Saltar al contenido
Cargando…

El precio de la vida, Capítulo 3 - parte 3

DaveOaks

Contenido de la publicación

Los últimos años de bachillerato de Matías abrieron las puertas de la casa de zinc al mundo exterior. A medida que el muchacho crecía, su universo dejaba de limitarse al patio trasero y a las idas a la modistería de Tomasita. En las aulas del colegio público del pueblo y en las tardes de fútbol de arena, Matías forjó su propio círculo. Y como suele ocurrir cuando la vida empieza a soltarle la cuerda a los jóvenes, las amistades que encontró venían en todos los matices.

De un lado estaba Leo. Era un muchacho de pocas palabras, hijo de un pescador artesanal que vivía al día. Leo tenía las manos ásperas desde los doce años y solía pasar las tardes ayudando a Moisés en el taller de mecánica para ganarse unos pesos extra. Era de esos amigos que son como los horcones de las casas viejas: no hacen ruido, pero sostienen el techo cuando hay tormenta. Leo compartía con Matías la vocación por el estudio, aunque sabía que para él la universidad era un sueño inalcanzable; su destino ya estaba escrito entre motores viejos y atarrayas.

Del otro lado, sin embargo, estaba Víctor.

Víctor era un huracán de carisma. Venía de una familia de comerciantes del mercado, pero siempre vestía camisas de botones bien planchadas y llevaba loción, un lujo raro para los muchachos de su edad. Tenía una sonrisa fácil, una labia que mareaba a las muchachas y un talento natural para esquivar el trabajo pesado. Víctor era el rey de los "negocios rápidos". En una época donde los puertos costeros empezaban a llenarse de mercancías de contrabando y cajas sin registro, Víctor siempre sabía a quién llevarle un recado, dónde conseguir cigarrillos extranjeros baratos o cómo ganarse un billete apostando en las peleas de gallos sin ensuciarse las manos.

Para Matías, que había crecido bajo la sombra estricta y sobreprotectora de Ricardo, la audacia de Víctor ejercía una fascinación peligrosa. Víctor representaba la rebeldía, la promesa de que el mundo se podía dominar con astucia y no solo a punta de partirse el lomo bajo el sol.

Una tarde de viernes, los tres muchachos estaban sentados en el muro del malecón, mirando los barcos mercantes. Faltaban pocos meses para la graduación y el peso del futuro ya se sentía en el aire.

—Yo no me voy a quedar aquí pudriéndome en este calor —decía Víctor, haciendo girar una moneda de plata entre sus nudillos con agilidad de mago—. El primo mío me dijo que en la aduana, si uno sabe mover las cajas por la noche, en un mes se saca lo que un estibador se gana en un año. Es pura cabeza, muchachos. El que se mata trabajando es porque quiere.

Leo, que se estaba limpiando un resto de grasa de las uñas con una ramita, lo miró de reojo y soltó un bufido.

—El que busca plata fácil, fácil encuentra quien se la quite, Víctor. Mi papá dice que esa plata del muelle viene manchada de sal y de sangre. Yo prefiero mi taller.

Matías escuchaba en silencio. En su morral llevaba los formularios de inscripción para la universidad pública de la capital del departamento. Quería ser ingeniero. Pero cada vez que miraba los costos de matrícula y de pensión en la ciudad, sentía que el estómago se le encogía. Sabía que Ricardo estaba dispuesto a vender el alma para pagarlo, pero a Matías le carcomía la culpa de ver a su padre llegar cojeando cada noche por el peso de los bultos. La idea de conseguir dinero rápido, como sugería Víctor, era una tentación que le susurraba al oído.

La dinámica entre los tres amigos no pasó desapercibida para Ricardo. El instinto de un hombre que ha sobrevivido a la calle es más afilado que el de cualquier fiera.

