El reloj avanzaba sin piedad y el calendario de la cocina se había convertido en un enemigo silencioso. Faltaba apenas una semana para el cierre de matrículas en la universidad de la capital, y el frasco de lata donde Ricardo guardaba los billetes bajo llave apenas llegaba a la mitad.
Ricardo había empezado a doblar turnos en el muelle. Llegaba a la casa de madrugada, arrastrando las botas, con los hombros hundidos y un dolor en la lumbar que le sacaba muecas de agonía cada vez que intentaba enderezarse. Matías lo veía desde la puerta de su cuarto, sintiendo que cada billete que caía en ese frasco de lata le estaba costando a su padre un mes de vida. La culpa, mezclada con la impotencia de no poder ayudar, se volvió un nudo en la garganta del muchacho.
Fue en medio de esa desesperación que Víctor soltó la carnada.
Ocurrió un martes por la tarde, a la salida del colegio. Víctor apartó a Matías hacia un callejón y le bajó la voz, mirando a los lados.
—Esta noche entra un lanchón por la caleta de los pescadores viejos —susurró Víctor, con los ojos brillando de codicia—. Trae cajas de cigarrillos gringos y licores. El man que organiza necesita brazos rápidos para descargar antes de que pase la patrulla de aduanas. Tres horas de trabajo, Matías. Te pagan en efectivo y te dan lo suficiente pa' tapar ese hueco de la matrícula y te sobra pa' comprarte zapatos. Piénsalo. Si vas, te espero a la medianoche en la ceiba del malecón.
La oferta era un salvavidas de plomo. Matías pasó el resto del día ausente, con el corazón latiéndole en los oídos. Miraba las manos callosas de su padre durante la cena, escuchaba su respiración cansada, y pensaba que tres horas de oscuridad podían librar a Ricardo de matarse la espalda durante meses. Al fin y al cabo, solo era cargar cajas. No iba a matar a nadie.
A la medianoche, cuando el ronquido pesado de Ricardo confirmó que estaba dormido, Matías se vistió en silencio. Se puso ropa oscura, abrió la puerta trasera con sumo cuidado y salió a la calle. El pueblo estaba envuelto en una bruma húmeda. Mientras caminaba hacia el malecón, sentía que el aire le faltaba. Cada paso que daba hacia la ceiba lo alejaba de la casa de zinc, de la memoria de su madre, de todo lo que era sagrado.
A cincuenta metros del punto de encuentro, se detuvo. Vio la silueta de Víctor recostada contra el tronco del árbol, fumando un cigarrillo, esperando. Matías levantó sus propias manos en la oscuridad. Estaban limpias. Recordó de golpe la voz de su padre resonando en la cocina: "La plata fácil no existe. Y cuando existe, cobra un interés que se paga con el alma".
Un sudor frío le empapó la camisa. Si lo atrapaban, su padre no sobreviviría a la vergüenza. Si la policía lo metía a una celda, el corazón de Ricardo no resistiría otro golpe. Matías dio un paso atrás. Luego otro. Finalmente, dio media vuelta y corrió hacia su casa como si el mismísimo diablo le pisara los talones. Entró temblando, se quitó la ropa manchada de sudor y se metió en la cama, abrazándose a sí mismo hasta que amaneció.
El estruendo de la realidad llegó a las siete de la mañana.
Leo golpeó la puerta de la casa tan fuerte que casi la tumba. Matías abrió, aún con los ojos hinchados por la mala noche. Leo estaba pálido, sin aliento.
—¡Agarraron a Víctor! —soltó Leo, atropellando las palabras—. La aduana y el ejército cayeron de madrugada en la caleta. Hubo tiros, Matías. A Víctor lo sacaron esposado y dicen que lo van a mandar pa' la cárcel de la ciudad por contrabando y asociación con delincuentes.
A Matías se le fue la sangre a los pies. El mundo le dio vueltas. Ricardo, que estaba colando el café en la cocina, escuchó todo. Salió al pasillo con el trapo en las manos, mirando a Leo y luego a su hijo. Vio la palidez cadavérica de Matías, el terror puro en sus ojos, y no necesitó que nadie le explicara nada.
Cuando Leo se marchó, un silencio espeso como la brea inundó la casa. Ricardo caminó hacia el comedor y se sentó. Matías se quedó de pie frente a él, temblando. No aguantó más. Las rodillas le flaquearon y cayó al suelo, llorando con un llanto ronco, de hombre asustado.
—Perdóneme, papá —balbuceó Matías, agarrándose la cabeza—. Yo iba a ir. Se lo juro por Dios que estuve a una cuadra. Yo quería la plata para la universidad, para que usted no tuviera que matarse más en el muelle. Pero me acordé de usted. Me acordé de mi mamá. No fui capaz, papá, me devolví, pero estuve a punto de arruinarnos la vida.
