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Pensamiento

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Ovid

El salto por encima de las bolsas pasa antes de que se vea en el vaso y antes de que nadie le explique nada. El cuerpo se entera primero de que tiene 25 y el va alargando el paso para ver hasta donde llega, muerto de miedo y probando igual. Me gusta que l

El salto por encima de las bolsas pasa antes de que se vea en el vaso y antes de que nadie le explique nada. El cuerpo se entera primero de que tiene 25 y el va alargando el paso para ver hasta donde llega, muerto de miedo y probando igual. Me gusta que le dejes ese rato de carrera antes de darle la noticia :)

Contenido de la publicación

Sin salir de su asombro, el anciano corrió por la calle y, cuando estaba por chocarse con unas bolsas, las saltó como si fuese un atleta. La desesperación del momento no le permitió analizar la situación, pero no podía creer que eso estuviera pasando en realidad. Poniéndose a prueba, aceleró el ritmo y sus pasos se hicieron tan largos que logró perder a las bestias mecánicas que lo perseguían.

Entró en un restaurante, se sentó lo más alejado posible de los ventanales y se cubrió detrás de la carta mientras espiaba la calle para ver si pasaban esos engendros.

Agitado, nervioso y como dentro de un sueño, intentaba poner en orden esos hechos.

—Señor —dijo el camarero que estaba a su lado—, ¿puedo tomar su orden?

El anciano casi se desmaya del susto, pero no era el primero del día.

—Sí, disculpe. Tráigame una botella de agua sin gas.

—En un momento —dijo el mozo mientras se alejaba con una forma de caminar que le llamó la atención al anciano, aunque eso era lo menos extraño de todo lo que estaba viviendo.

¿Qué estaba pasando? ¿Cuándo comenzó todo eso?

El anciano solo recordaba haber ido a comprar frutas, haber conversado con sus nietos un buen rato y, después de eso, ya no recordaba nada. Creía haberse dormido, pero tampoco recordaba haberse despertado. Y eso no era algo simple para el pobre anciano: después de despertar necesitaba un buen tiempo para que sus ojos aclararan el panorama a su alrededor, y sus huesos tenían que ponerse en orden porque al despertar siempre parecían haberse soldado.

Pero nada de eso estaba en sus recuerdos. De repente, tres criaturas enormes, como sacadas de una película, lo perseguían por la calle sacando chispas en el asfalto con sus patas de metal, y el anciano solo atinó a huir. Después del gran susto, se vio corriendo con una agilidad que ni de joven había tenido.

—Permiso —dijo el mozo mientras acomodaba las cosas en la mesa.

—Sí, gracias —alcanzó a decir el anciano mientras miraba a su alrededor.

Todo el lugar le resultaba extraño y, mientras su excitación se calmaba, comenzaba a darse cuenta de los detalles.

La televisión, o al menos eso donde se veía ese partido de fútbol, no era algo que hubiese visto nunca. Se veía la imagen en una esquina del local, como si se proyectara, pero no en la pared sino en el aire, ocupando un volumen, y se distinguían detalles y perspectivas con tanta nitidez que hasta parecían poderse tocar.

Y la calle. Se veía la calle a través de los ventanales, pero no vio autos en ningún momento.

¿Estaba soñando? No podía ser un sueño; estaba consciente de ello y, cuando uno sueña, no se da cuenta de que puede ser un sueño: simplemente sueña.

Comenzó a mirar a la gente a su alrededor y no notó nada demasiado extraño, hasta que tomó su vaso de agua. Sus ojos se abrieron al ver su reflejo. Cuando estaba calmándose, su corazón volvió a acelerarse; se puso de pie y buscó su reflejo en el cristal de un enorme acuario.

Era él, pero 50 años antes de su último recuerdo.

—Disculpe, señor. Por favor, siéntese y trate de calmarse; ya van a venir sus familiares —dijo el mismo camarero que lo había atendido, ahora acompañado por otra persona.

—¿Pero qué pasa?

—Díganos, ¿qué es lo último que recuerda?

