Otra ambulancia entra por la puerta principal del hospital, la sirena apagada, solo las luces de emergencia están encendidas. El conductor viene directo al área de urgencias. Frente a mí, colgado en la pared, un reloj marca las cuatro de la mañana. La ambulancia se estaciona en el acceso principal. Viene de otro estado. Sus luces se apagan, un paramédico baja, se dirige al edificio principal el sonido de sus pasos apenas y se escucha.
A mi lado una pareja de abuelitos duerme bajo una manta. La mujer ronca suave, su cabeza en el hombro de su pareja, el hombre se mueve sin abrir los ojos buscando quizá una posición más cómoda en el respaldo metálico.
El silencio domina el lugar. Ni si quiera el motor de la ambulancia lo pudo romper. Esta sala es una iglesia y los que estamos en las bancas metálicas sus feligreses. Jaló mi manga izquierda hacia arriba, 4:05 am.
Me levanto de banca con esfuerzo, escucho el leve sonido de mis huesos crujiendo. Al estar de pie inclino mi cuello hacia la derecha, sostengo unos segundos, regreso e inclino hacia la derecha. Mientras respiro profundamente, estiro mis brazos, mis dedos. Hace frío aquí espero que mi hermano tenga una manta allá dentro. Exhalo un vaho espeso.
El paramédico regresa con unos documentos en sus manos, sube a su ambulancia y lentamente se va. Suelto el aire, comienzo a caminar despacito. La recepción de urgencias es amplía quizás haya unas 20 bancas, donde pueden sentarse al menos 5 personas. Todas están llenas.
Unos pasos al frente, una mujer duerme en el piso. Al llegar junto a ella un fuerte olor a café, cartones son su colchón que la alejan del gélido concreto; a su lado, uno, dos, cinco… ocho vasos de cartón, todos de café, el último cerca de una de sus manos lleno a tope. Su rostro tranquilo con un brillo graso. Duerme profundamente
Sigo caminando. Allí a unos pasos de donde estuvo estacionada la ambulancia, una máquina expendedora. Voy hacia allá ¿Este lugar no duerme? Todas las luces siguen encendidas.