Esperó el grito. Esperó la furia, el golpe en la mesa, el castigo brutal de un padre estricto.
Pero lo que sintió fueron dos manos callosas y fuertes agarrándolo por los hombros y levantándolo del suelo. Ricardo lo atrajo hacia sí y lo abrazó con una fuerza que le quitó el aire.
—Lo importante es que te devolviste, mijo —le susurró Ricardo, con la voz temblorosa, dándole un beso en la frente—. El hombre no se mide por las veces que lo tienta el diablo, sino por las veces que tiene los huevos de decirle que no. Eres mi mayor orgullo, Matías. De la plata de la universidad me encargo yo. Esa es mi obligación, no la tuya.
Esa misma tarde, Ricardo tomó una decisión que llevaba años posponiendo. Se bañó, se puso su mejor camisa, se peinó las canas hacia atrás y caminó hacia el otro lado del pueblo, hacia la casona de los Manrique.
Hacía mucho tiempo que no pisaba esos portones. El jardín estaba inmenso y bien cuidado. Lo recibió Rosa, la mujer de Luis, con una sonrisa amplia y lo hizo pasar a la sala principal, donde los muebles de caoba fina y las lámparas de cristal contrastaban con la vida que él llevaba.
Luis bajó las escaleras. Se veía mayor, un poco más gordo, vistiendo ropa de lino impecable. Al ver a su hermano menor de visita, se le iluminó el rostro. Lo hizo sentar, pidió café y hablaron un rato de Matías, de los primos, del clima.
Finalmente, Ricardo se tragó el orgullo que le había servido de armadura toda su vida. Se frotó las manos y miró a su hermano mayor a los ojos.
—Luis, tú sabes que yo nunca te he pedido nada. Desde que salimos de la ciénaga, yo me he batido solo —empezó Ricardo, bajando la voz—. Matías pasó a la universidad. Va a ser ingeniero. Pero el frasco no me alcanza para la inscripción, y si no pago este viernes, pierde el cupo. Vengo a pedirte un préstamo. Te firmo una letra, te pongo la casa de zinc de garantía, y te pago cada centavo con mis turnos del muelle, pero no puedo dejar que ese muchacho se quede sin estudiar por mi culpa.
Luis se quedó en silencio. Miró a Ricardo, fijándose en las canas, en las arrugas profundas alrededor de los ojos, en las manos deformadas por el trabajo bruto. Recordó aquella noche en el barro, bajo el aguacero, cuando Ricardo lo salvó de sí mismo. Recordó los años en que su hermanito menor trabajó para darles de comer cuando a él le pesaba la cobardía.
Luis se levantó despacio. Caminó hacia un despacho contiguo y abrió la pesada puerta de una caja fuerte. Volvió a la sala con un fajo grueso de billetes atados con una liga de goma y lo puso sobre la mesa, justo frente a Ricardo.
—Aquí está lo de la matrícula, y para que le compres ropa buena pa' que llegue bien vestido a la capital —dijo Luis.
Ricardo sacó rápidamente una pequeña libreta y un lápiz del bolsillo de su camisa.
—Dime de cuánto es el interés, Luis, para hacerte la letra de una vez...
—Guarda ese papel, Ricardo —lo interrumpió Luis, y por primera vez en muchos años, su voz sonó gruesa, cargada de una emoción sincera y profunda—. No hay letra. No hay préstamo. Esto te lo regalo yo.
Ricardo levantó la vista, sorprendido, con la libreta a medio abrir en las manos.
—Luis, yo no vengo a pedir limosna... —intentó protestar.
—Y yo no te estoy dando limosna, hermano —le cortó Luis, poniéndole una mano sobre el hombro—. Te estoy devolviendo un pedacito de la vida que tú nos diste. Si hoy yo tengo esta casa, y tengo a mis hijos, y soy un hombre decente, es porque a los catorce años tú no me dejaste morir de hambre. Eres el mejor hombre que conozco, Ricardo. Deja que por una vez en la vida tu hermano mayor te cuide la espalda. Hazme ese favor a mí.
La dignidad tiene muchas formas, y Ricardo descubrió en ese instante que saber recibir también era una de ellas. Miró el fajo de billetes, luego miró a Luis. Ya no vio al mujeriego irresponsable, ni al muchacho flojo que no quería trabajar. Vio al hermano que lo amaba con la misma lealtad inquebrantable de la sangre.
Ricardo asintió, incapaz de articular palabra porque el nudo en la garganta se lo impedía. Se levantó y abrazó a Luis. Fue un abrazo largo, de esos que curan heridas viejas y cierran cuentas pendientes.
Cuando Ricardo salió de la casona con el dinero en el bolsillo, el viento del atardecer le pegó en la cara, pero por primera vez en muchos años, no sintió frío. Su hijo estaba a salvo y su hermano le había devuelto la fe. Todo estaba listo para que Matías partiera hacia la ciudad, cerrando así una etapa.