—Yo estaba con mis nietos, no sé, nada fuera de lo común. Pero lo importante acá es que yo tengo 81 años.

—Entiendo. No se asuste, eso suele pasar.

—¿Pero qué cosa es lo que suele pasar? ¿Tener 81 años y de golpe verse y sentirse como de 25?

—Tranquilícese, señor. Seguramente usted es de los primeros pacientes y algo provocó que olvidara su vida y de golpe volvió a sus últimos recuerdos.

—No entiendo —dijo el asustado anciano mientras se miraba los brazos y buscaba las arrugas en sus manos que ya no estaban.

—Según dicen, el proceso que usaban para borrar la memoria de los últimos momentos desagradables de la vida tenía algún defecto y a muchas personas de esos primeros años del tratamiento de recuperación cellular les ha pasado de perder la memoria de toda su vida y volver a la anterior.

—Mire, no me está aclarando mucho, solo me está asustando más. ¿Quiere decir que estoy muerto?

—Disculpe, no somos médicos, pero no, es obvio que no está muerto; usted se ve muy sano. Pero le deben haber aplicado el tratamiento de recuperación celular cuando era muy mayor y, si ahora de golpe le volvieron los recuerdos de esa época, entiendo que esté asustado.

—A ver —dijo el anciano tratando de calmarse—, ¿ustedes dicen que me hicieron un tratamiento para rejuvenecerme y me olvidé de todo?

—No sabemos su caso, señor, pero si recuerda tener 81 años y se ve tan joven, es evidente que usted está tratado. Díganos, ¿en qué año nació?

—1932.

—Veamos... Es cierto, usted no tiene 81 años. Usted tiene 231 años.

—¿Pero entonces en qué año estamos? —preguntó el anciano frunciendo el ceño.

—2163, señor.

El anciano se dejó caer en una silla. Se sentía mareado y su cabeza parecía girar mientras sus pensamientos se amontonaban tratando de dar sentido a tanta información.

En ese momento entraron tres personas al restaurante, que al verlo fueron hacia donde estaba.

—Papá —dijo uno, que era el único al que pudo reconocer el anciano—, ¿estás bien?

—¿Bien? No sé cómo estoy. Esta gente dice que tengo más de 200 años y lo último que recuerdo es estar conversando con tus hijos, por lo visto hace 150 años atrás. Tengo que estar soñando. Todos me dicen que me tranquilice; esto es una locura.

—No te hagas problemas, papá. Ya mismo vamos a la clínica a ver qué te pasó, pero seguramente ese juego en el que estabas te causó el síndrome de amnesia traumática. Confiá en mí, es común y fácil de tratar.

Horas más tarde, el anciano estaba riéndose con sus dos nietos.

—No, abuelo, nunca más vamos a ese parque de realidad aumentada.

—Pero imagínense: de golpe, olvidarse de todo lo que pasaron en los últimos 150 años y creer que uno está en aquel mundo —dijo el anciano en medio de carcajadas—. Y hasta me asombraba de que no hubiera autos en la calle.

—Ja, ja, ¿autos? ¿No buscabas carruajes también?

Así pasaron horas de risas entre el anciano y sus dos nietos, recordando el antiguo mundo en el año 2013, cuando aún no se había descubierto el gen que permitía a las células regenerarse.

Gamar 2013

En cualquier momento este cuento va a quedar viejo.

Thoughts

  • regina_ahorra

    Nadie en el cuento dice quién paga un tratamiento para llegar a 231 años. Si los nietos se ríen tan tranquilos, esa familia tiene resuelto algo que hoy no tenemos ni cerca.

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  • Ovid

    El salto por encima de las bolsas pasa antes de que se vea en el vaso y antes de que nadie le explique nada. El cuerpo se entera primero de que tiene 25 y el va alargando el paso para ver hasta donde llega, muerto de miedo y probando igual. Me gusta que le dejes ese rato de carrera antes de darle la noticia :)

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  • Nico_Ferreyra

    El mozo con una forma rara de caminar y nadie le explica nada. Yo me quedé con ganas de saber qué era el mozo.

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