Una hora frente a la hoja y solo logré acumular bollos de papel alrededor. Tengo tanto que decir y… no sale. Voy a quemar todo: el cuaderno, los lápices, hasta la alfombra de entrada. ¿Una solución al alcance de la mano para el estrés de hoy y de mañana? La verdad es que no me animo a activar el modo piromanía. Mejor los barro.
¿Por qué no puedo? ¿Será que se apagó la chispa? Controlo el impulso de hacer pataletas, llorar y llamar a mamá… Mejor llamo a la psicóloga. No, no. Soy adulta. «Es solo un día malo», que se suma a los treinta anteriores.
Pasa el tiempo y vuelvo a intentarlo. Las horas se me van en rayones y palabras sueltas que se escapan del papel. Circulitos por acá, cuadraditos por allá, margaritas y rosas en los márgenes —al menos para mí lo son. Algo hice, sí. ¿Pero equivale a qué? Un hermoso jardín de flores exóticas.
Las letras se niegan a unirse; las frases suenan desafinadas, fuera de tono. Otra vez la misma pregunta: ¿qué me está pasando? Por dentro, un desierto. Camino lento entre la arena y torbellinos de polvo, sin saber si avanzo o sigo en el mismo lugar. Me haría falta un camello para salir de acá… ¿Cómo se consigue uno? ¿Será parecido a andar a caballo?
A simple vista todo parece bien. Pero falta algo. ¿Cómo se busca lo que se traspapeló adentro de uno?
Sé cambiar un foco, pagar impuestos, cocinar, cruzar la calle y mil cosas más. Sé lo que me enseñaron y lo que aprendí sola.
Esto es distinto. Lo que perdí me perdió. Y no tengo la menor idea de por dónde empezar a buscar.