Un sábado, Matías invitó a Leo y a Víctor a la casa a estudiar matemáticas. Ricardo estaba en el patio trasero remendando una atarraya. Desde su silla de mimbre, escuchaba las voces en la sala. Escuchó la risa prudente de Leo y la labia fanfarrona de Víctor, que alardeaba de unos zapatos de cuero nuevos que había conseguido "haciéndole un favor a un patrón".

Cuando los muchachos se fueron al atardecer, Ricardo entró a la cocina. Matías estaba recogiendo los cuadernos de la mesa. Ricardo se sirvió un vaso de agua, lo bebió despacio y luego se secó la boca con el dorso de la mano. No hubo gritos, ni la furia de aquella noche de la caseta de baile. Hubo, en cambio, la serenidad pesada de la experiencia.

—Ese muchacho, el de los zapatos de cuero fino... Víctor, ¿no? —preguntó Ricardo, apoyándose en el marco de la puerta.

—Sí, pa. Es buen amigo, muy despierto —respondió Matías, esquivando un poco la mirada, intuyendo hacia dónde iba la charla.

—Despierto sí es. Tiene los ojos de los que quieren llegar a la cima del árbol sin trepar por el tronco —dijo Ricardo, cruzándose de brazos—. Leo, el hijo del pescador, ese es de los nuestros. Ese tiene la decencia en los callos de las manos. Pero Víctor... a Víctor le gusta el brillo del oro ajeno.

Matías suspiró, sintiendo la necesidad de defender a su amigo, de demostrar que él ya tenía criterio propio.

—Usted siempre le ve lo malo a todo el mundo, papá. Víctor es un echao pa' lante. Solamente sabe buscarse la vida mejor que los demás. A veces pienso que tiene razón, que matarse trabajando como un burro no es la única forma de salir de pobres.

Las palabras flotaron en el aire, peligrosas y afiladas. Ricardo sintió que un fantasma frío le rozaba la nuca. Vio en su hijo el mismo brillo de soberbia y desesperación que él mismo tuvo aquella noche, muchos años atrás, cuando entró al billar con los ahorros de su familia creyendo que iba a multiplicar los panes y los peces.

Ricardo caminó hasta la mesa, se sentó frente a Matías y le puso una mano pesada sobre el brazo.

—Mijo, la plata fácil no existe. Y cuando existe, cobra un interés que se paga con el alma —le dijo Ricardo, mirándolo con una intensidad que hizo a Matías tragar saliva—. Yo te he enseñado que la única plata que no te quita el sueño es la que se suda. Ese amigo tuyo... hoy es un recado, mañana es una caja robada, y pasado mañana es un lío del que ni Dios lo saca. Yo no te prohíbo que le hables. Tú ya eres un hombre y tienes que aprender a escoger tus caminos. Pero te lo advierto como padre: cuídate de las amistades que te aplauden cuando vas camino al precipicio. La vida no perdona atajos, Matías.

Esa noche, Matías se acostó pensando en las palabras de su padre. Aunque el orgullo juvenil le dictaba rebelarse, en el fondo sabía que Ricardo tenía razón. Sin embargo, la angustia por el dinero de la universidad seguía creciendo como una maleza en su pecho. Faltaban semanas para pagar la primera inscripción y el frasco de galletas donde Ricardo guardaba los billetes bajo llave todavía estaba a la mitad. El escenario estaba servido para que la necesidad, la lealtad y las malas influencias chocaran de frente.

Thoughts

  • AEJOVENICH

    Saludos a la distancia amigo.

    Permalink
  • feDeObrero

    Órale, Ricardo no le prohíbe nada a Víctor, nomás le advierte, y se le nota que habla de lo que él mismo vivió. El que me preocupa es Leo, el horcón callado: se me hace que si Matías se mete en lo del muelle, el que paga el pato es el hijo del pescador.

    Permalink

Publicaciones relacionadas

Pública 0 conversaciones 2 pensamientos 9 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Los últimos años de bachillerato de Matías abrieron las puertas de la casa de zinc al mundo exterior. A medida que el muchacho crecía, su universo dejaba de limitarse al patio trasero y a las idas a…

En series

En grupos