Odio la poesía
cuando deja de ser arte
y se convierte en mercancía emocional,
en palabras maquilladas para recibir aplausos,
en metáforas fabricadas
para parecer profundas ante ojos distraídos.
Odio la poesía
cuando el dolor se vuelve decoración,
cuando una herida se transforma en tendencia
y la tristeza se escribe
no para comprenderla,
sino para ser admirada.
ODIO LA POESÍA
CUANDO DEJA DE SER ARTE
Cuando el verso abandona el abismo
y comienza a pedir permiso para existir.
Cuando la palabra deja de sangrar
y empieza a posar.
Cuando decir “te extraño”
se vuelve más importante
que haber sentido realmente la ausencia.
No quiero poemas perfectos.
Quiero palabras imperfectas,
capaces de temblar,
de contradecirse,
de romper su propia estructura
antes que mentirle al lector.
Porque el arte no debería acariciar siempre.
A veces debe incomodar.
Debe abrir una grieta
en aquello que creíamos comprender
y obligarnos a mirar dentro.
La poesía no nació
para decorar la tristeza.
Nació para arrancarle el rostro.
Para preguntarle al silencio
por qué existe.
Para convertir una lágrima
en una pregunta filosófica
y una pregunta
en un incendio.
Por eso odio la poesía
cuando se preocupa demasiado
por ser poesía.
Cuando cada palabra sabe que será leída
y cada metáfora calcula su belleza.
Prefiero el verso que tropieza,
la frase que duele,
el poema que parece escrito
con las manos todavía temblando.
Porque el arte verdadero
no busca demostrar que es hermoso.
Busca demostrar
que algo dentro de nosotros
todavía está vivo.
Y si algún día mis palabras
dejan de incomodarme,
dejan de cuestionarme,
dejan de arrancarme algo del pecho,
entonces no las llamen poesía.
Llámelas simplemente palabras.
Porque odio la poesía
cuando deja de ser arte
y se convierte únicamente
en una forma elegante
de no decir absolutamente nada.