Creo que hay algo mucho más simple, uno se va cuando pudo sostener la salida. No antes, no durante. Se hizo lo que se pudo y solo tu sabes todo lo que pudiste hasta que comenzaste a mirar con otros ojo.
No voy a juzgarme por haber tardado en irme
Pensamiento
Creo que hay algo mucho más simple, uno se va cuando pudo sostener la salida. No antes, no durante. Se hizo lo que se pudo y solo tu sabes todo lo que pudiste hasta que comenzaste a mirar con otros ojo.
Contenido de la publicación
Nunca voy a juzgar a alguien por no saber irse.
Porque yo también fui esa persona.
La que sabía que algo ya no estaba bien, pero aun así encontraba una razón para quedarse.
La que veía cosas que le dolían y pensaba que quizá podían cambiar.
La que escuchaba consejos de quienes estaban afuera y se preguntaba por qué para ellos parecía tan sencillo decir “vete”, cuando para mí hacerlo se sentía como arrancarme una parte de la vida que había imaginado.
Durante mucho tiempo pensé que quedarme era una señal de debilidad.
Me preguntaba por qué no podía simplemente cerrar la puerta y seguir adelante.
¿Por qué, si tenía tantos motivos para irme, seguía buscando uno para quedarme?
Pero después entendí que desde afuera es muy fácil decirle a alguien que se vaya.
Lo difícil es hacerlo cuando todavía amas.
Porque cuando quieres a alguien de verdad, no ves solamente lo que está pasando ahora.
También recuerdas todo lo que fue.
Recuerdas los momentos buenos.
Las conversaciones.
Las promesas.
Las veces que te sentiste feliz.
La versión de esa persona que conociste al principio.
Y empiezas a aferrarte a la esperanza de que quizá todo eso todavía pueda volver.
Entonces no te quedas porque no tengas motivos para irte.
Te quedas porque todavía tienes sentimientos que no saben cómo hacerlo.
Y creo que eso es algo que pocas personas entienden.
A veces alguien puede tener mil razones para marcharse y, aun así, encontrar mil una para quedarse.
No porque no se valore.
No porque no vea la realidad.
Sino porque el corazón no siempre entiende de razones.
Puedes saber que algo te está haciendo daño y aun así querer que funcione.
Puedes saber que deberías alejarte y aun así esperar un último cambio.
Puedes escuchar a todo el mundo decirte que mereces algo diferente y seguir pensando:
“Tal vez todavía podamos arreglarlo.”
Yo también hice eso.
Me quedé más veces de las que debería.
Perdoné cosas que me habían prometido que no volverían a pasar.
Di oportunidades cuando quizá ya había dado demasiadas.
Y durante mucho tiempo me juzgué por ello.
Pensaba que había sido ingenua.
Que me había faltado carácter.
Que debí haberme ido desde la primera señal.
Pero hoy miro a esa versión de mí con un poco más de comprensión.
Porque sé cuánto quería.
Sé cuánto esperaba.
Sé que no estaba intentando hacerme daño.
Estaba intentando salvar algo que para mí significaba muchísimo.
Y aunque ahora sé que no todo lo que amamos está destinado a quedarse, tampoco quiero avergonzarme de haber amado con tanta sinceridad.
Eso sí, también aprendí algo importante:
amar a alguien no significa tener que soportarlo todo.
Y quedarse por amor no debería convertirse en una excusa para olvidarse de uno mismo.
Hay un momento en el que seguir esperando deja de ser esperanza y comienza a ser desgaste.
Un momento en el que entiendes que querer que alguien cambie no puede ser el único motivo para permanecer.
Y cuando llegué a ese punto, irme no significó que dejara de querer de un día para otro.
Significó que finalmente entendí que también tenía que quererme a mí.
Por eso nunca voy a juzgar a quien tarda en irse.
No sabemos cuántas veces esa persona intentó hacerlo.
No sabemos cuántas noches dudó.
No sabemos cuántas oportunidades dio antes de aceptar que ya no podía seguir.
No sabemos todo lo que tuvo que soltar por dentro antes de poder soltar por fuera.
Cada persona tiene su propio momento.
Y quizá lo más importante no es cuánto tardaste en irte.
Es que algún día entendiste que también merecías estar en un lugar donde no tuvieras que elegir constantemente entre amar a alguien y estar en paz.
Hoy sé que hubiera podido irme antes.
Pero también sé que no tenía la claridad que tengo ahora.
Y no quiero castigarme por haber necesitado tiempo para aprender.
Porque algunas lecciones no llegan cuando alguien nos las explica.
Llegan cuando vivimos aquello que necesitábamos entender.
Así que no, nunca juzgaré a alguien por no saber irse.
Porque sé que cuando uno ama de verdad, incluso teniendo miles de motivos para marcharse, el corazón puede seguir buscando uno para quedarse.
Hasta que finalmente comprende que irse no siempre significa que dejaste de amar.
A veces significa que después de haberlo dado todo, también decidiste no abandonarte a ti misma.
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