Y llegan correos, sugerencias; quieren que venda mi dolor, quieren que yo pague para que mi dolor se venda.
Pero yo estoy ocupado, estoy levitando por las guarniciones de las avenidas, no tengo tiempo para pensar en vender, en generar, en publicar.
Y mientras camino, extiendo mis brazos de par en par; y algo, o alguien… sí, alguien, despide un olor a… a muerto.
Pero no hay nadie detrás de mí, ni a un lado; y mis axilas no parecen ser, mi cabello no parece ser, la gente me ve raro, pero no parece ser. Y abro mi boca, pero no parece ser; meto el dedo en mi nariz y parece ser mi dedo, pero lo huelo con mi otra fosa y no parece ser… ¡mi muela! Sí, parece ser que sí.
Está negra, está sangrando, pero no me duele; apesta, apesta a muerto. No, no es el exterior, ni la gente, ni mi dedo, ni mi axila, ni el cabello: es… es… ¡es!
Es ella, que no ha dicho lo que siente, no habla, no vive, ha muerto; ella, ella parece ser, parece ser…
¡Es él, es él! Es el interior que apesta; él sí ha muerto. Por eso no me duele la muela, a pesar de verse mal.
Mi conclusión: ha muerto el interior, pero no puedo reanimarlo. Todo esto mientras sigo caminando y pensando en cosas más importantes: en a quién ayudaré hoy.
—¡A ti! —dice una señora.
— Jorge Guzmán