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Nocturna parte 4

EngelAntigonia
Pensamiento

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Yesenia

Melanie le dice que no es detective experto y él le da la razón. Che, la secretaria que se merecía llegó con la panza rugiendo.

Melanie le dice que no es detective experto y él le da la razón. Che, la secretaria que se merecía llegó con la panza rugiendo.

Contenido de la publicación

Nocturna: Los Fantasmas del Sótano. La herencia del abuelo; la antigua casa que le pertenecía a mi amada Stephanie. No había puesto un pie ahí desde lo que pasó con ella hacía siete años, cuando yo todavía llevaba la placa de la policía. Era doloroso volver, pero no había escapatoria.Mi abuelo solía decirme: "Los fantasmas del pasado terminan por encontrarte y llevarte de la mano con la mismísima muerte". Yo solo tenía siete años cuando lo escuchaba decir eso. En ese entonces, lo único que me importaba era el dólar que me daba cada vez que íbamos a visitarlo. Sabía que había peleado en la guerra de 1842 contra México, pero yo no le prestaba atención a sus viejas historias de trincheras; solo recordaba esa frase.Y ahora, por fin, cobraba sentido. No podemos escapar de nuestro pasado. Regresa a nosotros como un fantasma.Me dolía admitirlo, pero Melanie me recordaba demasiado a Stephanie. Era lista, brillante y siempre sabía exactamente qué hacer. Yo, en cambio, cuando nos conocimos, era solo un policía novato. Ella fue la que me invitó una cerveza en aquel bar, la noche que recibí un premio por el arresto de Tony Soprano, el traficante de contrabando más grande de la ciudad.—Ahora sé a qué se refería el abuelo... —murmuré entre dientes.—Perdón, ¿decías algo? —preguntó Melanie, escuchándome.—No, nada —disimulé de inmediato—. Solo... quitémonos los zapatos.—¿Por qué tanta pulcritud? —inquirió ella, mirando el suelo empolvado.—Era la casa de mi madre —mentí como un profesional—. A ella le gustaba mantener esa regla.No pretendía abrirme con esta chica. No iba a dejar que viera las grietas de mi armadura.IX. Protocolo de escapeMelanie me hizo caso y entramos a la casa descalzos, dejando que el frío de las maderas crujiera bajo nuestros pies.—Si tienes prisa —le dije, observándola desde la penumbra—, con tu dinero podrías comprar boletos para un tren rápido o un pasaje de aeroplano para salir del estado.—Señor Johnny, como le comenté en su despacho, usted no es un detective experto —respondió ella, con una madurez que me golpeó el orgullo—. El hecho de cambiarnos de ropa es para mantener un perfil bajo. Viajar en vuelos comerciales requiere pasaportes, registros y documentos. Un autobús de línea, en cambio, solo requiere pagar el pasaje en efectivo.La miré de reojo, verdaderamente sorprendido.—Tiene toda la razón, señorita. Usted debió ser la secretaria que debí contratar hace años. Me hubiera sido de bastante utilidad.—Lo que digo es por puro instinto —añadió ella, cruzándose de arms.—Suenan muy protocolarios sus instintos.—Solo le diré que soy fanática de las novelas policiacas de folletín. Leo todas las entregas mensuales de crímenes de la revista Black Mask.—Ya decía yo que era una experta —sonreí con amargura—. Ese curso yo me lo salté. No me gusta ver a los profesionales en acción.En ese momento, un rugido violento brotó del estómago de Melanie, rompiendo la tensión del ambiente.—Veo que tiene hambre —le dije.—Para nada —contestó ella, pero el ruido de sus tripas se incrementó de inmediato, delatándola.—Señorita, necesita fuerzas para pensar. Veamos qué encontramos en la cocina. No soy un experto cocinando, pero encontraré algo.X. Raciones militaresAl entrar a la cocina y abrir la vieja alacena, lo único que vi fue un ejército de cucarachas y ratas escapando despavoridas ante la luz. Todo el lugar estaba infestado de insectos y parásitos. Siete años de abandono no pasan en vano.Entonces recordé que mi padre, un viejo veterano, guardaba provisiones en el sótano.—Espéreme aquí —le ordené.Melanie negó con la cabeza y me siguió de cerca; el miedo a quedarse sola en esa casa a oscuras era mayor que su orgullo.—Está bien, vamos al sótano.Bajamos las escaleras de madera que rechinaban con cada paso. Al fondo, cubierto por una lona podrida, encontramos un baúl viejo de la milicia lleno de víveres militares: sopa enlatada y carne seca. Por suerte, las latas estaban selladas herméticamente y la carne todavía estaba buena para apaciguar el hambre.Mientras hurgaba entre los suministros, mis dedos tocaron un pequeño portarretratos. Era una foto de Stephanie. La guardé en el bolsillo de mi gabardina con velocidad implacable, pero los ojos de Melanie fueron más rápidos.—¿Quién es ella? —preguntó en un susurro—. Es hermosa.Me guardé el dolor en el fondo del pecho y la miré fijamente, endureciendo la voz.—Creo que debemos mantener la confidencialidad profesional, señorita, y no preguntar cosas familiares.Melanie guardó silencio. No sé si entendió a la perfección que esa mujer de la foto era mi esposa, pero bajó la mirada con respeto.—Perdón —dijo en voz baja—. Tienes razón.Abrí las latas con mi navaja. Devoramos la comida fría en mitad de las sombras, compartiendo el silencio del sótano. El piso de arriba pertenecía a los fantasmas, pero allí abajo, protegidos por los muros de concreto y el olor a hierro viejo, encontramos una tregua. Nos acomodamos contra las mantas del baúl y, vencidos por el cansancio de la noche, nos quedamos dormidos.

Thoughts

  • Yesenia

    Melanie le dice que no es detective experto y él le da la razón. Che, la secretaria que se merecía llegó con la panza rugiendo.

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  • radiovieja

    Johnny miente de corrido: que era la casa de su madre, que lo de los zapatos era regla de ella, y luego le sale con la confidencialidad profesional con la foto de Stephanie ya en la gabardina. Para mí lo de entrar descalzos es por Stephanie, algo que él no quiere pisar con suela. Y Melanie, que desde el taxi lo viene midiendo, ya le está armando su propio expediente. Ese sótano guarda más que latas.

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