Cuando su madre murió, le dejó de herencia la casa de su abuela —que había pasado de generación en generación hasta ella— y una cantidad exorbitante en el banco. A pesar de que el padre de Antoan, Renaud, trabajaba y mantenía a Joane, ella venía de una familia aristócrata de abolengo; en cambio, su padre empezó desde abajo, limpiando zapatos a las afueras de los bancos de París. Cuando consiguió la oportunidad, se matriculó en Derecho y se hizo amigo de banqueros con los que empezó a trabajar.
En sí, Antoan tenía la vida ganada, pero eso no fue razón para que su padre dejara de echárselo en cara. De manera incriminatoria, le dijo:
—Lograste tu cometido, joven: quedarte con el dinero de tu madre. Ya estarás feliz con lo que hiciste.
Antoan, dolido por la pérdida de su madre y a la par colérico por tan grande acusación, no pudo hacer otra cosa que desbordarse entre una furia descontrolada y una profunda tristeza:
—Por lo que veo, lo único que te importaba de mi madre, tu esposa, era su dinero. ¡Pues bien, por lo que a mí respecta, puedes quedarte con la herencia! Dios, lo que he descubierto es que en la vida lo importante es encontrar una pasión que haga latir tu corazón y te motive a hacer arte con esas emociones. Pero jamás sabrás lo que significa eso, porque jamás lo sentirás; nunca en tu vida. La respuesta salía entre gritos iracundos y lágrimas pasionales.
Su padre no entendió lo que quiso decir Antoan. Para él, la vida se definía por un hambre insaciable que batalló para poder apaciguar; y cuando logró que esa hambre lo dirigiera a la abogacía, significó el comienzo para poder alimentarse más. Su hambre jamás se agotó. El forjarse desde la pobreza hasta una vida acomodada, gracias al esfuerzo de levantarse cada mañana para apaciguar esa necesidad, eso significaba la vida para él. Para Antoan, que nació en la riqueza y jamás padeció el hambre de su padre, su sufrimiento consistía en no poder apaciguar la sensibilidad con la que su alma nació.
Así que su padre no pudo decir otra cosa más que:
—Esa herencia, claro que me pertenece a mí. Yo fui quien se quedó al final con tu madre.
Sus ojos mentían. Sabía que Rachel había sido la última que se quedó con Joane el tiempo que duró enferma. Su padre no hacía otra cosa que discutir con Antoan y despreciar a Rachel en secreto; de hecho, las continuas peleas con su padre terminaron por desgastar la salud de Joane, así que lo último que ella pudo ver fue a Rachel cuidándola. Antoan no quería echarle aquello en cara, porque sabía que podía hacerlo, pero había llegado a la conclusión de que amar a su madre significaba no usar su imagen para defenderse de su padre: era más grande el amor que le profesaba a ella que el desprecio que le tenía a él. Su padre jamás fue una persona que elogiara a sus hijos, incluso con los hermanos de Antoan, quienes obedecieron sus mandatos tiranos de estudiar Derecho como él. Al final, Antoan demostró mayor madurez que su padre.