brazos ardían como si el fuego mismo los recorriera; las piernas le temblaban tanto que creyó que en cualquier momento cederían. Vio a otros avanzar con sus dones: algunos hacían que la tierra se elevara para ayudar, otros dirigían chorros de agua que daban impulso. Ella no tenía nada de eso. Solo sus manos, su respiración entrecortada y la promesa que se hizo a sí misma.

—No te detengas —se dijo, mordiéndose el labio hasta sentir el sabor metálico—. Por mamá, por Alice… por papá.

La rueda se detuvo. La gravedad tiró de ella con fuerza, queriendo hacerla retroceder. Lux empujó con un grito ronco, los pies deslizándose levemente sobre la tierra suelta, y la piedra volvió a ceder. Avanzó centímetro a centímetro, sudando, con el cabello rojo pegado a la frente y su armadura manchada de polvo y tierra.

A su lado, Gale notó su dificultad. El viento a su alrededor se agitó un instante, como si quisiera extenderse hacia ella, pero se contuvo: sabía que la prueba era de cada uno. En su lugar, le dijo con voz firme, sin dejar de empujar:

—¡Tú puedes, Lux! No sueltes!

Mara asintió con energía, sin dejar de mover las manos para sostener sus raíces:

—¡Sigue así! Un paso más, solo un paso más!

Lux escuchó sus voces y encontró fuerzas que no sabía que tenía. Respiró hondo, apretó los dientes y empujó otra vez. La rueda giró. Y otra vez. Y otra. No fue rápida. No fue elegante. Pero no retrocedió ni un solo centímetro. Mientras algunos participantes empezaban a soltar y a apartarse, exhaustos, ella seguía ahí, empujando, respirando, luchando.

Cuando finalmente sonó la señal de fin, Lux no pudo sostenerse de pie y se dejó caer de rodillas sobre la tierra, temblando de cansancio pero con la cabeza en alto. Tenía las manos raspadas y ardiendo, y los músculos le dolían tanto que apenas podía moverse, pero no la dejó caer. No la dejó ganar a la gravedad.

Gale llegó a su lado antes de que pudiera levantarse sola. Se agachó y le ofreció la mano con una sonrisa genuina:

—Lo hiciste increíble. No muchos sin un don logran llegar hasta el final.

Mara se acercó después, y al tocarle suavemente el brazo, hicieron brotar pequeñas flores moradas entre sus dedos, como un regalo:

—Eres muy valiente —dijo con ternura—. Esa fuerza no la enseña nadie.

Lux les sonrió, con los ojos brillantes y la garganta apretada, y aceptó la mano de Gale para ponerse de pie. Los tres se apartaron un poco del grupo, buscando un rincón bajo la sombra de los árboles para recuperar el aliento. Fue entonces cuando Gale habló en voz baja, mirando hacia donde Alphonse daba instrucciones a otros participantes:

—¿Se han dado cuenta de que siempre es Alphonse quien lleva a cabo todas las pruebas? —mencionó, con la mirada atenta—. En cada selección, en cada examen… siempre él.

Mara asintió lentamente, y sus dedos acariciaron una hoja que acababa de nacer en la rama más cercana:

—Lo sé. Y me hace pensar en mi aldea —dijo ella con voz suave—. Allí vive alguien que lo conoce bien. Es su padre. Ahora es un hombre mayor, pero fue el Carmesí principal.

—¿El padre de Alphonse? —preguntó Lux, curiosa.

—Sí —continuó Mara—. Se decía que tenía un poder colosal. Nada que ver con lo que vemos en Alphonse, que domina el aire con delicadeza. Su padre… podía mover montañas con su respiración y llamar a tormentas enteras con un gesto. Era imparable. Lo más grande que jamás ha visto nuestra gente.

—¿Y ahora? —preguntó Lux.

—Ahora ya es anciano —respondió Mara bajando la mirada—. Regresó a mi aldea y es el líder, pero su fuerza se ha apagado con los años. Dicen que Alphonse nunca pudo igualarlo. Que por eso… se esfuerza tanto por demostrar que está a la altura.

Gale soltó un suspiro suave:

—Es curioso. A veces quienes más parecen tenerlo todo, cargan con los pesos más pesados.

Lux guardó silencio, pensativa. No conocía el peso de tener un padre tan poderoso, pero entendía bien lo que era esforzarse por estar a la altura de alguien que ya no estaba.

—Vamos —dijo ella, enderezando la espalda—. Sea como sea, nosotros seguimos adelante.

 

Aún con el corazón latiéndole desbocado y la mente llena de nuevas preguntas, comenzó a caminar de regreso hacia su pabellón, pero al pasar por un patio de muros altos y olor a hierro caliente, una voz profunda la detuvo:

—Esa espada… no la he visto en mucho tiempo.

Lux se giró. En la entrada de un amplio taller de forja, un hombre de manos grandes y rostro marcado por el fuego la observaba con asombro. Tenía el cabello canoso y los ojos oscuros, vivos.

—¿La conoces? —preguntó Lux, apretando el puño de la empuñadura donde el dragón parecía dormir.

El hombre asintió, acercándose despacio como si temiera asustarla:

—La forjó Bastian Blackwood. Es una de las mejores piezas que salieron de este taller. Tiene algo que muy pocas espadas poseen: guarda el don de quien la ha portado.

Lux dio un paso atrás, con la respiración entrecortada:

—¿Bastian? Ese… ese era el nombre de mi padre.

El hombre abrió los ojos de par en par:

—¿Eres hija de Bastian y Rebeca?

—Sí —susurró ella.

Una sonrisa sincera y nostálgica iluminó el rostro del forjador:

—Yo soy Emilio. Trabajé junto a tu padre durante años. Él no solo forjaba armas; ponía su corazón en cada golpe. Conocí también a tu madre, antes de que… —calló un instante y luego continuó con voz cálida—. Me alegra saber que su hija lleva su obra.

—¿Podría contarme algo más de él? —pidió Lux, con los ojos llenos de lágrimas que no dejaba caer.

—Ven mañana, después de las pruebas —le dijo Emilio—. Pasa a mi taller. Te tomaré medidas y te haré algo que te proteja como mereces: una armadura hecha solo para ti, en su memoria. Y te contaré todo lo que quieras saber sobre tu padre.

Lux asintió con fuerza, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el nombre de su padre no era solo un recuerdo lejano, sino un lazo que aún la sostenía.

—Iré —prometió—. Gracias, Emilio.

Mientras se alejaba, acarició la empuñadura de la espada. El dragón grabado brilló tenuemente, como si también él sonriera.

Thoughts

  • bsalas87

    Yo a Emilio todavía no le creo todo. Se corta justo cuando va a hablar de Rebeca y le pide a Lux que vuelva al otro día, sola, al taller. Puede ser buena gente, pero en esta fortaleza todos los que saben algo lo cuentan a medias.

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  • Ovid

    La espada que guarda el don de quien la ha portado cambia cómo leo las pruebas: Lux entra a cada una sin don, pero nunca va del todo sola. Apuesto a que Emilio sabe más de Rebeca de lo que dijo en la puerta del taller, y que la armadura va a ser la excusa para contarlo. Me gusta mucho que el padre vuelva a través de su trabajo.

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  • Fefo

    Ombe, Gale casi le presta el viento y se aguanta. Me cae bien el pelado, pero me late que se contuvo más por las reglas que por ella.

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